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TRIBUNA

Con el mismo baile al borde del precipicio (I)

jueves 03 de octubre de 2019, 20:24h

Desde tiempos remotos los personalismos, sean de derecha, centro o izquierda, terminan por hartar a los ciudadanos; sobre todo cuando se convierten en inmoderadas demagogias que se manifiestan a través de dilatados discursos. La historia abunda en simétricos paradigmas que abarcan desde Mussolini, pasando por Castelar y Perón, hasta Fidel Castro y Chaves quienes, con maratónicas peroratas, abrumaban a sus propios seguidores. Por supuesto, una falta de sentido común que, por lo general, no tiene en cuenta la percepción de la mente humana, que no supera más de treinta minutos de atención. En la última década, sucedió en la Argentina, con la doctora Kirchner, demasiado pródiga y repetitiva en cadenas nacionales de televisión que terminaron por agotar la paciencia de bastante gente.

Si nos remitimos al peronismo y a los mensajes de su artífice, el general Juan Domingo Perón (también bastante larguero y aforístico en sus discursos), veremos que desde el comienzo el partido peronista fue atravesado por la antinomia entre democracia y participación popular; siempre controlada, eso sí. Las grandes movilizaciones ante la Casa Rosada, que en su primera y segunda presidencia convocara el líder, no son un elemento que deben confundirnos. Perón consideraba que al pueblo hay que saber administrarlo, nunca dejarlo librado a la espontaneidad. No se debe olvidar que era un militar convencido del orden y de las jerarquías, y que sus ideas de la “comunidad organizada” venían de la Doctrina Social de la Iglesia (elaborada en 1891 por el papa León XIII en su encíclica Rerum novarum, donde dejó establecido su apoyo al derecho laboral de “formar uniones y sindicatos”, aunque también se reafirmaba el control casi riguroso de la ciudadanía en el orden social y religioso, como también el apoyo y la defensa de la propiedad privada). Personalmente le oí decir a Perón que Carl von Clausewitz y Lord Chesterfield fueron sus principales lecturas y sus númenes a la distancia, que supo difundir en sus tiempos de profesor en la Escuela Militar.

Contaba Hipólito Jesús Paz, el más joven canciller del peronismo (designado por el caudillo en su primera presidencia, cuando apenas había pasado los 30 años de su edad), que ante una convocatoria popular estimulada por Evita con el apoyo de algunos ministros y sindicalistas, oyó a Perón recriminar a su esposa: “Por favor, ni se te ocurra poner a tus descamisados en la calle; después no los sacamos más”.

Fue así como las convocatorias a la Plaza de Mayo, posteriores al 17 de octubre de 1945, se transformaron en actos cuidadosamente organizados, y destinados, en especial, a la consagración y sostenimiento de su paladín, que les machacaba con una instrucción clave: “De casa al trabajo y del trabajo a casa”. Una bien pensada despolitización, cuya frase emblemática, también expresada por Perón, explícitamente significaba: “que los trabajadores no ocupen demasiado espacio público para apoyarme y, menos aún, para elevar alguna protestar”. Casi sin que se notara, el jefe alentaba la pasividad del pueblo: “de la política me encargo yo, ustedes de trabajar y producir”, les advertía.

La misión que Perón realizara en Europa al ser enviado en 1939 por el gobierno argentino le había dado una visión directa de los acontecimientos, que luego fue desarrollando, tanto en lo relativo a la cuestión social, como al ascenso del intervencionismo estatal y de las relaciones de poder en que se desenvolvía el mundo. Es más, alentó desde el primer momento una política exterior influida por su opinión de que en el mundo de posguerra la Argentina tenía una posición privilegiada en su carácter de gran productora de alimentos, y que esto le significaba una oportunidad que no se debía desaprovechar. Por otra parte, consideraba inevitable que en un futuro no lejano se pudiera dar otro conflicto bélico de magnitud; si eso sucedía la situación de un país productor de commodity y en vías de industrialización sería más ventajosa. Tampoco se debe olvidar el temerario proyecto nuclear de la Isla Huemul y la fabricación del Pulqui II, el avión de guerra a reacción diseñado en la Argentina en los años ‘50. “Debemos estar presentes en el mundo con tecnología de guerra, que formará parte de nuestra política industrial”. Antes de llegar a la presidencia, en 1954, con sobrada astucia, bajo el lema “Braden o Perón”, eligió como enemigo al embajador de los Estados Unidos Spruille Braden. Luego, ya entrada la década del ’70, cuando regresó, para asumir su tercer mandato presidencial, agitó con más ambición la consigna: “Argentina potencia”.

