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ENSAYO

José Manuel Cuenca Toribio: Historia y Actualidad 5

miércoles 07 de agosto de 2019, 16:38h
José Manuel Cuenca Toribio: Historia y Actualidad 5

Actas. 2019, 358 páginas. 24 €.

Por Carlos Clementson

Publicada por la editorial “Actas”, el profesor Cuenca Toribio en esta última obra que nos presenta, y que recoge una nutrida e iluminadora serie de artículos y ensayos publicados en diferentes medios españoles, nos ofrece un ilustrativo viaje por la historia y la cultura española a lo largo aproximadamente de una década, con importantes incursiones, al hilo de los centenarios y conmemoraciones de rigor, por los escenarios de la historia y la política internacionales. El historiador ha ido auscultando el pulso vital y cultural de una década — los años de la crisis—, temperadamente ha levantado testimonio de ello, y nos ofrece en estas nutridas páginas su interprtación y diagnóstico.

Así artículo a artículo, este fidelísimo y docto discípulo de Clío ha ido perfilando un crítico y ecuánime comentario personal, al margen de unidimensionales sectarismos a los que tan habituados estamos en estos años en los que, desde los púlpitos laicos del pensamiento dominante y del inesquivable monopolio televisivo, se nos intenta catequizar con fervorosa y empecinada contumacia a la feligresía electora con la omnipresente doctrina del pensamiento único “progresista”.

El enjundioso volumen se distribuye en cuatro amplias secciones; la primera trata sobre la historia y política de España; a continuación un segundo apartado atiende a una serie de reflexiones de política internacional, suscitadas por determinados centenarios de acontecimientos estelares que han agitado nuestro continente desde la Gran Guerra, a los aniversarios de las grandes batallas de nuestra historia contemporánea y el análisis objetivo de sus dirigentes militares y protagonistas. Una tercera sección del libro, bajo el epígrafe de “Cultura y sociedad”, nos ofrece un dilatado recorrido por ilustres personalidades de nuestra historia y de nuestra cultura, para dedicar una cuarta y última sección a la valoración de una serie de grandes personajes de nuestra historia y de nuestro más pasado más reciente. Desde Jorge Manrique y Jovellanos a Ángel Herrera Oria, Alberto Ullastres, Adolfo Suárez o Felipe González.

De España y los españoles

Anima todas estas paginas un sobrio y profundo sentimiento de españolidad, que no sólo se exalta en la valoración cordial de nuestro pasado más o menos inmediato sino en la apertura afectiva a nuestros compatriotas más anónimos y esforzados, sabiendo que la historia no sólo la protagonizan los llamados grandes hombres y sus gestas sino el humilde ciudadano de cada día, constructor paciente, individual y colectivo, de la unamuniana intrahistoria nacional.

Amor por España, por sus gestas y su historia, y por sus hombres, sin olvidar sus culturas litorales a las que el profesor Cuenca ha dedicado de siempre una cálida atención, sin dejar de lado la fraternidad racial e histórica de las tierras y gentes lusitanas, con las que compartimos nuestra paralela navegación por los siglos, a bordo de este insumergible galeón ibérico.

Y afecto por el sencillo y afanoso pueblo español genuino, por los que se enfrentan o han enfrentado con su austeridad y discreción a los azotes sociales de una crisis como la apenas superada: “Por instinto, pero también por reflexión, en ellos anidan la voluntad ética y la tensión patriótica sobre las que se alzará un día —escribe hacia el año 2012— la recuperación de las mínimas constantes vitales para que España continúe en el mapa de Europa, si no en puestos de vanguardia, cuando menos con la suficiente fuerza y poder creador que garanticen el núcleo de su identidad”.

Es muy pertinente y justa esa reivindicación del español de a pie, sufrido, trabajador y modesto con la antigua y decorosa honradez del mejor pueblo español de siempre, de padres y madres de familia anónimos, que levantan su patria cada día, en contaste con tanta transitoria prepotencia y avidez de ciertos gobernantes y tribunos.

Nuestro historiador, convertido en “auscultador del presente de su país y del mundo, se afana por esclarecer en estas páginas algún extremo de las innumerables reconditeces y enigmas que ofrece la actualidad tumultuosa, de un período como el comienzo del III Milenio, más rico en interrogantes que en respuestas y explicaciones convincentes. Desde la caída del Muro de Berlín en el otoño de 1989 y el consolidamiento de la China postmaoísta como actor de primer orden del principal escenario internacional (...), ahondando más en tan conturbadora perspectiva, la gran crisis económica de septiembre de 2008 (que) ennegreció hasta límites a las veces catastrofistas el horizonte turbador de una Humanidad que se aprestaba a configurar en su paradigma más sugestivo una era histórica definitvamente anclada en sus sueños de paz y justicia universales”.

