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A VUELTAS CON LOS ÁRABES

Mahoma o Muhammad. ¿Quid iuris?

Juan Manuel Uruburu
viernes 20 de septiembre de 2019, 20:50h

Recuerdo un solemne latinajo con el que algunos profesores de la Facultad de Derecho solían coronar sus largas preguntas de examen. Tras exponer un enrevesado supuesto de conflicto jurídico el profesor preguntaba simplemente. ¿Quid Iuris? A pesar de su pomposidad siempre me gustó esta fórmula. De este modo simple se ahorraban los consabidos imperativos tan propios de los exámenes como “analice”, “exponga”, “determine”, y además a todos nos quedaba bien claro que el profesor quería que justificáramos quién tenía razón.

Por ello, y en homenaje a todos aquellos que nos trataron de llevar por el buen camino del estudio de la ley, me he atrevido a utilizar la misma fórmula para tratar de dirimir una interesante discusión de la que fui testigo hace algún tiempo. Las que discutían eran dos alumnas de la Facultad de Árabe. La una, saharaui, veinteañera, musulmana de cultura y con el escepticismo religioso propio de la juventud del siglo XXI, mientras que la otra era española, conversa al islam, cuarentona y con la firme convicción religiosa de quien abraza una fe a una edad avanzada. Pues bien, la cuestión comenzó cuando la estudiante saharaui exponía un trabajo en el que se refería al Profeta del islam como “Mahoma”. Ante su sorpresa, la estudiante española reaccionó con cierta indignación alegando que ese nombre era profundamente despectivo hacia el Profeta y que había sido eliminado de otras lenguas como el inglés, que utiliza el mismo nombre que la lengua árabe, es decir, Muhammad. Pero ya se sabe, a la indignación se responde con indignación, “que si yo soy árabe tú no me vas a enseñar cómo llamar al Profeta” que si “tú eres muy joven y tienes mucho que aprender”. En fin, la discusión subió de tono y acabó con la salida repentina de ambas del aula (cada una por su lado, claro).

Lo cierto es que, como sucede en muchas discusiones, cada una tenía su parte de razón. Vayamos por partes. Es cierto que en lengua árabe el nombre del profeta del Islam es el de Muhammad (pronunciando la hache aspirada, a la manera de la jota andaluza), que corresponde a la forma gramatical del participio pasivo y se podría traducir como “el alabado”. Ahora bien, cabría preguntarse cuál es el problema de traducir, o mejor dicho, de adaptar un nombre propio a otra lengua, incluso cuando ese nombre tiene connotaciones religiosas. No creo que nadie ponga el grito en el cielo por las diferentes traducciones que en los diferentes textos bíblicos ha tenido el nombre de Jesús, del Yeshua hebreo al Iesous griego, pasando por el Iesus latino. Desde este punto de vista, cuál es el problema de la adaptación del árabe Muhammad al español Mahoma?

Como suele sucede con las disputas teológicas, los orígenes de los problemas se remontan a tiempos lejanos. Tan lejanos que ya casi nadie recuerda cómo empezó todo. Es cierto que, a lo largo de la historia, la literatura en el orbe cristiano, nunca ha sido especialmente amable con la figura del Profeta del Islam. Más bien, lo contrario. Uno de los primeros en utilizar la pluma afilada contra la naciente religión musulmana y su Profeta fue el monje sirio Juan Damasceno, quien, allá por el siglo VIII, usaba su sólida formación teológica para argumentar que aquel, a quien en griego denominaba Moamez, no solo era “un falso profeta” sino que, ni más ni menos, se trataba del “anticristo” que había venido de avanzadilla para preparar el fin del mundo.

Las tesis del damasceno debieron tener notable éxito a tenor de su propagación por la cristiandad. Llegaron a Occidente, adaptando su discurso a la lengua franca de esta parte de Europa, el latín. De este modo Muhammad pasó a denominarse Mahometus, Machumetus o Mohamet, entre otras, siendo el origen de las futuras denominaciones del Profeta en las lenguas occidentales.

