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TRIBUNA

Pegarse un Larra

martes 17 de septiembre de 2019, 20:37h

Cumplo 28. Lo cual quiere decir que supero a Larra: en edad, claro. Nunca se me pasó por la cabeza, como hizo El Pobrecito Hablador, apretarme el gatillo, y no encuentro motivos para no hacerlo: "Escribir es llorar", ya saben. Y es que a veces pienso que si los más lúcidos –Zweig, Hemingway o Larra– se mataron, ¿no será el suicidio un acto de suprema lucidez? Probablemente, sí; pero mi falta de luces me permite ir tirando entre las sombras de bares, mujeres y letras.

Ya no dejaré un bonito cadáver como el de Kurt Cobain o Amy Wineshouse. Abandono la generación del 27 y me enfrento al entretiempo de la maduración, al otoño entrecano. En esta hora de rebequita en la que los amigos se me van casando y la cabellera de mis primos se deshoja, yo sigo en la casa materna y con cara de niño.

Estreno 28 y siento, ay, una nostalgia terrible de los días de universidad derrochados. De Sevilla. De las noches de martes y jueves no gastadas. De las cervezas no bebidas en El Salvador y El Alfalfa. De las guiris con las que, borracho, no me acosté. De los paseos que no di, enamorándome de la mano de una niña, por el Parque de María Luisa. De las veces que no fui a visitar a Bécquer en su glorieta. De tantas otras que no fui flâneur por su centro. De las clases de Javier Rubio a las que no asistí, ni siquiera sin resaca.

No hay bala de plata, en fin, que acabe con este hondón.

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