Europa duerme su siesta de sol y deshidratación, de cansancio y asfalto derretido, de sueño frutal entre hierba fresca con olor a pino. Los quince mil muertos por la última ola de calor en Francia saludan desde los ojos de tantos y tantos bebedores de agua a todas horas, a veces de modo convulso o compulsivo, la botellita al lado como un sorbo o pálpito de acción, ese gesto mínimo de llevársela a los labios para mojarlos e iluminar el interior. Europa, la sedienta, azote de la inmigración, jarrón roto unido por pegamento, tantas y tantas dudas sobre si el invento va a funcionar o no. José Manuel García-Margallo lo tiene claro en todos sus libros y más en el último (Por una convivencia democrática): o Europa, por fin, se convierte en unos Estados Unidos de Europa o en una Europa de los Estados. Entendemos lo primero, qué sería lo segundo, pues algo así como el permanente “¿qué hay de lo mío?” en foro internacional. El viejo problema de la parte por el todo, el todo por la parte, ad infinitum.
Los muertos beben agua, pisan el césped descalzos, se quitan prendas, se refrescan por la nuca y el chorro cae hasta el agujero del culo, a quien Quevedo dedicó tan buenos versos. Europa, en refrigerio, está más pensativa. ¿No hay amenazas comunes? ¿No hay que protegerse, entre todos, de un demonio global? Voy a poner un ejemplo no clásico (el del terrorismo islamita o árabe, el más fácil) y del que muchos se han olvidado. ¿Cuánto uranio explotó en Chernobil I? Apenas un veinte por ciento del que tenía la central. Se cerró el asunto, se puso un sarcófago gigante, una protección, que vence o caduca ahora después de veinticinco años, pero si explotase el ochenta por ciento que queda en el motor, no hay dudas al respecto, destruiría toda Europa. ¿Lo sabemos? Es mejor beber agua y no pensar, consultar el correo electrónico en el teléfono, comer pipas o palomitas, comprar algo de ropa en oferta, leer libros sobre autoestima y yoga, vivir tranquilos, hacer el plan de pensiones, enamorarse o ir con mamá a merendar por las terrazas del centro.
Los Estados Unidos de Europa –siguiendo a Margallo pero también a Anson, “príncipe de los periodistas españoles”, como le llamó Miguel Ángel Aguilar- sería la defensa absoluta contra todas las posibles ofensas o embates. Lo segundo, la Europa de los Estados, la mayor cobardía, fruto del egoísmo lacerante y la completa falta de responsabilidad. Europa es la quinta parte del mundo, menos extensa que Oceanía, más poblada que Asia, igualmente distante de América y del Lejano Oriente, sección norte-occidental de Eurasia como tierra clásica de la civilización blanca. Lo de Günter Grass ya no vale tras los atentados de Charlie Hebdo (“Europa no debería tener tanto miedo a la inmigración: todas las grandes culturas surgieron a partir de formas del mestizaje”), lo de Paul Auster es el vertedero absoluto (“El fútbol es un milagro que le permitió a Europa odiarse sin destruirse”), lo de Leon Trotsky suena chiste (“El verdadero auge de la economía socialista en Rusia no será posible más que después de la victoria del proletariado en los países más importantes de Europa”) y la profecía de Jürgen Habermas es la única válida (“Hay una grotesca desproporción entre la influencia profunda que la política europea tiene sobre nuestras vidas y la escasa atención que se le presta en cada país”). No hay conciencia de todo, sí de parte, sin unión posible.
