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TRIBUNA

Arde Troya o los fastos de la derrota

martes 13 de agosto de 2019, 20:04h

Suelen al hombre perder

la soberbia o la codicia…

Jorge Luis Borges

Schopenhauer aconsejaba no leer un libro que no hubiera cumplido al menos cien años. Los lectores hedonistas -en este caso los relectores, entre los que me incluyo-, quizá exagerando un poco, intentamos cumplir con este axioma del filósofo alemán.

En cuanto a mí, uno de los escritores que más placer me produce leer y releer, es André Gide. Suelo volver cada tanto a su fecunda obra literaria, y especialmente a sus Diarios, que recomiendo con entusiasmo. En unas páginas dedicadas a su amada Francia, causante de sus muchos desvelos y reflexiones; también de los dilemas morales por los que atravesó en su propia vida, refiere lo sucedido durante el llamado Régime de Vichy (Régimen de Vichy) instaurado por el mariscal Philippe Pétain, tras la firma del armisticio con la Alemania nazi, que llevó a Gide a exilarse en el Congo.

Pero antes de entrar en el tema que nos preocupa a los argentinos, me gustaría -y creo que vale la pena- agregar unas líneas más al enorme escritor, bastante olvidado por nuestra época, que fue André Gide, un hombre de convicciones y pasiones equilibradas, que de muchas cosas dudó, aunque parece no haber dudado nunca del libre albedrío, pues creyó que los individuos y las sociedades pueden dirigir su conducta; algo que lo llevó a consagrar su vida al examen y a la renovación de la ética, no menos que al ejercicio y al gozo de la literatura. Gide nació en París, el 22 de noviembre de 1869 y murió en la misma ciudad el 19 de febrero de 1951. Durante la década de 1920, se convirtió en inspiración de escritores como Albert Camus, Luis Cernuda y Jean-Paul Sartre. En 1923 publicó Corydon y en 1925 Los monederos falsos por los que recibió malas críticas al justificar la homosexualidad. Durante la década de 1930, por un tiempo breve, se afilió al Partido Comunista, pero quedó desilusionado tras su visita a la Unión Soviética. Sus valientes críticas al régimen le ocasionaron la pérdida de varios de sus amigos socialistas, especialmente cuando publicó su libro Regreso de la URSS, fechado en 1936. En 1947, viviendo en el exilio, le fue otorgado merecidamente el Premio Nobel de Literatura. “Es duro estar lejos de la patria casi tan duro como habitar en ella”, se quejó.

Sin duda es complejo el mundo que nos encierra y siempre con más de lo mismo, ya que los asuntos humanos, con sus respectivas dificultades, son casi siempre los mismos e inherentes a todos; digamos que pareciera que los hombres poco aprendemos y vivimos tropezando siempre con la misma piedra. Un querido amigo, un poco fatigado por los avatares de nuestra Argentina, me ha dicho que está analizando seriamente con su esposa vivir en el exterior. Es otro compatriota harto de esta situación social que agota a más de uno y nos sume en el desconcierto, quizá como en su momento angustió a don André Gide el gobierno colaboracionista (por nombrarlo con un eufemismo) del mariscal Philippe Pétain.

La política, la desconcertante política, parece ser una suma de tales tropiezos, siempre con la sensación de volver a empezar, transitando de un extremo al otro. Así, en estas elecciones primarias, que se dieron en la Argentina el pasado domingo, dos diversas alternativas, o dos modelos económicos y políticos irreconciliables, confrontaron en un país decididamente polarizado donde las encuestadoras, esas especie de pitonisas modernas que pronostican resultados, fallaron de punta a punta. Ninguna conjeturó que la diferencia entre la oposición y el oficialismo llegaría a los 15 puntos; tampoco los llamados mercados financieros, que son en la práctica los que manejan la dolarizada economía con simultáneas y altísimas tasas de interés (que en este momento alcanzan el 74 por ciento y con un dólar que trepó en un día de 46 a 58 pesos), dejando perplejos a los ciudadanos, sufrientes víctimas directas de lo que después deriva en inflación y en mayor pobreza.

Pero la más grande perplejidad fue de parte de un gobierno que apostaba al recrudecimiento de una grieta y apela a una diferenciación mediante la transparencia, a las alquimias políticas, a la promoción de obra pública; pero, sobre todo, a la estrategia de esa polarización que el oficialismo ensayó obstinadamente para enfrentarse con sus opositores. La crisis económica y el despropósito social fue la dinamita que por fin definió la durísima derrota del Gobierno en las PASO de este pasado domingo.

El fracaso electoral, esta rotunda caída no sólo modifica el mapa político de la Argentina, sino también los probables resultados de las elecciones definitivas que se realizarán en el mes de octubre, y ya parecen cantados, donde se abren a su vez dos desafíos: el primero llegar hasta octubre por parte del oficialismo para que se concrete la elección definitiva; el segundo, hasta el 10 de diciembre, fecha de la entrega del gobierno al ganador definitivo de las elecciones. Una compleja y ardua transición de más de cuatro meses en la cual se jugaría la gobernabilidad. No se puede, por otro lado, desconocer que la Argentina posee una estructura económica, política e institucional altamente vulnerable, o ya vulnerada por un derrumbe de todos los índices económicos, atada a una dolarización que pega de lleno en los precios de tarifas de servicios públicos y en combustibles, que corren en paralelo con la monedad norteamericana.

Como sucede siempre en estos momentos crepusculares, la derrota del oficialismo no llegó sola, sino acompañada de innumerables impericias políticas. Quizá la más inmediata y escandalosa, definitivamente inadmisible fue la demora en la difusión de los datos oficiales que llegaron con más de dos horas de demora, alentando toda clase sospechas. Tanto fue así que la oposición, en medio de la incertidumbre, lanzó una intimación al gobierno. Luego los resultados fueron tan contundentes, que confirmaron o descartaron la sospecha.

Agobiado, apelando a su escaso vocabulario, el presidente Macri admitió su derrota y la pésima elección realizada en todo el país, menos en la provincia de Córdoba y en la ciudad de Buenos Aires, donde el triunfo, sin la mayoría que había obtenido en otras oportunidades, fue por escasos puntos. La celebración pareció menos una fiesta que un velatorio. Vino un día después la conferencia de prensa que dieron Macri y Pichetto, su vicepresidente, donde dio a entender que, de un modo u otro, la gente se equivocó al votar. Si bien lo dijo de otra manera, señaló que se eligió a un grupo de representantes encabezados por Alberto Fernández y la ex presidenta Cristina Kirchner, quienes no resultan confiables para los mercados y el mundo.

Ahora bien, partiendo de esa base habría que esperar, entonces, que la gente interprete bien qué es lo que resulta confiable para el mercado y que vote en consecuencia, o esperar a que el candidato Alberto Fernández le de espaldas a quienes lo votaron y adhiera a la política económica vigente, algo imposible, por supuesto, y de ese modo el mercado se calme. Se trata menos de una idea definitivamente disparatada que posible, que no encaja en lo más simple del sistema democrático.

Quizás la elección de octubre ya no sea para Macri el horizonte. En especial si tenemos en cuenta estos resultados tan rotundos y demoledores, que parecen tener dicha la última palabra. Remontar semejante derrota en sólo 60 días parece a una tarea menos homérica que definitivamente imposible. Es difícil, tal vez, fijar la meta en otros asuntos que también resultan enojosos para la sociedad. Le queda entonces por delante al ingeniero Macri una sola tarea, concluir su mandato democrático lo más ordenadamente posible y convertirse en el primer presidente no peronista en hacerlo. Para eso debería revisar algunas de las ideas que deslizó en su discurso primer, donde mandó a dormir a los ciudadanos y en la melancólica conferencia de prensa, donde insistió en seguir en el mismo camino, aunque más bien debería revisar las razones de su derrota.