Tales son los afanes y objetivos que mueven la pluma del profesor Cuenca, ofreciéndonos todos estos acontecimientos desde una perspectiva afirmada en las raíces cristianas de un pensamiento conservador y liberal, aunque más amigo aún que de dichos presupuestos ideológicos de lo que los objetivos datos de la ciencia histórica pueden ofrecerle en su configuración de la verdad..

Este desvío del discurso cultural oficialista —discurso oficialista que en la actualidad también lo hay, como también lo hubiera in illo tempore—, le lleva a valorar debidamente instituciones y personalidades que dicho patrón cultural vigente da, injustamente, por ineficaces o inútiles. Así, en su inicial artículo “Sevilla, Universidad, 1948-1951”, Cuenca Toribio reacciona ante la descalificación por parte de un notable memorialista y poeta jerezano, que tachara en su libro a la Facultad hispalense de entonces de una Facultad inservible”. Ni el profesor Cuenca ni el que subscribe estos apuntes podrímos dejar de reaccionar ante los que, desde el hoy, dictaminan la presunta invalidez cultural de unas décadas en las que tanto él como yo mismo nos formáramos académicamente. (Yo nunca podría renunciar o ignorar a mis maestros de mi Universidad del Sureste en aquellos años a los que debo casi todo cuanto haya podido florecer bajo mi pluma, y excúseme el paciente lector de tales expansiones).

Y me interesa subrayar la malévola injusticia sobre el ya tópico “paramo intelectual” de la España de aquellos años, ante el que reaccionara el benemérito Julián Marías al explicitar brillantemente la notable “vegetación” de aquel pretendido yermo cultural, que hoy algunos se imaginan. Contra este torpe e interesado tópico reacciona con hispalense dignidad académica nuestro historiador contemporaneísta, herido en lo más íntimo: “Una Facultad en la que profesaban sus enseñanzas, entre otros, los catedráticos Juan de Mata Carriazo, Francisco López Estrada, Manuel Giménez Fernández, Guillermo Céspedes del Castillo, Vicente Rodríguez Casado, José Antonio Calderón Quijano, Jesús Arellano o el profesor Sancho Corbacho, no tenía, desde luego, un gálibo intelectual y científico menor que el de las más reputadas de un país en el que, sobrepasando a trancas y barrancas el cabo del franquiso puro y duro de una postguerra comenzada a diluirse, el nivel de sus estudios —en particular, el de los humanísticos— ofrecía un perfil roborante y, sobre todo, de fundada esperanza en el alcance de metas ambiciosas”.

Y así concluye Cuenca su ajustada reivindicación de tan ilustres mentores universitarios, con una objetiva e irónica constatación de la realidad: “El progreso social y cultural se torna en un imposible con rupturas arbitrarias y anatemas indiscriminados. En la España franquista florecieron el afán de superación, la competencia profesional, la entrega denodada y el ánimo ardido de incontables maestros y maestras, profesores y profesoras, catedráticos y catedráticas de Univesridad —a partir, ¡ay!, de 1953...— que revistieron a las instituciones docentes y académicas de una ancha y esplendente aura de eficacia, merced a la cual, en gran medida, sus modernos críticos y denostadores pueden llevar a cabo su implacable tarea con una propiedad léxica y trabada argumentación, vedadas por completo a sus alumnos y discípulos cuando estos emprendan, en el inmediato porvenir, idéntica labor respecto a los mandarines de hogaño y el mundo intelectual por ellos configurado”.

Cuenca Toribio es consciente de la actitud más mesurada o reservada, menos beligerante, de los intelectuales o escritores afincados en las zonas templadas del conservadurismo liberal, frente al “cierre de filas de sus colegas de militancia avanzada o radical y de estos y su público cara a la exaltación de sus tareas y valores”, actitud que “no puede por menos de mirarse con admiración envidiosa por los letraheridos alineados en trincheras distintas o, simplemente, querenciosos de una asepsia o neutralidad siempre malquista por tirios y troyanos”.