En lo económico, de manera anticipatoria, con los ojos bien dirigidos hacia China, Perón puso en práctica una política de producción contraria a la del capitalismo financiero, que ya en el mundo de la post guerra había empezado a perseguir beneficios mediante la especulación, moviendo el dinero para atender a las tasas de interés, tipos de cambio, variaciones de precios, transferencias y venta de numerosos productos financieros. Países como Suiza, Panamá y otras islas tropicales fueron establecidos como centros de ocultamiento de fabulosas fortunas; tampoco se debe excluir al Vaticano y su poderoso aparato disimulado como Banco Ambrosiano. Vale recordar antes la famosa frase pronunciada en otro discurso, cuando preguntó a los trabajadores desde el balcón si alguno había visto la poderosa moneda norteamericana: “¿Cuándo alguno de ustedes ha visto un dólar?”, los fustigó.

Buen analista de la situación internacional y del voraz despliegue de ese inescrupuloso “capitalismo financiero”, Perón era al respecto claro y contundente; mientras que en la economía de mercado los frutos económicos del empresario son la consecuencia de haber producido con eficiencia para ser distribuido como bien común, ofreciendo más empleo y mayor consumo interno, en el capitalismo especulativo se busca la optimización de ganancias mediante la multiplicación del dinero por el dinero mismo, ya que las posibilidades de generarlas arbitran diferencias entre tasas de transferencias, tipos de cambio y variaciones de precios en los mercados inmobiliarios y bursátiles, atrayendo la mayor parte de las aplicaciones financieras. La especulación, dentro de este sistema de capitalismo es un escenario propicio para multiplicar dinero, a menudo indiscriminadamente, mucho más importante que el de la inversión y la aplicación en tecnologías para la producción de bienes y servicios, que benefician sin ninguna duda a las mayorías.

Han pasado varias décadas, pero el tema central sigue siendo el mismo, nunca se modificó y acaso tristemente se siga vulgarizado en la repetitiva expresión: “otra vez la misma película” o “de nuevo sopa” del eterno retorno a la que parece condenada la Argentina con idénticos remaches, resultantes de casi 100 años, creadora de un monstruo de múltiples cabezas, que cada día devora un poco más al país y a su gente. Es decir, siempre la dicotomía entre un sistema social, que va desde viejo peronismo de izquierda, enfrentado al ortodoxo y ambos a la vez contra un anti peronismo furioso y mediocre que viene fracasando por los cuatro costados, alimentado por un simplista “no volvamos al pasado”. Lo cual significa una idéntica versión de las viejas grietas, siempre en esperas de que esto se supere no sólo con un voluntarismo menos efectivo que romántico, sino por un modelo tendiente a la producción y el consumo interno, de lo contrario otra vez, y siempre el mismísimo baile al borde del precipicio.

Vemos así, como resultado de estas políticas monetaristas, que el único logro agónico de Mauricio Macri con su “sí, se puede” es concluir una presidencia no peronista después de varias décadas. Todo con atrasadas medidas de simple apuro para salir del paso. Fallaron las lluvias de inversiones prometidas; salvo en sectores reconocidos por la regulación monetaria, con precios obviamente asegurados. Lo que sí hubo es desinversión. La Argentina perdió entre un 20 y 30 por ciento de su capital de fábricas y conocimientos que fueron arruinados.

