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MENÚ DE POBRE

Las ninfas de Plácido Domingo caen hoy del guindo

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
viernes 16 de agosto de 2019, 19:49h

Las chicas de Plácido son las vulvas peligrosas, las sierpes con el puñal plateado y brillante en la boca, las brujas incendiadas de presente inmediato y bajo resaca, venda o amnesia de treinta años; ocho cantantes y una bailarina, capitaneadas por Patricia Wulf, en ese discurso –mucho por escrito, cómo no- donde el tenor –siempre famoso- le miraba las tetas y se mordía los labios, donde el maestro intentaba meter cebolleta, donde el artista se la comía entera por los ojos y a dos carrillos, sí, en la periodicidad ya aludida, treinta años después, caídas las nueve hoy del guindo y su angustia negra entre las nubes, lo que se dice falta de memoria, spleen, tedio vital, silencio vaginal, mudos los labios del bajovientre, confundida la mente alrededor del trauma, ajena la voluntad a toda voz recia y valiente.

¿Era tocón Plácido como Hitchcock? El tocón siempre empieza por el codo, llegar al codo es lo más fácil, una vez alcanzado el islote, las dos direcciones a tomar son fáciles: hacia el norte, en busca de las montañas gloriosas, de las ubres pletóricas, de los pechos superlativos, de los pezones como clavos, o al sur, otras dos cordilleras, las nalgas furtivas, el culo duro rebañado en mármol, tambor de la gloria verbal, maracas en la risa floja, viento a popa, carne prieta, ano travieso y curioso por donde entra y sale el premio gordo. ¿La mayor lotería? Ahí ya no se puede llegar por el codo, el clítoris es custodio y embrida, el coño tiene acceso restringido, la vagina manda ella como soberana y elige quién pasa y quién no, portera entera de la anatomía sobrenatural, dueña del viento y tu nombre, cepo que solo él gobierna cuando el deseo lento lo perturba.

¿Mirar es delito? ¿Seducir es delito? ¿Las palabras sabrosas o los ojos locos son delito? No, queridas fieras, el delito solo es rematar. Todo es seducción en la vida y cada uno mira lo que estima más oportuno, nadie es dueño de la belleza, no eres mía ni tuya siquiera, como cantó Agustín García Calvo a su manera, y cada cual mira lo que quiere y toca lo que le dejan, porque aquí siempre mandan ellas. Lo que sí debiera ser delito son treinta años –se dice pronto- de olvido deliberado, premeditado e inmenso como el océano. Generalmente, dichos mares amnésicos suelen buscar, por agujeros y pufos varios, monumentos enteros de dinero, su forma de despertar del letargo no es nueva ni insólita sino la acostumbrada: maledicencia, usura, basura, mucho toque de retreta –común a infantería y caballería- con tal de poner orden en las filas; todos a casa, las filas prietas, todos a un escenario imaginario, comienza la gran obra teatral, no tosan ni salgan a mear antes del primer descanso, la función va a compenzar.

Toca, sí, volver al cuartel del falso recuerdo, de otro fake news, de esa caja permanente para algunos que es siempre el famoso distinguido –nacional e internacionalmente- por sus méritos. ¿La violó o no la violó? Eso es lo menos importante. Hay que mantenerse en ascuas, el introito va sobre miradas, sobre climas, sobre atmósferas, y no hay que soltar nada de sopetón, porque aquí lo que cuenta es mantenerse en el aire, en el candelero, bajo las velas izadas, a toda máquina, el mayor tiempo posible. ¿Hasta cuándo, oiga? Pues hasta lo de siempre, cuando quiera volver a violarme, varias cámaras lo registren y pueda salir de pobre para siempre. Primero no contar nada, todo a nivel superficial, luego ya verá la cima exacta que puede alcanzar la lengua suelta. ¿La suya, oiga? Mejor la de Plácido, que paga en metal. El caso es encender el fuego para la gran hoguera.

Buscona, definición: “Persona que estafa o hurta cosas de pequeño valor”; “Prostituta”. No son busconas porque la “muerte civil” existe, siempre se intentó en este país, y poco se escribió sobre ella: aquella donde la muerte profesional se produce por unos hechos privados, generalmente en alcobas con poca luz y taquígrafos. El falso testimonio es libre y las Papagemas de La flauta mágica, las Mimis de La Boheme, las Musettas de Puccini pueden decir lo que les venga en gana porque la libertad verbal es el mayor cirio pascual: se prende, soplando por los bordes, y luego no es difícil encontrar fieles en esa misma adoración perpetua. Se habla de proposiciones, en el aguafuerte del delito, a brocha gorda, sin inteligencia propia ni ajena posible: el ventilador de mierda opta por el barullo, el alboroto, el trance no es comunicar sino herir, manchar todo lo posible, a destajo.

“Cada vez que me bajaba del escenario, me estaba esperando. Se acercaba tanto como podía, ponía su cara frente a la mía, bajaba la voz y me decía: Patricia, ¿te tienes que ir a casa esta noche?”. Acoso sexual, el juego del escondite para no verle, la insinuación como violación y aledaños. El delito de Plácido Domingo es querer invitar a una chica guapa a cenar. Treinta años sin decir ni mu. Lo que no nos cuenta Patricia Wulf, lo que calla Patricia Wulfa, es cuántas veces fue a cenar, o si fue alguna, o quién pagó esa cena, o si repitió a la hora del postre, o si el juego de miraditas obedecía a reclamo, interés, zanahoria del palo colgante, trampa y migas por el camino hasta llegar a la ermita. Es siempre lo mismo, todo igual. Las mejores películas -¿eh, Patri?- son puro final abierto y algunas de ellas –las más corrientes- también son otro abrirse de piernas, patas y mocho, ese tan carroñero de la fregona, que se pasa cantando y riendo hacia dentro, por encima también de honor y honra, pasado y presente, solo futuro y vil metal en el visor de la escopeta con el dedo caliente, sudoroso, al tocar el gatillo como única solución al ordinario desfalco.

Diego Medrano

Escritor

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