Y clara y terminante se hace la denuncia que de tal situación de hegemonía cultural, en especial en los campos de la promoción social por parte de los medios audiovisuales, los más atendidos por el público: “En verdad, resulta sorprendente el bien implementado sistema por el cual, en todas las esferas mediáticas, las obras y los autores —igual ocurre, desde luego, en los demás territorios del arte y la creación— de tal adscripción reciben una sobretasa de atención y eco respecto de los ubicados a la intemperie o en zonas del discurso conservador. (...) Comportamiento propio de secta, por supuesto, de corrientes o tendencias políticas e intelectuales con conciencia de gueto o extrañamiento del cuerpo social; pero que en nuestro país respondió, por el contrario, a elementos tácticos y, especialmente, a la voluntarista superioridad cultural y moral de la izquierda respecto a la derecha”.

Esta actitud de serena, que no de rabiosa independencia es la que preside igualmente una serie de artículos suscitados por el setenta y cinco aniversario de la guerra civil con un conjunto de personales interpretaciones a contrapelo de las mayoritariamente divulgadas de las más notorias firmas adscritas al bando republicano.

En alguien que ha dedicado a la docencia la mayor parte de su dilatada existencia el problema del sistema educativo vigente tan parcial e inconexo, que afecta a la “cohesión del país y aun la misma noción de España” no deja de preocupar también a nuestro historiador, y así lo hace constar, afirmando que será difícil “hallar en los cinco últimos siglos del pasado hispano un momento en el que la conciencia patria haya dado menos muestras de vitalidad que en el actual. Los críticos más benévolos del sistema educativo vigente indican que su arquitectura general se resiente de la carencia de puntos elementales de apoyo de una concepción general del ser e identidad españoles. Afortunadamente —matiza—, el pluralismo y la diversidad han sido su característica esencial; pero en modo alguno la delicuescencia y la atomización. Los extranjeros reconocieron siempre sin vacilación alguna la personalidad clara y distintiva de España dentro del conjunto de pueblos occidentales. (...) Hoy sin embargo, el habitante del cabo de Gata y el de Finisterre, (o desde el cabo de Creus a Trafalgar, por completar el panorama, añadimos nosotros) comunicados transportística y mediáticamnte con mayor rapidez que nunca, semejan vivir en hemisferios diferentes”.

Toda una serie de artículos de este primera parte tratan también de una cálida reivincación académica ante la crítica de determinados escritores más que foráneos indígenas y el ninguneo de determinadas figuras cimeras de nuestra historia, como el Gran Capitán, Alejandro Farnesio o Hernán Cortés, por determinados historiadores con parciales anteojeras ideológicas. En su artículo “Los españoles como colonizadores” constata cómo “en su teatro principal, el americano, las voces hipercríticas y aun cerradamente negativas sobre el inmenso esfuerzo cultural desplegado por la monarquía hispana en la inabarcable geografía del Nuevo Mundo son hoy legión” y cómo, “al contrario de lo que acontece en Gran Bretaña o Francia, seamos los iberos de 2012 los que cuestionemos con mayor énfasis el valor de nuestro pasado”.

De política internacional

La segunda sección del libro, la dedicada a glosar acontecimientos de implicación o proyección internacional, se abre con alborozo auroral ante la brillante efemérides de la victoria de Lepanto, tan presente en nuestra memoria estudiantil de jóvenes escolares de la primera mitad del siglo XX; acontecimiento estelar, pues que “sin el triunfo de la escuadra cristiana mandada por D. Juan de Austria, es muy probable que la marcha de los tiempos modernos hubiera sido bien distinta a la conocida, y aun esa misma denominación no figurase en los diccionarios ni en la cronología”, todo lo cual parece que no hubiera sido del todo desagradable para ciertos temperamentos actuales de determinado cuño “progresista” tan decantadamente pro islámico.

Importantes son los distintos artículos dedicados a reflexionar sobre los diversos aniversarios de los dos conflictos mundiales: en el 2014, centenario del estallido de la Gran Guerra, aquella hecatombe suicida que marcó el declive del Viejo Continente como gran potencia rectora y que rompió lo que el ilustre catalán Eugeni d´Ors llamaba la unidad moral de Europa.

