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TRIBUNA

Vodevil

Juan José Vijuesca
miércoles 24 de julio de 2019, 20:52h

Me he tragado la primera sesión de investidura y no pienso repetir. Expuesto a un golpe de calor sin necesidad, pero ya se sabe que uno comete imprudencias a pesar de las recomendaciones sanitarias. Beber varios litros de agua al día, nada de ejercicio y evitar a los políticos por ser éstos los causantes de que no bajen las temperaturas.

Entre la nada y el todo se oculta el hastío, una especie de bacteria originaria del Congreso de los Diputados. Nada de extraño al tratarse de un lugar venido a menos en cuanto a profilaxis política se refiere. Lo peor del caso es que a día de hoy solo existe un tratamiento ambulatorio a base de paciencia, pero ineficaz de todo punto por el elevado riesgo de que 1 de cada 1 de los pacientes se notará cansado hasta los dídimos, tendrá náuseas frecuentes e incluso brotes de asco. Asimismo sueños anormales e incluso sufrirá de algo más grave como experimentar cambio en el deseo o función sexual, por ejemplo, falta de orgasmo. Se han dado casos de debilidad inusual a la hora de ir a votar. Cosa de lo más preocupante.

No quisiera crear alarma social y menos en esta época del año en donde prima la huida hacia cualquier solaz rincón del planeta, pero es que veo a nuestros dirigentes políticos como envasados en salmuera. Machacones e inútiles de toda nulidad los dimes y diretes de sus señorías, en una exhibición de hartazgo a granel para hablar de lo indefinido en vez de hacerlo sobre el objeto social de la investidura propiamente dicha. Poco faltó para sacar a relucir el tema capital de la reproducción asistida del cangrejo australiano y su influencia en el reparto de ministerios. Unos y otros ni tienen programa ni tampoco idea de cómo hacer frente a este desgobierno. Una cosa si les retroalimenta, el formar parte de la orla monclovita. Ese, y no otro, es el motivo principal que propaga el contagio bacteriano, sobre todo de Pedro Sánchez y su cohorte doctrinaria.

Ni derechas, ni izquierdas, ni centro, atesoran fundamentos para la seguridad socioeconómica en beneficio del interés general. Visto el vodevil de la investidura cada cual se ha retratado para esos minutos de gloria que ofrece la demagogia idealista; de tal manera que cada contrincante se cuida muy mucho de no mearse fuera de su propio tiesto, pero si en aprovechar para hacerlo sobre el florero del ajeno. Les importamos un carajo o como diría Camilo José Cela: “Los políticos son meros catalizadores de la inercia” Y en eso estamos. No pidamos más.

La realidad, que no es otra más la que hay, es que cada cual trata de que su tafanario se aposente en lugar seguro. Así las cosas, la izquierda, como programa de futuro, apadrina la memoria histórica con Franco como cabeza de serie, mientras el centro y la derecha siguen en la luna celebrando el 50 aniversario del célebre paseo de Amstrong por nuestro satélite natural. O sea, que la sesión de investidura, lejos de exigir a Pedro Sánchez su carta astral para ver el futuro que nos aguarda, lo presenciado –y mira que me arrepiento- ha servido una vez más para el refrendo de que en este país tenemos lo que nos merecemos. Eso sí, el arte de la demagogia es lo único que subsiste en esencia junto a los efectos especiales del gesto, del posado, del estilismo, los tonos de voz o el lenguaje corporal de cada uno de los contendientes.

Mientras tanto al ciudadano que le den tinto de verano. En toda intervención con sus réplicas y contrarréplicas no hay más que el fluir de una visión borrosa de la realidad alejada de los temas de capital importancia. Incluso los aplausos de las bancadas carecen de espontaneidad, señal inequívoca de que en el hemiciclo hasta los aplausos son tan previsibles como las maniobras, las argucias y los contubernios labrados entre bastidores. A fin de cuentas es una representación teatral de variedades en donde las admirables y eficientes, y espero bien remuneradas estenotipistas del Congreso, podrían ser suplantadas por pianistas traídos de algún music hall de postín. (Dicho con total respeto hacia las brillantes funcionarias).

En resumidas cuentas que nuestro siglo XXI sigue anclado en el 36 dando patrocinio al programa de futuro para la izquierda, mientras que los contrarios continúan en plena travesía de la edad del pavo. De manera que si para conseguir que seamos un país serio y responsable hay que exhumar los restos demudados de Franco, pues hágase, pero a cambio del oro de Moscú. Así, como suena, que todo tiene un precio y nada sale gratis, si no vean a Sánchez que para ser Presidente va a tener que hipotecar hasta el Falcon oficial. Mucho me temo.

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