El hispanismo nació en el siglo XVIII gracias a los primeros viajeros románticos que se acercaron a España, buscando el exotismo y la decadencia de la ‘Turquía europea’. Hoy por hoy, ante una España moderna e integrada en la realidad europea, ¿no resulta algo anacrónico seguir insistiendo en el término?
Sí, a mi no me gusta el nombre hispanista. Me considero un historiador con especial interés en el mundo hispánico, como parte de la realidad europea.
Aunque superado, el paradigma del fracaso sigue muy presente en el imaginario de los españoles, que muchas veces siguen sintiéndose diferentes al resto de Europa. ¿A qué se debe?Los propios españoles se han sentido siempre diferentes de los europeos, influidos por un sentimiento de fracaso, al que contribuyeron los intelectuales del 98. El franquismo también insistió en el tópico de la singularidad española, con lemas como el acuñado por el entonces ministro de Turismo, Manuel Fraga, “Spain is diferent”. La labor de los hispanistas hoy por hoy está en desmitificar este tópico del fracaso que, afortunadamente, ya está siendo superado.
¿Qué fue lo que tanto le atrajo de España cuando la visitó por primera vez siendo un joven estudiante en los 50?A pesar de los enormes contrastes y terribles cicatrices de la Guerra Civil, quedé impresionado por la amabilidad y dignidad de todo aquél con el que tuve trato.
En cuestiones como el intenso debate sobre la identidad nacional española, los hispanistas, que ven la realidad española desde fuera, pueden jugar un importante papel de voz objetiva. ¿Cuál es su opinión al respecto?En contra de quienes rechazan la idea de España, ésta sí existe, desde el siglo XV. Se puede argumentar que la España que surgió a raíz del matrimonio entre Fernando e Isabel en 1469 fue un constructo puramente artificial, resultado más que nada de ambiciones dinásticas. Pero todos los estados y naciones son, a fin de cuentas, constructos artificiales, producidos a consecuencia de complejas combinaciones de circunstancias históricas y decisiones políticas.
Niega el tópico de la singularidad española, pero ¿no resulta significativo que en el momento de mayor prosperidad de su historia, el debate sobre la nación y la presión de los nacionalismos periféricos ponga en cuestión la misma existencia de España?España no es el único país europeo que se debate por los nacionalismos. En el Reino Unido, por ejemplo, también existe un fuerte nacionalismo escocés. Ni siquiera creo que los nacionalismos en España sean los más exacerbados. Peor fue el caso de Yugoslavia.
¿Cree, como advierten algunas voces, que existe riesgo de que España se rompa?No creo que España se vaya a romper, aunque sí puede haber una nueva reconfiguración del sistema político hacia un sistema más confederal.
El profesor Elliot durante su ponencia en Santander (izq.)Sin embargo, reconoce estar preocupado ante el ambiente polarizado y crispado que percibe desde algunos años…
Me preocupa el estrechamiento de miras de algunas zonas que están rechazando la convivencia con otras partes de la península. Soy partidario del pluralismo. Una sociedad pluralista, en mi opinión, tiende por naturaleza a prosperar más que una sociedad altamente unificada y centralizada, pues la misma existencia de diversidad ofrece multiplicidad de recursos para la renovación cuando se seca una de las fuentes. Sin embargo, veo el peligro de algunas zonas que se están ensimismando por ciertas obsesiones culturales y lingüísticas que me parecen contraproducentes.
También es muy crítico con medidas como la Ley de la Memoria Histórica…
El deseo de los familiares y descendientes de las víctimas de la guerra civil, independientemente de su bando, de establecer la verdad sobre lo que exactamente ocurrió es seguramente una reacción humana instintiva y merece ser respetada. Si la legislación es la mejor manera de alcanzar tal fin, me parece otro asunto. La recuperación de la memoria, a mi modo de ver, es mejor dejársela a los historiadores, no a los políticos. Una vez que entra en el terreno del debate político, la memoria corre demasiados riesgos de ser alterada para obedecer a fines partidarios.
¿Qué responsabilidad tiene la clase política en este ambiente de crispación?Los políticos muchas veces pescan en aguas tormentosas para sacar más ventajas, pero afortunadamente el pueblo es sano.
¿Ve alguna solución a esta situación?Esa España abierta, tolerante y generosa que me ha recibido durante 56 años debe inspirarse en lo mejor de su pasado y no en lo peor.