www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

ESCRITO AL RASO

La amenaza del abstencionismo

David Felipe Arranz
lunes 23 de septiembre de 2019, 21:08h

Se disuelven las Cortes. Durante el verano del desencuentro, algunos ya padecieron las primeras fiebres políticas, que afectan al cerebro y al lenguaje, y en algunos casos hacen crecer la barba. La jaula de grillos se ha abierto y ya casi nadie quiere participar en la cita electoral del 10 de noviembre. Los sociólogos dicen que durante este periodo otoñal los españoles iremos del cabreo sordo a la indiferencia, una corriente que desembocará en el océano –con el consiguiente naufragio– de la abstención técnica. Lo que técnicamente se llama desmovilización del personal, que es como un inmovilismo, pero en plan contracultural. Es decir, no me levanto de la cama el próximo domingo como acto de protesta.

Desde el 5 de marzo, 112.000 ciudadanos se han dado ya de baja en los listados de la web del Instituto Nacional de Estadística para no recibir propaganda electoral en el buzón. De los 167 millones de euros que nos va a costar la campaña, 56 se gastarán en estas cartas de estos maníacos del mitin. El español es un hombre acometido por el delirio de las fiebres políticas: habla como el presidente en funciones o como los Pablos. “Por un camino de oro van los mirlos… / ¿Adónde? / Por un camino de oro van las rosas… ¿A dónde? / Por un camino de oro voy… / ¿Adónde, / otoño? ¿Adónde, pájaros y flores?”. Porque podría hablar de la estación del año como el Juan Ramón Jiménez de esta “Ida de otoño”, pero no: conversa ya de perfiles, dinámicas, pactos, bloqueos y bases, porque es un politicómano con ecos del corifeo político.

Nos hemos acostumbrado al político bilioso, poco eficaz, que ha instituido la irritabilidad como modo habitual. Sus facciones se tensan en un rictus burlón: la mueca de Casado, los estiramientos de cuello de Rivera, el enconamiento de Iglesias y la furia tribunicia de Sánchez, el hombre-traje. Y fijémonos en su disposición craneal: no es casual que el oponente hable, al referirse a su rival, de gemelos y trillizos, de más rasgos iguales que desiguales. Y los gestos y estampas son intercambiables. ¿Es esta la fisonomía del hombre político? ¿Estamos asistiendo a un nuevo canon de la belleza? ¿Es la politicomanía una enfermedad que se manifiesta en el traje-corbata y el rostro esculpido en granito o, por mejor decir, la cara más dura que una piedra? La efebocracia suple con la apariencia las carencias intelectuales: ha cambiado la elegancia verbal por el exabrupto, el ingenio por el chascarrillo fácil, el servicio a la sociedad por el autoservicio más encocorante y el vuelo del águila por la caída del aguilucho. Porque el hombre político de nuestros días vive convencido de haber nacido para político y nada habrá en este mundo que le haga cambiar de opinión: ni siquiera sus propias, abrumadoras y constantes derrotas.

Uno tiene la sensación de que hemos enfermado de política, como una epidemia escapada de algún infierno, que cae sobre la población, diezmándola, y que permanece, cronificada, en forma de enfermedad común, y va camino de convertirse en una endémica. Con las etiquetas #yonovoto y #abstencionactiva, estas propuestas se están viralizando, como vacuna contra la politicomanía, en las redes ante la perspectiva de un bucle de un Ejecutivo permanentemente en funciones. El problema es que, así, la “medicina” del abstencionismo puede convertirse en veneno y que el diez de noviembre nos asomemos a un abismo peligroso para nuestra democracia. Demasiado negro, en cualquier caso. A veces –y esta es una de ellas– es peor el remedio que la enfermedad. ¡Votemos! Aunque sea para tomar después el vermú, amore.

Twitter: @dfarranz

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios