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TRIBUNA

Caperucita

Juan José Vijuesca
miércoles 18 de septiembre de 2019, 20:59h

Fue cumplir los 18 y renunció a su apellido. Dejó de ser roja. Harta de tanto lobo disfrazado, tanto bosque incendiado, tanto acoso sexual, tanto feminismo extremo, tanto animalista, tanta tala de árboles, en fin, que optó por salir del cuento y buscarse la vida.

En los últimos diez años Caperucita ha sido objeto de una enorme persecución por parte de la progresía revolucionaria al punto que quisieron apartarla de la potestad de su familia literaria para enviarla al archipiélago Gulag junto a Blancanieves, o Cenicienta, entre otros meritorios personajes de nuestra infancia más o menos coral. De aquella purga se libró Caperucita gracias a su astucia para camuflarse en las entrañas de un bosque hecho a su medida. Y así aguantó hasta cumplir la mayoría de edad. Dejó la ficción y se trasladó a este otro lado conocido como la realidad paralela.

Hoy en día reescribir un cuento como aquél no resulta nada difícil, sobre todo por esa moda de plagiar que tienen algunos y algunas; pero eso es otra cuestión. Lo cierto es que allá por 1697 Charles Perrault trató de “modernizar” las versiones anteriores de esta fábula, de tal manera que la adaptó para prevenir a las niñas de los encuentros con desconocidos y los peligros que de ello pudieran derivarse. Cosa que hoy, más de 300 años después, es una de las mayores preocupaciones sociales gracias a los múltiples detractores de la moral. Como intuyo que mi artículo avanza y lo que ha traído hasta aquí a Caperucita es disipar sus dudas, nada mejor que hacerlo en la terraza del Café Majestic, de Oporto, lugar de nuestro encuentro por casualidades de la vida.

Me cuenta que sí dejó la ficción lo fue por convencimiento de que a su edad el personaje del cuento ya estaba más que amortizado. Ahora trata de encajar en el mundo de la no ficción, pero que en España no estaba encontrando ayudas, en particular por parte del Ministerio de Cultura en funciones. Al parecer no hay subvenciones para personajes como ella, alguien recién salida de un cuento y además renegada del rojo. Me confiesa tener las maletas preparadas para marcharse a no sé qué lugar de Italia en donde te pagan un salario mensual de 700 euros para evitar la despoblación rural: “Tienes casa por 1 euro y además eres libre para iniciar tu propio negocio con todo tipo de ayudas” –dice con voz tenue como evitando ser escuchada. En el famoso Café Majestic siempre se está al filo de la poesía donde la intimidad abraza la proximidad de los versos. Se respira a Teixeira de Pascoaes a Fernando Pessoa y a José Régio.

Me confiesa que no entiende nada sobre la política esa de las ayudas económicas y demás beneficios asistenciales en favor de quienes vienen en pateras, a través del Open Arms o incluso los asaltadores de vallas. No comprende cómo las personas que entran por cientos y miles, tanto buenos como disfrazados de corderos, no desempeñan trabajos comunitarios a cambio de lo que reciben de manera gratuita. Dice que hay que limpiar los montes, los bosques, los ríos, las playas, los mares. Es un trabajo muy necesario para la conservación del planeta y la prevención de inundaciones e incendios tan destructivos. No asimila la impericia de los responsables. Deduzco que Caperucita lo que aún no sabe del mundo de la no ficción es el afán que tiene la mayoría de la clase política por hacer siempre lo contrario al sentido común.

Nos despedimos cuando en la Rua Santa Catarina ya se ha adueñado el bullicio. Me dice que me escribirá desde cualquier aldea de Italia para contarme acerca de sus experiencias y que en España tengamos mucho cuidado con los lobos disfrazados. La deseo suerte en su aventura.

Siendo España un país abierto al mundo como es sabido, no parece de justicia tanto desagrado reinante por quienes solo vienen a vivir del cuento, que dicho por mí no parece surtir mucho efecto, pero si es Caperucita quien lo dice razones de peso tiene, pues no en vano su peregrinar por aquel bosque haciéndolo durante tanto tiempo, le ha servido para distinguir a un lobo disfrazado de uno de carne y hueso. Mentira parece que el mundo de la literatura infantil nos venga a abrir los ojos de lo que nos está sucediendo. Esa es la diferencia entre la ficción y un cuento que ni les cuento. Por cierto, Caperucita me escribió para contarme que es feliz en una aldea de nombre que no me acuerdo. Colorín colorado este fábula aún no se ha acabado.

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