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La mágica ingravidez de Alexander Calder a trocitos

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
viernes 05 de julio de 2019, 20:30h

Calder es vanguardia europea junto a todos los grandes: Arp, Miró, Duchamp. Lo moderno, de algún modo, sigue siendo Calder y sus “móviles” colgando del techo, esculturas en pugna con la gravitación universal, delicadeza y susto aéreo, artefacto norteamericano siempre pendiente de un hilo. “Gime el lebrel en el cordón de seda”, como quería Góngora. Calder es Calder cuando conoce a Piet Mondrian, visita su taller en los años 30 y, en esa inmersión en lo abstracto, sí, buscará otro movimiento para lo suyo, unido a los tenderetes fortuitos que tenía Piet Mondrian colgados del techo, fetiches en el comienzo de su primera muda. Escribe Natividad Pulido: “Sus obras, tanto minúsculas como monumentales, tiene mucho de coreográfico. Pese a su corpulencia y su aspecto rudo, era un excelente bailarín”.

El Calder de los proyectos sin terminar se expone en el Centro Botín de Santander (hasta el 3 de noviembre). Pura electricidad que mira al mar y estalla; hay mucho en él de pop extraño (Warhol, Stella, Lichtenstein, Hockney, Koons) convulso. Se subraya el Calder de los coches de carreras y el de los aviones, en grandilocuencia absoluta, obras gigantescas en movimiento, cuando lo mejor es siempre lo más pequeño que él reserva para mujeres muy grandes (Peggy Guggenheim, Georgia O´Keefe, Agnès Varda). Todo Calder se muestra por lo menudo en Santander: sus bocetos, sus papeles, la idea original en transformación hasta el resultado final. Hay algo en Calder de juego eterno, muy en la órbita de Miró, de creador-niño, de genio-niño, que nadie pone de relieve y donde su travesura mayúscula es siempre la escala. Ochenta obras –se dice pronto- rescatadas de la Calder Foundation donde las piezas inmóviles con formas dinámicas (de los móviles en aluminio a los estables o stabiles en negro acero y pesados como el carbono) son la absoluta joya de su producción.

La geometría de Piet Mondrian es lo que él hace volar, a partir de 1930, y algo sobre lo que habla con Mondrian aquel día, la velocidad o no de la pintura. El movimiento de la pintura, sí, como obsesión única. El rey de la flotación (plataformas blancas sobre estructuras de plexiglás que semejan levitar) y esa poesía del movimiento, inesperada e impredecible. Duchamp fue quien le puso el nombre de “móviles” y él ya puso el texto: “Cuando todo sale bien, un móvil es una poesía que baila con la alegría de la vida y sus sorpresas”. Lo grueso de la muestra son los móviles que pasan del motor a ser movidos solo por el viento. Mondrian le lleva a otro asunto más complejo, el trato con compositores y escenógrafos de la época, cierta concepción musical.

Sus propuestas para el ballet hoy son animaciones digitales. Sus ballets pronto tuvieron que ver con la flora y la fauna, haciéndose los mejores acuáticos. Su monumental escultura para el jardín del Kröller-Müller Museum en Otterlo (Holanda) se estudia hoy como arquitectura. Movimiento, ligereza, suspensión, ingravidez… son los parámetros que marcan las fronteras entre escultura y arquitectura, no sabemos ante quién estamos y su arte débil es muy fuerte. Se pone de relieve su enemistad con Frank Lloyd Wright, el polo opuesto de lo que fue Mondrian, que también denota una oposición con respecto a Mies van der Rohe, Le Corbusier, Harrison, Luis Sert, etc. Realmente, lo que jode a los arquitectos es que un escultor reciba encargos para obras públicas, nuevos edificios o plazas. Su presencia en el diseño arquitectónico está inundado de simbolismo, es muy reconocible y eso le hace contemporáneo, perverso y también rico.

Su fortaleza es una debilidad aparente, nunca hace lo que se espera, vacío y espacio configuran el resto de coordenadas con respecto a su mapa. El yo emocional, entre vacío y espacio, es siempre otro. ¿Es Calder emoción o idea? Ahí estaría un segundo debate muy interesante, cuyo paralelo es siempre Picasso, respecto a instinto, ferocidad o, por el contrario, obra muy pensada y planificada. Hay un Calder político –lo mismo que en Picasso- con su obra La fuente de mercurio, con mercurio extraído de las minas de Almadén, guiño a la resistencia de la España republicana frente al fascismo. Hay un Calder menospreciado, al que llaman diseñador y se pretende mantener alejado de nuestra visión de la levedad. La mejor cura para lo anterior es la renovación de sus esculturas transitables, arcos triunfales a mitad de camino entre lo orgánico y lo mineral, casi dólmenes de hoy donde lo antiguo o prehistórico se viste de susto.

Suspensión, ballet de formas, el silencio de lo pequeño, el ruido de lo gigantesco, el mejor Calder de lo incomprendido o censurado, de lo oprimido o irrealizable, respira en Santander a ritmo lento, puro éxito y animal a la sombra. Hans Ulrich Obrist, comisario, tiene toda la música de la producción de Calder en la cabeza: sabe lo que el genio buscaba vender mucho antes que hacer. Su dibujo es el del alambre en el espacio, arte cinético del color en pugna con los cuatro elementos esenciales: tierra, mar, aire y agua. La escultura, liberada de gravitación, no es más que vuelo, humor, juego y sorpresa. El expansivo copa periódicos y medios de comunicación; pero el Calder intimista es mucho más enigma e incógnita. Trabaja sin música –desde la quietud- y cuando mueve sus piezas –para una entrevista o foto- surge ahí otro sonido cercano a la pureza de la obra artística.

Renzo Piano –otro experto- habla de “flujo de energía”. Lo que viene a ser la armonía establecida entre elementos muy duros (bronce, acero) en su sinfonía de levedades o casi humo. Hubo complot generalizado para verle dentro de un urbanismo moderno y atractivo. Cuando pinta el oro negro ya les demuestra a todos que el dinero le importa muy poco y lo que busca es comunicación. Trabaja lo mismo en doce metros que a cuatro cuartas de altura. Todo –sentimos- lo proyecta a gran escala solo para verlo más claro y fácil. Es un americano rotundo al que la bohemia parisina (Mondrian) enseña otro modo de llegar al éxito. Descubre el movimiento cuando investiga acerca del azar –como buen surrealista- ajeno a decepciones privadas y aceptaciones públicas. Salió mucho más despacio del estudio de Mondrian de lo que entró: le dio distancia, indiferencia, menos electricidad. Mondrian le brindó paz y él comprendió que todo su estrés había que empezar a venderlo a lonchitas y trocitos. Genial.

Diego Medrano

Escritor

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