El desastre que supuso la conflagración europea se simboliza en el desencanto de dos de los cantores de estos grandes imperios, que sufrirían bien ya su decadencia o su total desaparición con la contienda; me refiero al novelista y poeta británico Rudyard Kipling, bardo épico de las glorias del Imperio británico, que padeciera la pérdida de su único hijo varón, John, de 18 años, alistado en los Irish Guards, a instancias del patriotismo paterno, y dado por desaparecido en el campode batalla de Loos, sin que nunca pudiera ser localizado su cuerpo, lo que sumió al escritor en una amarga depresión. Dicha pérdida suscitó en el poeta una serie de desencantados epitafios, severamente amargos, como el que traducimos a continuación: “A mi hijo lo mataron cuando estaba riéndose de un chiste. / Me gustaría saber cuál era / para que así pudiera servirme en estos tiempos / en que hay tan pocos motivos de risa”.

O este otro ciertamente patético y cargado de responsabilidad y sentimiento de culpa, ante los absurdas causas y trágicos horrores de la guerra. Un epitafio que casi hiela la sangre: “Si alguna vez te preguntaran que por qué morimos, / respóndeles: Nuestros padres mintieron”.

Recordemos que toda una generaciónde poetas —Rupert Brooke, Isaac Rosemberg, Wilfred Owen entre otros tantos, así como de Alemania y Francia, como Charles Péguy o Apollinaire— , junto con otros setecientos cincuenta mil jóvenes británicos, murieron de la forma más salvaje y lamentable en aquella estática y contumaz guerra civil europea, de la que nuestro país pudo librarse.

El otro gran escritor sobre el que nuestro historiador reflexiona es Stefan Zweig, que tuvo que asistir a la ignara y vengativa desarboladura en Versalles de aquel estabilizador imperio austrohúngaro, y que terminaría suicidándose en Brasil en 1942, hastiado ya de persecuciones y guerras.

Al hilo de estas conmemoraciones bélicas Cuenca Toribio en otra serie de artículos, con objetividad de historiador, se entrega a reivindicar —también a contrapelo del discurso dominante—, “el honor del ejército alemán”, simbolizado en la digna figura del mariscal Gerd Von Rundstedt, radical antinazi como otros tantos militares porfesionales y prototipo de la tradición castrense germana y la caballerosidad prusiana. Otros artículos glosan la “Profesionalización y politización de la Wehrmacht” o emprende su autor “Una Relectura de Stalingrado”.

Frente a estas páginas dolorosas de la historia europea, en “Un fecundo y grande acontecimiento” el profesor Cuenca glosa el fausto evento de la firma de la Carta del Atlántico por F. D.Rooselvelt y W. Churchill, en 1941, en la cubierta del crucero Augusta, en las proximidades de las costas de Terranova. Dicha Carta será el alma y guión de la Carta de las Naciones Unidas de un cuatrienio posterior—.

Otros artículos sobre diversos acontecimientos europeos completarán esta segunda sección del libro.

Cultura y sociedad

El tercer apartado del volumen girará sobre otra de las vocaciones de nuestro contemporaneísta, su indeclinable atención por la creación literaria: Reflexiones sobre la significción espiritual y literaria de un montillano de adopción, San Juan de Ávila; sobre “Rilke en España”, artículo en el que nuestro historiador se asombra de que entre las más de siete mil cartas que el excepcional poeta escribiese desde diversos países de Viejo Continente ningún eco haya en ellas de “la actualidad española, por aquel entonces muy agitada por acontecimientos que se demostraron decisivos en la marcha de la nación”.

Digno de mención es el emotivo recuerdo que suscita “Una conmemoración entenebrecida: Julián Marías”, una justa y noble reivindicación del filósofo y humanista ante las torpes insinuaciones y reticencias sobre su figura, y que nos habla de tantas injusticias como se perpetran en nuestra partidista vida literaria. Ya el primer párrafo, una cita del poeta catalán J. Agustín Goytisolo, nos sacude interiormente, como una bofetada: “El orteguismo fue un poco, salvando las distancias, lo que el futurismo al fascismo: pertrechó la débil ideología falangista de un pequeño agarre ideológico e intelectual. Véanse los casos de Pedro Laín Entralgo, Antonio Tovar, Dionisio Ridruejo y, sobre todo, del desventurado Julián Marías”. A lo que inmediatamente apostilla nuestro historiador. “En tan densa a la vez que escueta frase se contiene el mayor agravio que pudiese recibir la límpida memoria de uno de los habitantes del siglo XX español que más acendró con su vida y obra la enjundia y lustre de su identidad”.

Bajo el epígrafe de “El centenario de un gran periódico” se contempla la moderna empresa de comunicación que levantara D. Ángel Herrera con el diario católico madrileño El Debate a la vanguardia de la prensa nacional.