Tal vez la responsabilidad de la transición sea compleja y una tarea de todos, pero el papel principal le corresponde al Gobierno. Y en ese papel debería primar la apertura frente al revés electoral; no el encapsulamiento, como ha sido la tradición del macrismo ante las sucesivas señales de alerta. Si son necesarios cambios, deberá ejecutarlos, mostrando una decisión de futuro y no de miedo al pasado.

El llamado Frente de Todos es una construcción muy heterogénea. Donde las tensiones resultarán inevitables. Alberto Fernández, el candidato a la presidencia, después de los resultados del domingo, podría contar a futuro con un margen político que quizás no calculaba. La cantidad de votos que obtuvo, lo dan como ganador virtual en primera vuelta, y pareciera no responder únicamente al capital que le pudo haber aportado la ex presidenta, sino a su prudencia y sensatez. Existiría así una cosecha propia producto de dos esfuerzos: un mensaje, con intermitencias enfilado hacia la moderación, junto a un acercamiento con los gobernadores del Partido Justicialista que le arrimaron sufragios y ganaron en todo el país, con excepción de la provincia de Córdoba. En su discurso, Alberto Fernández les regaló un agradecimiento especial a sus votantes, a la vez que realizó un primer esfuerzo para deslizar al kirchnerismo hacia el centro. Habló de la imperiosa necesidad de terminar con la grieta, de no intentar reimponer ningún régimen ni una época de venganzas. Cada palabra será, sin duda, cotejada en adelante con los hechos. Quizá omitió hacer alguna mención a la gobernabilidad hasta octubre y diciembre. De la cual, en un plano secundario, formará parte, aunque desde la presidencia de la República se lo ignore. Insistió con su vieja tesis de que el peronismo estaría siempre en la Argentina para solucionar los problemas que generarían los demás. Tradicional falta de autocrítica, esto también hay que señalarlo, pues también el peronismo se vio en dilatadas épocas pasadas forma parte de los eternos problemas irresueltos.

El ingeniero Mauricio Macri parece en tanto aferrarse a la soledad de un poder que cada día lo abruma más. Quizá se cree infalible y reclama que le falta tiempo para concretar su propósito. “Déjenme llegar hasta octubre que la gente va a entender que este es el único camino y nos volverá a votar”, es el argumento. Sin embargo, el problema es político y no importa qué tan acertada o equivocada sea la política económica, sino que lo esencial es que en las PASO el gobierno, perdió legitimidad. Y en un sistema democrático los gobiernos necesitan ese elemento esencial para llevar adelante sus políticas. Este es el problema central de Macri, repito: falta de legitimidad.

La relectura de André Gide y los octosílabos de la “Milonga de dos hermanos” de Borges, quizá ayuden a entender que “la soberbia y la codicia inapelablemente envician al que le da noche y día…”; sobre todo mintiendo o negando lo que acontece a su alrededor.

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    Últimos comentarios de los lectores (3)

    10018 | Liva Felce - 15/08/2019 @ 18:28:30 (GMT+1)
    Es difícil cobijar una esperanza en este tiempo de incertidumbre en donde ambas partes políticas ya mostraron sus incapacidades de ser realmente inclusivos y apegados a la ley. Hay cosas que no se olvidarán por el nuevo cambio, hay mucho pendiente moralmente sin resolver.
    10010 | Cesar Chelala - 14/08/2019 @ 00:28:35 (GMT+1)
    Excelene artículo, gracias por escribirlo. Abrazo, cesar
    10009 | María Alicia Farsetti - 13/08/2019 @ 23:55:02 (GMT+1)
    Como argentina estoy totalmente de acuerdo con la descripción que Roberto Alifano hace de lo sucedido en esta encuesta reciente que dio por tierra con un gobierno que , al parecer, poco le importó la protesta de los ciudadanos. Lo peor es lo viene ahora. Sólo deseo que haya cordura, porque pensar que el gobierno actual cambie su nefasta política, pertenece a la utopía

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