Cuentan Michael Bar-Zohar y Nissim Mishal que, en el otoño del año 1987, ocho hombres se reunieron en Dubai. Dos eran paquistaníes, tres iraníes y tres europeos, dos de ellos alemanes al servicio de Irán. De ese encuentro salió el acuerdo en virtud del cual la red de Abdul Qadir Khan suministraría a la República Islámica el conocimiento necesario para desarrollar armamento nuclear enriqueciendo uranio. El régimen de los ayatolás podría así reactivar el programa nuclear cuyo origen se remontaba a tiempos del sah de Persia Mohamed Reza Pahlevi.
Para desarrollar sus planes, Teherán necesitaba científicos. Las instituciones universitarias han sido, desde el comienzo, esenciales en su carrera hacia la bomba atómica. Como indica Emanuele Ottolonghi en “Under A Mushroom Cloud. Europe, Iran And The Bomb”, algunos centros de investigación y desarrollo científico de nivel universitario forman parte del programa nuclear iraní; por ejemplo, el Departamento de Ciencias Aplicadas y Física Nuclear de la Universidad Amirkabir de la capital iraní y las instalaciones de la Universidad Sharif en la misma ciudad. No debe sorprender, pues, que los servicios de inteligencia iraníes hayan tratado de reclutar científicos tanto en Irán como en el extranjero y de conseguir tecnología que pueda emplearse para usos civiles, pero también para usos militares.
Trabajar en el programa nuclear iraní ha sido una profesión de extremo riesgo para algunos científicos. En enero de 2007, el doctor Ardashir Hosseinpour murió intoxicado por un veneno radiactivo. El 12 de enero de 2010, un coche bomba mató al profesor Masoud Ali Mohammadi al salir de su casa de la calle Shariati, en el barrio Qeytarihe, en la zona norte de Teherán, para dirigirse a la Universidad de Tecnología Sharif. El 29 de noviembre del mismo año también en el norte de la capital, un motorista puso una bomba lapa en el coche del profesor Masjid Shariyari, científico jefe del programa nuclear iraní. Ese mismo día otro motociclista mató del mismo modo al profesor Fereydoun Abassi-Davani y su esposa. El 23 de julio de 2011, en la calle Banihashem, al sur de Teherán, dos pistoleros en moto tirotearon al profesor Darioush Rezaei Najad, físico que se encargaba de desarrollar los dispositivos electrónicos necesarios para activar una cabeza nuclear.
Sin embargo, además del reclutamiento de científicos iraníes, la República Islámica no ha dejado de moverse en universidades y centros de investigación en busca de los recursos necesarios para su programa nuclear en distintos países; por ejemplo, en Alemania.
En efecto, los informes de los servicios de seguridad de los Länder de Hesse, Baviera y Mecklenburg-Antepomerania publicados en los últimos meses hacen referencia a la actividad de servicios de Irán y Corea del Norte, entre otros, en labores de inteligencia. El informe del Estado de Hesse, por ejemplo, indica la actividad de «profesores visitantes» en universidades y centros de investigación en relación con el proceso de centrifugado – una fase del ciclo de enriquecimiento del uranio- y en el campo de la química y la biología con conocimiento de los servicios de inteligencia iraníes, que presionan a los científicos visitantes para que obtengan la información que la República Islámica necesita. Naturalmente, esto no implica que hayan de cesar las actividades de colaboración y de intercambio de conocimiento -el propio informe indica sus virtudes- pero sí permite apreciar el peligro de que el conocimiento que se comparte termine al servicio del gobierno iraní para un uso indebido.
El informe del Estado de Baviera, que se publicó en mayo de este año, advertía de las actividades iraníes para expandir su arsenal de armas convencionales con armas de destrucción masiva. El informe de Mecklenburg-Antepomerania del mismo mes, indicaba las actividades de diversos servicios de inteligencia, entre ellos los iraníes, para la obtención de recursos en el campo de la proliferación a través de empresas pantalla y estructuras comerciales.
Estas actividades de inteligencia no implican, necesariamente, una infracción de las obligaciones internacionales contraídas por la República Islámica de Irán. La inteligencia federal -el célebre BND- ha considerado que no hay indicios de que Irán esté infringiendo el acuerdo nuclear de 2015. Sin embargo, sí son indicios de que Teherán no abandona su aspiración de conseguir a través de sus servicios de información -es decir, prescindiendo de los canales habituales de cooperación entre los Estados- una tecnología y un conocimiento que puede emplearse para fines civiles, pero también para usos militares.
El precedente de cómo accedió la República Islámica a los recursos necesarios para reactivar su programa nuclear ha de servir de aviso a los países europeos. El empleo de los servicios de inteligencia para conseguir tecnología de doble uso ya ha sido detectado por las agencias de seguridad de distintos países europeos como Alemania.
Es un aviso que no debe pasarse por alto.