Se barruntan de nuevo malos presagios para la economía, pues tras el sofocón inicial parece que las sociedades opulentas volvemos a incurrir en los mismos errores previos a la crisis de finales de la década anterior. Entonces yo me daba cuenta de que algo extraño ocurría alrededor, pues de repente mis allegados parecían vivir por encima de las posibilidades que se les venían presumiendo, y a todo el mundo le daba por cambiar de coche, descubrir las bondades del vino o viajar, viajar muchísimo, aunque supongo que tal eclosión de cosmopolitismo obedecía en gran medida al auge de las compañías low cost, uno de los últimos grandes inventos del hombre no obstante su atorrante publicidad, los exiguos cubículos de sus aeronaves y los arbitrarios sobrecostes en los servicios adicionales. En realidad, nos hemos vuelto tan señoritos que no concebimos volar a Estambul por menos de cien euros sin que nos pongan una ración de quisquillas de gorra. En cualquier caso, viajar se convirtió en una seña de identidad para todo aquel a quien las cosas le iban razonablemente bien, aunque luego se demostrara lo endeble de tal prosperidad.
Como digo, los españoles nos hemos acostumbrado a viajar, y miramos con desdén de nuevo rico a quien aborrezca la música, la literatura o, sobre todo, hacer turismo, y por eso hoy en día nos largamos a cualquier destino transoceánico a la menor oportunidad sin preocuparnos de las costumbres del lugar, del idioma local o de sus guarrerías gastronómicas, lo cual en principio no ha de resultar un obstáculo sino más bien lo contrario, pues así podrá uno disfrutar del contraste de idiosincrasias con mayor intensidad. En mi caso, imbuirme de ese extrañamiento constituye uno de los principales alicientes para elegir un lugar donde pasar las vacaciones, y cada persona tendrá el suyo particular, no necesariamente respetable. Mas no se pretende aquí plantear un debate de falsa moralidad, sino aprovechar esta tribuna para renegar con vehemencia y denunciar la falacia de uno de los más groseros tópicos contemporáneos, el de la maravillosa aventura de viajar solo y la catarsis que experimenta quien a tal empresa se encomendara. Los argumentos constituyen un cúmulo de clichés tales como la libertad que proporciona el hecho de no verse obligado uno a negociar la siguiente etapa o a dar explicaciones acerca de los motivos de transitar por tal o cual callejón mugriento o para visitar esa ciudad cuyo interés resulte muy difícil desentrañar, o de disfrutar de una mayor integración con los nativos y comprobar así su hospitalidad y bonhomía… También puede el viajero solitario emborracharse, drogarse o entablar palique con quien le pluguiere sin importar sus trazas de patíbulo, o cambiar de planes al albur o pasarse el día entero en la habitación encadenando siestas, o incluso irse de travelos si tal querencia tuviera.
Por mi parte, he tratado de interiorizar tales ventajas hasta la extenuación, y en realidad ocurre que si viajo solo me aburro lo indecible, el tedio me enajena, y me siento enjaulado aunque tuviera la oportunidad de corretear libremente por el Desierto de Atacama. No hablo sin conocimiento, pues en cierta ocasión, forzado por las circunstancias, hube de permanecer en un país extraño durante casi una semana entera sin alguien al lado con quien compartir el tedio o reñir de vez en cuando. Me levantaba, así, con un erial de horas por delante hasta el momento de regresar de nuevo a dormir al hotel, y visitaba a toda prisa, siempre a pie, las atracciones de la ciudad, deambulando por museos dedicados a las más variadas ciencias o disciplinas en las cuales descollaba la región por algún motivo; entre escala y escala me tomaba una cerveza, pero en aquel país de marras el tamaño estándar de las botellas equivalía al de dos tercios de litro, y a media tarde, a partir de la cuarta taberna ya iba pedo en lugar de dosificar la embriaguez a lo largo de la jornada como habría pretendido. Al sentirme todo el rato con ganas de orinar no me quedaba más remedio que entrar en otra tasca para hacer uso del baño y tenía que pedir una birra más, y así sucesivamente, en una espiral de hastío y confusión de difícil escapatoria, y si las conversaciones con los nativos ya resultan de por sí deslavazadas por aquello del idioma carecen por completo de sentido con la lengua suelta por causa del alcohol, de modo que no bien anochecía, y como acudir yo solo a un restaurante de postín me parecía un tanto artificioso, comía cualquier porquería en un puesto callejero y regresaba luego devastado a la habitación a dormir la mona, mientras pensaba en qué coño haría yo al día siguiente, si ir a al enésimo parque a leer debajo de un tamarindo o meterme dos horas en un autobús de línea para acercarme a ver algún monumento célebre que me importara un carajo.
La única ventaja, pues, de embarcarme en aquella tonta excursión fue la de marcar otra muesca en mi particular catálogo de países, pues un buen día uno se da cuenta de que a lo tonto ya conoce, pongamos, más de cincuenta, y de esta manera viajar empieza a convertirse en una suerte de prurito acumulativo, y si a quien lo sufre le ofrecen la posibilidad de elegir entre repetir estancia en París o pasar unos días de invierno en un páramo de Bielorrusia si nunca hubiera visitado tal nación elegirá sin dudarlo este último destino y atesorará así un nuevo trofeo en una galería que a nadie habrá de importarle, Pero, ¿adónde iría a parar nuestra especie sin tan absurdos atavismos? ¿Acaso no constituye esta capacidad de comportarnos conscientemente de manera estúpida uno de los atributos que nos diferencia de las bestias? Ahí lo dejo, como diría un presentador sin recursos…