Este miércoles llega Jane Birkin a las madrileñas Noches del Botánico. Sus gemidos de hembra desatada (Je t´aime… moi non plus) vuelven a vestir el amor de algo muy francés, tal vez muy olvidado: deseo (el aquí y el ahora) más imaginación (todas las fantasías del imposible o lo que éste podría ser). Esa bohemia de Jane Birkin y Serge Gainsbourg, cigarrillos y canciones escritas en servilletas, libros baratos con cercos de cerveza y discos del Rastro, amor sin secreto, como modo absoluto de instalarse en el mundo y ser feliz. El erotismo es conocimiento –dijo Octavio Paz- además de imaginación sin tasa ni freno. Las palabras masticadas, en plena necesidad, son el mayor lujo, lenguaje de los cuerpos donde el presente estalla bajo la suela de nuestros zapatos y el amor loco, deseo y ardor, elevan por encima de todas las miserias que solo insisten en unirnos a alguna certeza vacía, a algún pobre suelo, ancla y no vuelo, pesadez de pesadeces.
Birkin es el azote de Torra en el banquillo por sus lacitos, por su odio, porque no existe nacionalismo sin odio. El independentismo es nada frente a las puras palabras de amor de la ninfa ajena al interés propio. El amor, desde Baudelaire, es siempre salir de uno mismo, entrar en contacto con el otro, risas perfumadas de la misma mirada, intereses comunes, y esa armonía y bienestar del sexo donde dos piezas encajan una en la otra con el ceremonial mágico de los cuerpos astrales. Los lazos de Torra son otro símbolo, he ahí su máximo interés en conservarlos, su odio necesita representación, es otra esvástica, otra cruz gamada, y el magistrado Carlos Ramos le ha puesto los puntos a un delirio que ya precisa corte. Los lacitos de Torra son fraude fiscal, y su banquillo la antesala del ataúd político. Sus mentiras negras para con la ciudadanía catalana empiezan por el color de los locos, como Pla llamó al amarillo, puro vómito y náusea.
Qué más da si Google nos escucha, si tenemos a Silicon Valley apuntando todo lo que hacemos, si por fin sabemos que el oro de la modernidad son los datos y la mayoría de éstos se recogen de las formas menos ortodoxas. Google solo podrá grabarnos haciendo el amor como ofrenda golosa y tierna a Jane Birkin: nadie sabe lo que puede el cuerpo –dijo Spinoza- y éste siempre ha de ser el mejor regalo para el otro. Centroeuropa está alarmada con el espionaje, las grabaciones de voz pronto serán transcripciones, documentos de texto a doble espacio y con entradilla, Bloomberg publica que unos pocos listos del gigante Amazon llegan a escuchar hasta mil archivos de audio en turnos de nueve horas. Lo saben todo de sus esclavos, y las vulnerabilidades de Google Home o del teléfono inteligente de Apple, junto a los nuevos softwares de iPhones varios, sí, nos indican lo que ya sabíamos: no existe la seguridad, todo es desprotección, estamos desnudos, cuando lo saben todo de ti lo mejor es saludar y no hablar.
Llega Birkin también para hacernos olvidar que Turquía desafía a la OTAN, compra misiles a Rusia y ese noviazgo imprevisto (Turquía/Rusia) es otra entente del malvado señor Putin, que no parará hasta destrozar Europa tal y como la concebimos en su fecha. Los medios internacionales claman, gritan muy alto, pero la auténtica revolución es la del gemido Birkin, lo que nos retorna a lo esencial y fantástico. Moscú quiere ser Bruselas, Washington castiga y amenaza a Ankara con no entregar los aviones de combate F-35, además de sanciones. Putin no deja de enredar y la OTAN teme que la tecnología de los S-400 pueda ser usada para captar información sensible de sus aviones. Se descubre el arma más sofisticada de Putin, hasta ahora silente y anfibia: las lanzaderas vendidas a Turquía son el sistema de defensa y contraataque más sofisticado de Moscú. Nos escuchan, pero alguien más que Silicon Valley, los amiguetes rusos, que serán los que hagan saltar la tarta por los aires. En Idlib (Siria) están todos los rastros del amor consumido entre Moscú y Ankara.
Nos quedan los quejidos de Birkin como una riqueza de humo del presente. Nos queda la miseria del deseo, efímero pero devastador, contra todas las infamias del hoy. Pablo Iglesias sigue en la cocina, cocinando a sus militantes para escudarse en el no que le brinda a Sánchez, porque lo suyo es la cobardía. Calienta el cazo, calienta a las bases, para asegurar con la consulta que es lo mismo que dice él. Su sector crítico habla de insulto, bajeza, pero él va a por lo que va, ministros y vicepresidencia, ahora oculto en mitad del rebaño lanar creyéndole que no le vemos o que las ovejas son imbéciles. Nada importa, Birkin no bala ni espía, tiene la grandeza del deseo y del amor (“¿Quién no desea?”, decía un proverbio italiano). El retorno a lo esencial es la mejor higiene frente a la demencia del presente. Ni amor ni deseo son duda, aunque pueden ser engaño, pero no hay otro sitio donde se pase mejor. Hagan su libro (Queremos tanto a Jane Birkin) como Cortázar hizo el suyo (Queremos tanto a Glenda) en la recogida portuaria (mar de fluidos, saliva entre las olas) donde la fatiga ajena de la diosa francesa pone color vivo a nuestros sudores tan obreros.