Naturalmente, a contramano también del discurso dominante serán las páginas que versan sobre un tema polémico donde los haya, “La cultura y el franquismo”, y en el que el profesor Cuenca intenta poner las cosas en su sitio con respecto a “la negación e, incluso, demonización de todo lo realizado en el franquismo, no sólo del régimen —lo que hubiera sido explicable—, sino del propio trabajo y esfuerzo de incontables gentes que, al margen de la vida oficial, llevaron a cabo tareas del máximo valor y, por ende, acreedoras cuando menos al respeto”. Baste recordar que, a lo largo de toda la historia de la humanidad o de la cultura universal, el creador, el artista, el intelectual, el historiador, el poeta o el filósofo, han sabido volar o sobrevolar muy por encima de los condicionamientos de la diversas clases de censura que sucesivamente intentaran constreñir a los creadores. A las pruebas, es decir, a la historia me remito.

Para terminar concluyendo terminantemente: “No; las musas no se declararon en huelga durante el franquismo; ni la inspiración poética, musical, teatral o arquitectónica estuvo desterrada del solar hispano, que, a su vez, distó de ser el erial descrito por plumas más intonsas que sectarias”. (Todos los españoles de mi generación y aun los mayores vivieron, estudiaron y escribieron durante la etapa de la dictadura del general Franco, y ello no imposibilitó ni su ciencia, su creción o su vocación. Bueno será repetirlo para los que hoy creen partir de cero en su indocumentado adanismo cultural).

La última sección del libro, “Los protagonistas”, está dedicada para acoger a una serie de escritores y figuras que enaltecen nuestra historia, comenzando por el imprescriptible “Jorge Manrique, clave española”, quien en sus Coplas a la muerte de su padre explicitó la presencia o mejor la vivencia de la muerte, sentida con “embridada mesura y decoro”, en la honda raíz existencial de los españoles.

Naturalmente en esta galería de varones ilustres no podía falta la melancólica y esplendente figura de Jovellanos, “el más grande español de su tiempo y de buena parte de los venideros”, que el maestro Goya inmortalizó en esa reveladora y apesarada —¿desilusionada?— actitud de los que se vuelcan en el servicio y en el sueño de su patria, y tantas veces ven obstruida su labor. Y nos vienen a la mente tantos ingenios que tuvieron que sufrir marginación y cárcel como el prócer gijonés, figura clave de nuestra Ilustración, dilucidado en todos los aspectos de su vida y obra por el profesor don José Miguel Caso. País sin cabeza... fueron las últimas palabras, ya reintegrado a su patria asturiana, en medio del desastre nacional en que expirara el inmortal Jovellanos.

Figuras y personalidades egregias o ya un tanto desvaídas, como el malagueño José Moreno Villa, morador proverbial de la Residencia de Estudiantes, el cantor de Jacinta la pelirroja y autor de las luminosas memorias que llevan por título Una vida en claro, o las grandes personalidades del Círculo de Bloomsbery y el más famoso de dicho grupo, J. Maynard Keynes, conmemoraciones como la reivindicadora del autor de la Historia de los heterodoxos españoles, o prematuramente fallecidos como el historiador gerundense Jaume Vicens Vives, o José Luis Comellas, uno de los mayores historiadores de la última media centuria, o como el poeta José Antonio Muñoz Rojas, o el siempre reivindicado por Cuenca Toribio don Jesús Pabón, autor de la monumental biografía de Francesc Cambó, y tantos otros más próximos aún a nosotros, son perfilados por nuestro historiador con objetivos matices y viva simpatía.

Y entre tantas figuars ilustres la reivindicación de escritores postergados como el iluminador Azorín de nuestra juventud, que nos enseñara a amar la España clara de los Siglos de Oro y de nuestra Ilustración, entre otras tantas páginas debidas a su pluma “mojada siempre en un patriotismo acendrado”. España clara fue el título de uno de sus últimos libros de senectud, España diáfana y luminosa frente a esa otra “España negra” que otros, morbosamente, se obstinaran en entenebrecer. “Gocemos de España: amemos intensamente a España” fue el lema bajo el que colocó una tarea casi secular de indagación por todos los entresijos de la identidad nacional”. Luminosas figuras restituidas del olvido o rehabilitadas en su gloria por este incansable cultivador de la musa Clío, maestra de la vida, como todos sabemos, aunque tantos a ella no presten la menor atención, repitiéndose la historia.

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