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ORIENT EXPRESS

La Casa del Terror

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 04 de agosto de 2019, 19:34h

El bulevar Andrássy es uno de los más bellos de Europa. Parte de la Erzsébet tér, la plaza que debe su nombre a la famosa Isabel, "Sissi”, esposa de Francisco José, emperador de Austria y Rey Apostólico de Hungría. Esta avenida llega hasta el Parque de la Ciudad (Városliget) y acoge palacios majestuosos, la Ópera de la ciudad, la casa-museo de Franz List -cuya plaza homónima rebosa de cafés y restaurantes- y el teatro de marionetas que hace las delicias de niños y mayores en sus funciones. En una de las perpendiculares a este paseo que se construyó entre 1872 y 1877, está la embajada de España, en cuya fachada luce la placa conmemorativa de la labor humanitaria de Ángel Sanz Briz, encargado de negocios de España en Hungría que salvó a unos cinco mil judíos de una muerte segura entre marzo y noviembre de 1944. La UNESCO declaró esta avenida Patrimonio de la Humanidad en 2002.

A la altura del número 60 del bulevar, a pocos metros de la plaza Octogon, rodeado de casas nobles y pequeños jardines llenos de flores, se alza un palacio neo-renacentista que el gran arquitecto Adolf Feszty diseñó en 1880. Podría ser un edificio más en esta sucesión de predios admirables, pero, durante años, significó el miedo, la tortura y la muerte para millones de húngaros. Este inmueble, que alberga hoy la Casa del Terror, fue el cuartel general del partido de la Cruz Flechada, que fue como se llamó el movimiento nacionalsocialista húngaro, pronazi y antisemita cuyo líder, Ferenc Szalási, la alquiló en 1937. La llamó “Casa de la lealtad”. Después del derrocamiento del almirante Miklós Horthy, Szalási se hizo con el poder aupado por los nazis y en su cuartel general se torturó y mató a miles de judíos.

En febrero de 1945, el Ejército Rojo tomó Budapest después de un asedio que había comenzado en diciembre de 1944. La lucha por la capital húngara se cuenta entre las más encarnizadas de toda la guerra. Stalin quería imponer un régimen comunista en Hungría así que, ya antes de que cayese la ciudad, encargaron a Gábor Péter la creación de una “Departamento de seguridad política” a imitación del NKVD soviético. Fue el germen de lo que después sería, con distintas denominaciones, la Autoridad de Protección del Estado (AVH), que estableció aquí su sede. Péter era un tipo poco habitual en los círculos comunistas. Casado con otra agente soviética, Jolán Simon, vivían en una lujosa casa, rodeados de criados y con vistas al Danubio mientras mantenían lo que hoy se llamaría una “relación abierta”. Esto se le toleraba porque era despiadado con los opositores. Por encima de él, sólo estaban Mátyás Rákosi, secretario general del Partido Comunista Húngaro, y Ernő Gerő, el lugarteniente de Rákosi. Bueno, tal vez habría que decir que fue su alumno, porque en todo imitó a su maestro, desde el culto a la personalidad hasta el uso generalizado del terror político mediante la delación, la tortura y los juicios farsa que concluían con penas capitales o estancias prolongadas en campos de trabajo forzado o prisiones.

Así, los nazis y los comunistas terminaron empleando el mismo lugar para sus aterradores fines. Entre Rákosi y Péter, crearon un reino de miedo desde el mismo lugar que habían empleado los nazis húngaros. En las elecciones del 4 de noviembre de 1945, los comunistas sólo obtuvieron un 17% de los votos, pero como el país estaba bajo control militar soviético los comunistas se hicieron con el poder. A Hungría se le impuso un sistema de explotación económica que la convertía en una colonia “de facto”. Desde el intento de convertir a este país mayoritariamente agrario en una potencia siderúrgica hasta las condiciones abusivas en la explotación del uranio de los yacimientos de Kővágószőlős, el país estaba al servicio de lo que la URSS necesitase.

Hungría no fue un caso aislado. Anne Applebaum estudió en “El telón de acero: La destrucción de Europa del Este 1944-1956” cómo los comunistas se hicieron con el poder en Polonia, Hungría y la República Democrática Alemana a través de la infiltración y el control de todas las organizaciones de la sociedad civil, la política, el ejército, los medios de comunicación y el aparato del Estado. En Hungría, los comunistas húngaros que regresaron en 1945 se pusieron al servicio de Moscú y reprodujeron el sistema de terror que habían visto en la URSS.

En este palacio del bulevar Andrássy, el visitante puede ver cómo eran las celdas, los instrumentos de tortura -pero ¿cuántos tipos de porra, cachiporra, palo y maza puede haber? - y los postes de los que pendían los ahorcados. La AVH sometía a los detenidos a interrogatorios brutales que se extendían a familiares y amigos. Cualquiera podía ser un confidente, un provocador o un delator. Por supuesto, era frecuente revestir las condenas con el ropaje de juicios farsa en los que la prueba estrella eran las confesiones obtenidas bajo tortura. El teniente coronel Gyula Prinz pasó de servir al partido de las Cruces Flechadas a trabajar para los comunistas como torturador en la calle Andrássy. Este régimen de terror fue uno de los factores que condujo a la Revolución Húngara de 1956.

Así, este palacio del centro de Budapest es un recordatorio de lo que significaron las ideologías y los sistemas totalitarios en Europa Central. En “La cocinera y el devorador de hombres. Ensayo sobre el Estado, el marxismo y los campos de concentración”, André Glucksmann apuntaba a la continuidad, esto es, a la relación inseparable y definitiva, entre marxismo y campos de concentración. Como ha escrito Cristina Losada, “el Gulag, en definitiva el terror, no era una anomalía del marxismo, sino su necesaria consecuencia”. Los nazis y los comunistas infligieron a los pueblos de Europa Central un sufrimiento que Occidente ignoró y, ¡ay!, contempló a veces impasible.

Desde el bulevar Andrássy 60, este recuerdo nos sigue interpelando.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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