Pero el problema, a mi modo de ver, no se encuentra en la propia evolución lingüística de un nombre a través de la literatura, sino de los estereotipos que las obras asocian a esos nombres. En Occidente no existía la refinada tradición de las disputas teológicas del Imperio Bizantino, por ello, los ataques contra la fe islámica y su Profeta tuvieron que personalizarse y encarnarse en imágenes viscerales y accesibles al gran público. Así, por ejemplo, en algunas obras fundamentales de la literatura occidental como la Chanson de Roland, el gran poema épico francés del siglo XI, el profeta aparece como Mahum o Mahume, formado una trinidad de dioses diabólicos junto con Apolo y Termangant. Por su parte, Dante Alighieri en su Divina Comedia, no se olvida de incluir a Machumetto, junto con su primo Alí, en el noveno círculo del infierno siendo flagelado por demonios y con sus tripas asomando de su vientre abierto, mientras que Voltaire se limita a calificarlo como “impostor”, fanático” e “hipócrita”.

Pero en este arte de descalificar al hereje sin duda la palma nos la llevamos los españoles. En nuestro país contamos con un destacado representante de la literatura antiislámica occidental. Se trata de Álvaro de Córdoba, clérigo de la minoría mozárabe en la incipiente capital andalusí. Este teólogo, de íntegras y beligerante convicciones religiosas, decidió escribir a mediados del siglo IX un tratado, el Indiculus luminosus, en el que se despachaba a gusto contra la religión islámica y especialmente contra su profeta a quien dedicaba perlas tales como “que no ha habido nadie tan perdido por las inmundicias de la lujuria”, le atribuye poseer unos “malolientes testículos” y una potencia sexual descomunal debido a que “compró una hierba que lo excitó a un vicio indomable”.

No se puede decir que la obra de Álvaro de Córdoba tuviera especial repercusión en el orbe cristiano pero sí que constituye un eslabón más de la cadena que construirá un estereotipo monstruoso en torno a la figura del Profeta del Islam. De hecho si consultamos algunos eminentes diccionarios de la lengua española como el Diccionario de Autoridades de 1734 vamos como se define al mahometano como “lo que pertenece a Mahoma y su detestable secta”.

¿Qué podemos concluir de todo lo dicho? Pues que evidentemente, a lo largo de los siglos en los países del orbe cristiano, particularmente en España, el nombre y la figura de Mahoma ha estado vinculada a un estereotipo con connotaciones profundamente negativas e, incluso, ofensivas sobre una figura que es considerada como un Profeta de Dios para millones de personas. Es cierto que un número creciente de españoles de religión musulmana, a golpe de click o de biblioteca, comienzan a descubrir un mundo antiguo de enfrentamiento religioso, solventado a partir de la pluma, en el que el Profeta de su religión sale bastante malparado. Por ello, reivindican crear borrón y cuenta nueva retomando en la lengua española su nombre árabe original, el de Muhammad, o sea, el alabado, tal y como lo hicieron los británicos a partir del siglo XVIII.

Desde un punto de vista personal no me parece mala idea. A fin de cuentas en Europa llevamos ya cierto tiempo tratando de crear un borrón y cuenta nueva en nuestras relaciones con el Islam. Ahora bien, también es cierto que los estereotipos, entendidos como imágenes aceptadas comúnmente por un grupo social no son contratos de permanencia. Es decir, las ideas sociales cambian al ritmo de las sociedades que las fabrican. Hoy día es evidente que la mayoría de los españoles tiene una vaga o nula idea de la tradición literaria antiislámica y de los improperios que esta tradición ha dedicado al Profeta del Islam. Por ello resulta difícil de concebir que el español medio no versado en historia o teología medieval pueda asociar la imagen del Profeta islámico a la de un ser libidinoso de olorosa entrepierna.

Por ello considero que tanto el nombre original de Muhammad como su adaptación al español, Mahoma, deberían ser formas plenamente válidas para referirnos a un personaje central en la historia de la humanidad. Eso sí, justificando adecuadamente nuestra opción en caso de polémica. Ya sabemos que en cuestiones de religión no está el horno para bollos.

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