El mal siempre se ve lejos como lo veía Louis Kossuth en Rusia (“El principio del mal en Europa es el espíritu enervante del absolutismo ruso”) o Von Bismarck en Los Balcanes (“Si alguna vez hay otra guerra en Europa, será resultado de alguna maldita estupidez en Los Balcanes”). Solo unos pocos como Franz Marc destaparon la hipocresía del selecto club: “La farsa de las conveniencias sociales europeas ya no se puede tolerar. Mejor la sangre que la decepción eterna; la guerra es tanto una expiación como un sacrificio voluntario al que Europa se somete con el fin de quedar en paz consigo misma”. Ninguna novedad: guerras que vienen de fuera pero muchas en el interior mismo, guerras entre socios y no hermanos, guerras con el otro, en el mismo club, al que jamás se ha aceptado. Fernando del Paso, Premio Cervantes, fue el primero en ver la Europa que husmeaba al otro lado del charco: “Europa ya tiene intereses en México: los ingleses controlan todas las minas de plata de la región central del país”. Qué mejor Breixit que ése. La desaparición de la Europa sublime es la ruina inmediata que anunciaba Gustavo Bueno: “Cuando superas la idea de una Europa sublime, sólo ves una organización de tiburones y multinacionales que no están por encima de los estados sino que los utilizan”.
El selecto club escupe mierda y abono, cada vez más, a dos carrillos: egoísmo privado, camuflado de solidaridad o camaradería entre iguales (lo más soez). Se habla del culto que los islamistas hacen en París en la calle, por no caber ya dentro de las ermitas o lugares de culto, pero pocos subrayan esa profecía que para 2050 dicta cómo toda Alemania será mora. La cultura del encuentro de la que hablaba el Papa Ratzinger (“La cultura de Europa nació del encuentro entre Jerusalén, Atenas y Roma; del encuentro entre la fe en el Dios de Israel, la razón filosófica de los griegos y el pensamiento jurídico de Roma”) hoy solo quiere ser una forma de hacer negocios privados sin que los otros lo sepan y siempre en colisión con esos mismos acompañantes en Babia con la debida venda. Si eres pobre (Grecia, ahí está) no nos interesas. Si preguntas demasiado (Francia) puede que tampoco. Si funcionas con tus financias opacas (Suiza) ni hablar. Si quieres ser la locomotora de los demás (Alemania) ni lo sueñes. Si tienes planes privados que no cuentas (Rumanía, Polonia, Letonia), olvídate. Si ni siquiera te conocemos (Lituania, Estonia) no lo vamos a hacer ahora. Si solo nos quieres vender toallas y café (Portugal) con eso no hacemos nada. ¿Y la moneda única? El mejor camelo, la pura risa entre valor y precio. En París un café, 20 euros.
El club funciona bien, brilla el couché de Bruselas, copas baratas, jornales a veinte mil euros mensuales. Glamur de hotel y reservado. Puros, teléfonos móviles, mucho folio de fotocopias, algunos coches tintados con chófer, moqueta, maletines y portátiles. Es el escaparate, da el pego, pero el primer ciberataque los dejaría a todos ellos sin luz eléctrica y a cuatro patas buscando por el suelo la tarjeta para abrir la habitación del hotel y escapar como conejos. Putin es el enemigo de Trump, mayúsculo y sin solución, pero Italia quiere dinamitar Europa por su falta de comprensión. La guerra del petróleo frente a uranio (la pugna misma entre Estados Unidos e Irán) sembrarán antes o después los escombros europeos. Entonces los muertos dejarán de beber agua, ni la austeridad con tantos libros y tratados les servirá de consuelo, y ningún gobierno ya, de Atenas a Dublín, creerá sermón alguno de esos inversores que no logran que crezca el pelo de la calva. Presupuestos e inversión privada (ese grito permanente de vivir del recorte presupuestario en lugar de la reforma integral) serán ecuaciones en la pizarra para pobres o calderilla tonta en el bolsillo. Europa, sin unión, será descomposición (colas del paro, negocios cerrados, servicios públicos sobrecargados). No tocará ya ni hablar de lo mío, ni de lo tuyo, porque la demanda por los suelos solo permitirá comprar a los extranjeros. ¿Y quiénes son los extranjeros? ¿No lo sabes, hermosura? ¿En serio, amor, que no lo sabes? Pues los que solo beben Cocacola y no agua: Estados Unidos de América. Fin del cuento. Los que empezaron su aventura por una Constitución común de todos los amiguetes involucrados, eso que pide García-Margallo bajo sus letras sabias, soldar la unión para evitar el egoísmo individual de cada una de las partes, sonriente y ajena al resto.