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Ensayo

VV. AA.: La corrección política

domingo 14 de julio de 2019, 19:36h
VV. AA.: La corrección política

Planeta. Barcelona, 2019. 160 páginas. 15,10 €

Por Alfredo Crespo Alcázar

En La corrección política. ¿Hay vida inteligente entre el insulto gratuito y la dictadura del buenismo?, de Jordan Peterson, Stephen Fry, Michelle Goldberg y Michael Eric Dyson, estamos ante una obra coral con un sugerente tema como objeto de estudio, la corrección política, apoyado por un provocativo interrogante a modo de subtítulo. El formato elegido facilita su lectura puesto que no se trata de sesudos capítulos escritos por especialistas en la materia, fenómeno que de manera involuntaria conllevaría un posible abuso del metalenguaje. Por el contrario, nos encontramos con la transcripción de un debate patrocinado por la Fundación Aurea (sita en Canadá), enriquecida con una serie de entrevistas previas y posteriores realizadas por el moderador (Rudyard Griffiths) a los ponentes invitados.

El debate tuvo lugar en mayo de 2018, lo cual no resta un ápice de actualidad a la obra. En efecto, la corrección política, con sus partidarios y detractores, ha mantenido intacto su protagonismo como elemento capaz de suscitar abundantes dosis de controversia, acentuada ésta última por la irrupción de determinadas figuras, como Donald Trump, siempre irreverentes y opuestas a los parámetros en los que se enmarca “lo políticamente correcto”.

En consecuencia, la obra que tenemos entre manos certifica que la corrección política supone, a día de hoy, un concepto que genera filias y fobias a nivel global. Al respecto, la confrontación verbal sostenida por nuestros cuatro protagonistas partía de una premisa que invitaba a la discusión acalorada, “lo que para usted es corrección política para mí es progreso”, postura sustentada por Goldberg y Dyson. A tenor de lo que se observa en la opinión pública y publicada, todo haría presagiar que ambos polemistas estarían en lo cierto. Sin embargo, las cosas no resultan tan diáfanas como parecen: si antes del debate tal asociación contaba con el apoyo solo del 36% de los asistentes, a la finalización del mismo, Fry y Peterson lograron una ventaja aún mayor (70 vs 30).

Los perdedores del debate no se salieron del guion preestablecido de antemano. En efecto, Michelle Goldberg insistió en que había llegado el final de la impunidad masculina y enfatizó que la derecha radical suponía un peligro mucho mayor que la izquierda radical, cuyos excesos fueron incapaces de enumerar como les solicitó Jordan Peterson. Obviamente, tanto ella como Michael Dyson también negaron que las posiciones de izquierda fueran las dominantes en los campus universitarios norteamericanos.

Las intervenciones de Fry y Peterson no dejaron indiferentes al público. El primero porque procedente de la izquierda, no tuvo reparos en afirmar que la política de la identidad está funcionando mal en Estados Unidos (idea ya expuesta por el liberal americano Mark Lilla). Además, añadió que el éxito de Trump o del nativismo tiene un origen muy concreto: la tendencia de la izquierda a subestimar a la derecha. Sin embargo, Goldberg se mantuvo en sus trece: Yo soy de Estados Unidos, que ahora mismo está sometido a un grandioso intento por revertir el progreso con la excusa de vencer a la corrección política. Y como alguien que vive allí, les aseguro que no parece progreso en absoluto” (p. 66).

En cuanto a Peterson, tampoco defraudó a la audiencia. En este sentido, rebatió sin grandes complicaciones el estigma que sobre él recae, fomentado particularmente por la “izquierda caviar”, de ser un extremista de derechas, una caracterización que no se desprende de sus intervenciones en el debate. Asimismo, su solvencia intelectual le facilitó argumentar con rigor a favor de los derechos individuales y en contra de las políticas identitarias sin necesidad de recurrir a tópicos. Con sus mismas palabras: “Cualquiera con un poco de juicio entiende que, incluso si eres egoísta, te irá mejor si te permites acceder a los múltiples talentos que hay por todo el mundo, y que discriminarlos por razones arbitrarias que no están relacionadas con sus competencias es aberrante” (p. 136).

En definitiva, una obra que más que solventar la dialéctica corrección política vs progreso, sirve para poner de manifiesto la dificultad que tiene una determinada izquierda ideológica para realizar autocrítica, fenómeno que contrasta con su capacidad para estigmatizar al adversario, particularmente si éste ha formado parte de sus filas en algún momento.

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