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ESCRITO AL RASO

La contratación pública: ese chollo

David Felipe Arranz
lunes 19 de agosto de 2019, 20:01h

Se vuelve a hablar otra vez de la transparencia de lo público porque la Unión Europea pidió al Gobierno de España en 2017 que abriese una Oficina Independiente de Regulación y Supervisión de la Contratación Pública, y ni el PP ni el PSOE le han dotado de medios ni de tecnología suficiente como para vigilar esta actividad que supone el 13% del PIB. Allí se juega al ping-pong y al parchís, se hacen quinielas y se lee el Pronto, pero de poder regulatorio y sancionador… nada de nada.

En Bruselas se han dado cuenta de que los ejecutivos popular y socialista, irresponsables “in vigilando”, han hecho caso omiso de las recomendaciones del Consejo de la Unión Europea: la necesidad de una mayor transparencia del sistema de contratación pública español. En nuestro país, uno de los fundamentos morales de la raza consiste en que “el dinero público no es de nadie”, como dijo la vicepresidenta Carmen Calvo en 2004 cuando era diputada del Parlamento de Andalucía. Luego vinieron los reptiles andalusíes de los 152 millones de euros, que creó una cleptocracia “respetable”, a la vez que en la Comunidad de Madrid y en Valencia, por ejemplo, los oligarcas del pillaje iban vaciando las arcas públicas –863 millones de la Gürtel–. Porque lo público se puede aplicar tanto al transporte, como a una mujer que hace la calle como a un colegio repleto de infantes. Todo lo que no es privado es público, mucho de lo público se marcha al bolsillo privado. El dinero público para muchos políticos, ni se crea, ni se destruye, solo se transforma en su peculio. O en un yate lleno de chinas con cofia sirviendo la langosta. O en lencería fina de color negro que compra un señoro a su coima. El 28,4% de los alcaldes de las grandes ciudades y capitales de provincias españolas se sube el sueldo por aprobación de los ediles en el primer pleno municipal ordinario. Eso es bastón de mando y subversión política y lo demás, zarandajas.

Nuestra clase política, que es demagoga, cree que la “transparencia”, las transparencias, son para la caída de Roma en el tálamo o con la amante: se adivinan las curvas oficiosas de la carne entre la oficialidad del vestido. Pasa un poco con la incorrecta e interesada aplicación que han hecho Mariano Rajoy y Pedro Sánchez con la Ley de Contratos del Sector Público: dependiente del Ministerio de Hacienda, esta covachuela cuenta con seis personas para vigilar el choriceo patrio de los gobernantes en las contrataciones con dinero de los españoles, frente a los treinta vigilantes que exige Bruselas. Así el trinque es más fácil y la casta extractiva hace de lo oficioso algo oficial: sí, hay oficina y una Estrategia Nacional de Contratación Pública… en teoría. Un apaño. Un fraude. Un “engagement” de la “intelligentsia cleptócrata”. Cómo sería el cuadro picaresco, que el Gobierno de la UE pidió la creación de esta oficina, ya que el Tribunal de Cuentas y la Intervención General del Estado no daban abasto y que los casos de irregularidades en la contratación en las comunidades autónomas y los ayuntamientos se les escapaban a los interventores como agua por banasto.

El fraude en la contratación pública se queda en la atmósfera de ferragosto como una anécdota, un asunto de la “autoridad competente”, que desde que la invocó el capitán de la Guardia Civil Jesús Muñecas Aguilar el 23-F, sabemos que detrás viene el exceso, el desorden, el golpe y el desastre nacional. Peor no nos importa mucho. En España lo aguantamos todo con nuestra dosis de “Sálvame” y la liga, porque si nos quitaran eso, habría una revolución social. Hasta los telediarios este verano parecían una “promo” telebasuril, un engendro entre la crónica negra y los incendios estivales, una tradición delincuencial de nuestro sector pirómano. Lo del español es el trocito de playa para clavar el palo de la sombrilla, los amores de los triunfitos, el chapuzón de la viuda de Paquirri, la pachanga cruel, la rebeldía del Instagram y el pedo del siglo, no el marco presupuestario. Perdónennos esta falta de chovinismo y este laceramiento de espaldas tan antipatriota.

Como decía el doctor Freud, el nuestro es un olvido voluntario, que es prefrontal-temporal y de gentes evolucionadas, según la revista Science: el padre del psicoanálisis dijo que no solo olvidamos, sino que recordamos erróneamente. Entonces la vida nacional adolece de una flojera cívica y ética, de escaso sentido crítico: de laxitud, de diarrea de valores. Relax, que estamos en verano. Hasta los novelistas hacen su carrera en las Cortes y después se hacen consejero o ministro: con el Planeta ya no te compras un ático frente al Retiro o al Parque del Oeste, porque con el sablazo de la retención del IRPF se te queda en un viaje al Japón y otro al Canadá con la novia. César Vallejo escribió que amado sea “el puro miserable, el pobre pobre”: por eso los gobiernos son de talante vallejiano con el pueblo y fomentan la estrechez como modelo, para que nos amen y nos amemos los unos a los otros.

La contratación pública, por el contrario, es el chollo del siglo, el negociado último, la irregularidad regulada, el chalaneo perfecto, la ganga envuelta en la niebla burocrática y la verdadera medida económico-social que puede uno tomar por sí mismo, implícita en el sistema, sin temor a que seis funcionaros que leen el Zipi y Zape en una oficina nos pesquen por tráfico de influencias. Así que está en el aire este revés apócrifo de la cosa pública, señores de la Autoridad Fiscal: nuestros próceres en el Gobierno nos inspiran. Son las ubérrimas musas de los asuntos públicos.

Twitter: @dfarranz

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