En la oposición hay dos candidatos a presidentes de origen peronista: Alberto Fernández y Roberto Lavagna, quienes manifiestan un idéntico propósito (“O esto lo arreglamos entre todos o no lo arregla nadie”, también apotegma del líder), y su esperanzado deseo de sacar al país de la compulsión sin repetir los ya tradicionales enfrentamientos insensatos que significan mayor inflación, menos consumo, más atraso social, más desocupación y la vieja grieta, claro… Siempre por delante. O sea, una posibilidad de enmendar las equivocaciones históricas que vienen condenando al atraso y a la vergüenza a la Argentina, y donde ahora, en este paradójico caso, con extremos que se tocan y propuestas que no hacen más que debilitar el sistema democrático, afectando la gobernabilidad que se requiere para sostenerlo. Otra vez la habitual causa que enfrenta a la moderación del realismo político, que no da para más y parece utópico, con la hipotética ética de la responsabilidad ciudadana.

La revancha casi deportiva del presidente Macri (menos especialista en asuntos de Estado que de fútbol) fue expresada con tono emocional después de la elección primaria PASO, cuando mandó a dormir a los votantes y dejó una bomba a punto de estallar. Hoy en día, arrepentido y temeroso del problema es “el otro el mismo”, para expresarlo de una manera afín a Borges; que sigue bregando por su relección y lamentando la insensatez de poner otra vez a la Argentina al borde de un colapso comparable con el de principios del siglo XXI, cuando el país (lo que quedaba de país en ese momento) pasó en una semana por las desconcertantes manos de cinco presidentes simultáneos.

Ahora, otra vez en campaña, insiste con “Sí, se puede”, que no ha podido nada; desde bajar la inflación (que ya supera cómodamente los 5 puntos según datos del INDEC) y una desocupación que alcanzará el 35 por ciento; en tanto la Universidad Católica, desliza con prudencia que puede superar el 40 por ciento). Todas cifras espantosas que aterran a los ciudadanos.

Desgraciadamente “el hambre es mala consejera”, como afirma un refrán. La vulnerabilidad social que produce es siempre alarmante. No sabemos si el “Plan Nacional de Seguridad Alimentaria”, que acaba de refrendar el Congreso será suficiente. Aún no se conoce cómo será financiado. El que esto escribe da pruebas contundentes de que la situación de hambre que vive la gente es más que seria. Justo frente de mi casa, en un conocido parque del barrio de Caballito, hay un comedero municipal donde cada noche se producen altercados, por la simple razón de que la comida no alcanza y porque cada día se suma más gente en la indigencia y la marginalidad. Pues bien, lo que hay que cuidar ahora es de no caer en los desatinos de ciertos irritados y hacer que prevalezcan los criterios moderados. Faltan pocos días para las elecciones y de lo que se trata es de evitar los resabios de un extremismo que remite a los años de los atentados, cuando los conflictos se dirimían mediante el terrorismo de las bombas.

Esperemos que este no sea el caso. La muerte por razones políticas es un hecho que condena toda la sociedad argentina; pues a diferencia de otros países nuestra democracia cambió la tragedia por la deliberación, aunque sea imperfecta. No se puede desconocer, sin embargo, que en esta época surgen otras formas de extremismo. Son las hipérboles de los nuevos fanáticos del poder sean antiperonistas o ultraliberales. Si bien las propuestas no matan, son inconciliables, ya que dividen y propician el caos, a la vez que empobrecen, atrasan y corrompen. No poseen la espectacularidad de la sangre, sino el trazo inconfundible de un tipo de alienación separatista de clases y hasta xenófoba. Es decir, un extremismo bastante solapado que se expresa en profundizar la radicalización de la temible grieta, de la prepotencia del dinero, de los resultados del marketing sobre un ajuste que sigue sumando pobres.

Cuando se pisa este límite se está a un paso de reemplazar la realidad por el relato; y es ahí cuando el adversario se trasforma en enemigo, la ortodoxia predica un ajuste inevitable y los especuladores, que aman el dinero por sobre todas las cosas, actúan en menoscabo de la sociedad sin interesarles los más desprotegidos. También algunos defensores de los pobres suelen olvidar que no están en condiciones de tirar la primera piedra que hirió o mató y sigue siendo temeraria. En fin, los novedosos extremismos, naturalizados e indoloros, corroen el sistema y permanecen inmutables ante la proximidad del abismo.

Frente a esto se debe estar atento y reclamar la moderación. No por moralismo, sino para que prevalezca un principio ético de la realidad ante una crisis que puede ser demoledora. Y nociva para todos los argentinos democráticos y de buena voluntad.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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