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Novela

Annie Ernaux: Los años

domingo 22 de septiembre de 2019, 21:21h
Annie Ernaux: Los años

Traducción de Lydia Vázquez Jiménez. Cabaret Voltaire. Madrid, 2019. 321 páginas. 20,95 €. La flamante Premio Formentor 2019 nos entrega una obra en su brillante línea de autoficción que repasa, a través de recuerdos y documentos, su historia personal y la colectiva en Francia desde la postguerra hasta hoy, proponiéndonos un ejerció de memoria frente al olvido. Por Adrián Sanmartín

“Un implacable ejercicio de veracidad que penetra los más íntimos recovecos de la conciencia e interpela a la sociedad de nuestro tiempo con una crudeza insólita y difícil de encontrar entre sus contemporáneos”. El jurado del Premio Formentor 2019 se refería así a la obra de la escritora francesa Annie Ernaux (Lillebonne, 1940) al concederle el prestigioso galardón que ha recaído en Jorge Luis Borges, Samuel Beckett, Carlos Fuentes, Javier Marías y Ricardo Piglia, entre otros nombres esenciales.

Ernaux vivió sus primeros años en Yvetot, donde sus padres regentaban una tienda de ultramarinos -a Ernaux siempre le persigue el desclasamiento, la sensación de haber “traicionado” a su clase-, para luego trasladarse a Rouen donde cursó estudios universitarios. Durante su trayectoria ha combinado la literatura con la enseñanza. Ernaux ha declarado que Flaubert fue su primer modelo y del autor de la célebre Madame Bovary bebió en sus primeros libros, en los que también resonaba el nouveau roman. Sin embargo, pronto se internó por otros caminos, aunque, como puede comprobarse en toda su producción, mantiene el compromiso flaubertiano, casi obsesión, por encontrar “le mot juste” (“la palabra exacta”) en un estilo de aparente sencillez pero muy trabajado. La vía elegida y seguida por Annie Ernaux es el de la hoy tan traída y llevada autoficción, un género que parece haberse convertido en una etiqueta exitosa, aunque no siempre lo que alberge resulte de calidad e interés. No es el caso de la flamante Premio Formentor que a veces se considera una suerte de pionera de la autoficción, molde en el que muestra una indudable pericia, confesando que no le atrae la ficción pura, sino “explorar el mundo real”.

Y, claro, ese “mundo real”, el propio y el ajeno, el individual y el colectivo, no es nada complaciente. Está lleno de conflicto, dureza y dolor. Así, tampoco lo es la literatura de Ernaux que aborda asuntos y situaciones complicados. Por ejemplo, la enfermedad, declive y fallecimiento de su madre, a quien acompañó hasta sus últimos días, que nos cuenta en No he salido de mi noche, un relato descarnado y a corazón abierto; la muerte de su padre (El lugar); las miserias matrimoniales (La mujer helada); el aborto clandestino (El acontecimiento), y el cáncer (El uso de la foto).

La concesión del Premio Formentor ha propiciado la reedición de varias de sus obras y que nos llegue esta, Los años, a caballo entre el ensayo y la novela -Ernaux certifica que las fronteras entre los géneros se diluyen cada vez más-, publicada originariamente en su país en 2008, donde obtuvo una excelente recepción. Los años está encabezada por una cita de Ortega y Gasset, tomada de La rebelión de las masas: “La historia es la realidad del hombre. No tiene otra. Este hombre-masa es el hombre previamente vaciado de su propia historia, sin entrañas de pasado”, y por otra de la pieza Tres hermanas, de Chéjov, donde, entre otras cosas, se nos dice: “Nos olvidarán. ¡Ese es nuestro sino, contra el que nada se puede!... ¡Lo que ahora nos parece serio, significativo, de gran importancia…, llegará el día en que lo olvidemos o se nos antoje poco importante!...”

El olvido es el destino, pero está la memoria. Olvido y memoria entrelazados ya desde el comienzo de Los años: “Todas las imágenes desaparecerán […]. Se desvanecerán todas de golpe como ha sucedido con los millones de imágenes que estaban tras las frentes de los abuelos muertos hace medio siglo, de los padres, muertos también ellos. Imágenes donde aparecíamos como niñas en medio de otros seres ya desaparecidos antes de que naciéramos, igual que en nuestra memoria están presentes nuestros hijos pequeños junto a nuestros padres y nuestras compañeras de colegio. Y un día estaremos en el recuerdo de nuestros hijos entre nietos y personas que aún no han nacido. Como el deseo sexual, la memoria no se detiene nunca. Empareja a muertos y vivos, a seres reales e imaginarios, el sueño y la historia”.

A través de recuerdos personales y colectivos en Francia, de acontecimientos significativos, como el Mayo del 68 (“1968 era el primer año del mundo”, se apunta), y de hechos y sensaciones de la cotidianidad (“El alegato a favor del placer lo invadía todo. Había que gozar leyendo, escribiendo, bañándose, defecando. Era la finalidad de las actividades humanas”), Ernaux realiza un repaso desde la postguerra hasta ahora.

“Por encima de todas las razones sociales y psicológicas que pueda encontrar en lo que viví, hay una de la que estoy totalmente segura: esas cosas me ocurrieron para que diera cuenta de ellas”, confiesa la autora francesa. En efecto, su obra da cuenta y testimonio en una suerte de singular autobiografía.

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