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Lepanto

José María Herrera
sábado 09 de agosto de 2008, 20:59h
Este año se conmemora el quinientos aniversario del nacimiento de Palladio, uno de los arquitectos más geniales e influyentes de la historia.
Su obra, repartida por todo el Véneto, brilla especialmente en Vicenza, hermosa ciudad que en el siglo XVI pertenecía a la República de Venecia.
Además del Teatro Olímpico, la villa Rotonda o varios palacios nobiliarios, en Vicenza dejó Palladio su magistral sello en dos construcciones situadas en la Piazza dei Signori: la Basílica (o más exactamente, la columnata de dos plantas que rodea al viejo ayuntamiento) y la Loggia del Capitaniato, un edificio que sirvió como sede del podestá veneciano y sala de reuniones del consejo municipal. Entre ambas obras median veinte años y un abismo estético, fruto de una vida intensa y apasionada, una lucha incesante contra la inercia, que hubiera dicho Ortega.

La Loggia del Capitaniato es un inmueble maravilloso, lleno de contradicciones brillantemente superadas por el autor. El orden colosal de las columnas contrasta con el humilde material de que están hechas. La decoración, aunque aparentemente de relleno, realza de tal forma los elementos monumentales del conjunto que resulta esencial. Igual ocurre con el color. Palladio, de quien dijo Goethe que su mayor mérito fue trasladar a las viviendas particulares aquello que sólo pertenece a los templos y grandes edificios públicos, se arriesga con los más temerarios contrastes y lo hace convencido de acertar siempre, como quien no duda nunca de estar siendo inspirado por el espíritu de una armonía infalible.

Aunque los elementos decorativos del edificio no se conservan en su totalidad, el observador atento puede descubrir, en la pared del piso principal, una serie de figuras en estuco que representan la batalla de Lepanto. Los españoles conocemos esta batalla, la más alta ocasión que vieron los siglos. Más aún, nos atribuimos la victoria. La verdad, sin embargo, es que la aportación de España al triunfo de la flota que batió a los turcos fue bastante menor de lo que dicen los historiadores patrios. Los auténticos vencedores de la contienda fueron los venecianos. Así lo prueba el que todavía exhiban con orgullo el estandarte de la nave capitana turca y su sonrisita cuando hablan de la sutil maniobra envolvente que permitió al almirante de la flota española sacar a la mayor parte de sus naves del rifirrafe.

El de Lepanto es un asunto escabroso, sobre el que se siguen diciendo muchas cosas absurdas. Pero no seguiré por este resbaladizo camino. Mi único propósito hoy es despertar el interés de los lectores que estén viajando por Italia sobre este maravilloso edificio de Palladio. El periodismo es actualidad y lo más actual en el mes de Agosto es el turismo.

¿Y el resto, todos esos pobres que se quedan en casa capeando la canícula como pueden? Bueno, tampoco está tan mal. Pueden consolarse pensando en las penalidades del turismo y en su enorme gasto. Si están en Madrid les cabe incluso la posibilidad de acudir a la exposición de Twombly en el Prado. Por alguna razón, sus pinturas guardan también relación con la batalla de Lepanto. La página del museo llega incluso a ligar su extraordinario friso (sic) con la gran tradición veneciana: Tiziano, Tintoretto, Veronés... Es lo que piensa el director de la muestra, a quien oí decir, antes de la inauguración, que, gracias al pintor americano, ahora estamos en condiciones de entender mejor aquel conflicto y la pintura que generó su conmemoración.

A mí, como soy muy burro, lo que he visto –una sucesión de llamaradas en un mar surcado de garabatos tardo-rupestres- no sólo no me ha ayudado a entender nada, sino que me ha sublevado. Twombly no tiene la culpa, pero: ¿a qué llama ahora la gente entendimiento y comprensión?, ¿no serán estas afirmaciones como cuando nos exhortan a releer, por ejemplo, a Silo Itálico?, ¿quién demonios leyó nunca a Silo Itálico?
Lo peor del arte contemporáneo es la logorrea de sus capellanes, esa pedantería insufrible que lo envuelve todo. Retórica y más retórica, no hay quien nos libre de ella. Por eso es bueno poner de vez en cuando los pies en el suelo, contemplar las antiguas obras en su lugar, a solas y en silencio, sin otra compañía que un café, un helado y una copa, que aquí, en Vicenza, naturalmente es de grappa. Va por ustedes.
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