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Novela

Michel Houellebecq: Serotonina

domingo 04 de agosto de 2019, 13:37h
Michel Houellebecq: Serotonina

Durante el mes de agosto, Los Lunes de El Imparcial recuperan los mejores libros publicados en este año para disfrutar de una placentera lectura estival.

Traducción de Jaime Zulaika. Anagrama. Barcelona, 2019. 288 páginas. 19,90 €. Libro electrónico: 9,49 €. El tan controvertido como brillante escritor francés vuelve con una historia que protagoniza un depresivo, ambientada en una Francia donde se anticipan las revueltas de los “chalecos amarillos”. Por Carmen R. Santos

A Michel Houllebecq, nacido en Saint-Pierre, en la isla francesa de Reunión en 1956, se le puede aplicar el título de la célebre película de Vincente Minnelli, Con él llegó el escándalo. Un escándalo que se ha ido acrecentando desde que el escritor galo se diera a conocer con su primera novela Ampliación del campo de batalla (1994), publicada en español en 1999 por Anagrama, sello en el que se encuentra prácticamente toda su producción. Después vinieron Las partículas elementales, Plataforma, El mapa y el territorio, y Sumisión, entre otros títulos, que ampliaron la controversia, el contar con detractores y defensores, hasta convertirlo en el enfant terrible por antonomasia de la literatura. Quizá ningún otro autor actual despierta tanta polémica y, naturalmente, a la par, la ansiosa espera de cada nueva obra, por igual en el caso de quienes le admiran como de los que le detestan, algo que ha vuelvo a suceder con Serotonina, con la que se empezó a calentar motores mucho antes de su publicación, y lanzada con tiradas inusuales.

Porque lo que está claro es que Houllebecq resulta un fenómeno que traspasa lo literario y que él mismo, con indudable astucia, atiza. Houllebecq ha creado el personaje Houllebecq con éxito, algo que suele producir buenos réditos -recordemos, por ejemplo, en nuestro país a Valle-Inclán-, y más en una sociedad tan mediática como la actual, y que pasea por doquier jugando a cuánto tienen sus criaturas y sus opiniones y comportamiento de él mismo, sin ahorrar a veces declaraciones incendiarias. Houllebech ha conseguido importantes premios y reconocimientos, como el Flore, el Nacional de las Letras, el Novembre, el Goncourt…, y acaba de ser distinguido como caballero de la Legión de Honor, junto a palabras elogiosas de buena parte de la crítica y de otros autores de primera, y seguidores fieles. Al lado del rechazo de otros críticos, y acusaciones de decadente, misógino, xenófobo, islamófobo… Houellebecq da mucho de sí como punto de mira de los guardianes de lo políticamente correcto.

En Sumisión, su última novela antes de Serotonina, Houllebecq nos propuso un salto al futuro para sumergirnos en una Francia donde se instala en el Elíseo el candidato de Fraternidad Musulmana, y todos parecen adaptarse sumisamente a la nueva situación. Ahora, en Serotonina, regresa al presente en una historia de incólume fidelidad a su visión del mundo, y desarrollada en un país sacudido por protestas, que parecen ser premonitorias de las revueltas de los “chalecos amarillos”.

El protagonista y voz narradora en primera persona es Florent-Claude Labrouste. Tiene cuarenta y seis años, trabaja en el Ministerio de Agricultura, detesta su nombre de pila, y, aunque goza de una desahogada posición económica, su vida se despeña y se confiesa “incapaz de gobernarla” y habitante de su propio infierno, “construido por mí a mi conveniencia”. Frente al desastre de la depresión que le aqueja, se hace adicto a un “comprimido pequeño, blanco, ovalado, divisible”. Es el Captorix, un medicamento ficticio que proporciona serotonina, esa “hormona de la felicidad”, pero también acarrea efectos como náuseas, anulación del deseo sexual e impotencia.

Labrouste emprende un viaje y va recordando y contándonos sus relaciones con las mujeres a las que amó, si bien el amor, en realidad, es un espejismo. Igual que el sexo, por mucho que en las novelas de Houllebecq no escasee.

Serotonina es una nueva parada en la concepción descarnada y oscura sin contemplaciones que Houllebecq tiene del mundo y del ser humano. Quizá, centrados en sus provocaciones, que no dejan de ser una trampa, no se ha puesto suficientemente el acento en Houellebecq como uno de los autores que mejor trasmite un pesimismo radical. No en vano, el descubrimiento de Schopenhauer, en torno a los veinticinco años, supuso para él una conmoción, como nos revela en su ensayo En presencia de Schopenhauer, un pensador al que precisamente evoca en su primer poemario: “Quiero pensar en ti, Arthur Schopenhauer,/ Yo te amo y veo en el reflejo de los cristales, / El mundo no tiene salida y yo soy un viejo payaso. / Hace frío. Hace mucho frío. Adiós Tierra”. Un primer poemario que publica antes de su primera novela y que se titula La búsqueda de la felicidad.

Pero resulta que “los hombres mueren y no son felices”, como se nos advierte en Calígula, la estremecedora pieza de Albert Camus. Su compatriota Houllebecq quizá sea el más extremo notario de esta verdad, con sus personajes tremendamente infelices. Quizá esto sea lo más escandaloso, sobre todo en una época empapada en buenismo, y en la que la no asunción del dolor pretende eliminarse con simplistas recetarios de autoayuda.

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