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TIERRA QUEMADA

Arte burocrático

miércoles 09 de octubre de 2019, 20:17h

Piénselo por un momento: usted tiene la posibilidad de experimentar con el aparato del poder, utilizarlo para desarrollar sus inquietudes artísticas y forzar los procedimientos dejando al descubierto el monumental artificio institucional del Estado. Y ello puede conseguirlo gracias al constitucional derecho de petición, el cual le ampara para dirigirse a cualquier instancia pública y requerir la memez más supina que sea capaz de concebir, y hay personas cuya destreza en estas lides supera lo imaginable. Para ello no hay más que echarle un somero vistazo a las redes sociales, esa inmensa sentina virtual donde a cada segundo se decanta un caudal incontrolable de opinión carente de criterio sobre los más variados asuntos de la actualidad, sin parar mientes sus artífices en el grado de especialización requerido para emitir un juicio digno de ser tenido en consideración acerca de, verbigracia, la sentencia de La Manada, la revisión de la ley electoral, la gestación subrogada o los supositorios de colores. Todo ello se arroja a nuestros ordenadores como si nos encontráramos permanentemente confinados en una tasca global de la que se ha adueñado un ejército de borrachos a quienes nos vemos obligados a escuchar a todas horas, en una hipertrofia monstruosa de ese divertido subgénero constituido por las cartas al director, ahora sin filtro alguno editorial, pero que ya no resulta tan gracioso si todo el mundo lo ejercita, tanto quienes podemos ubicarnos sin problemas en ese amplio espectro sociológico situado en la zona rechoncha de la Campana de Gauss como esas personas militantes en la genérica categoría de los outsiders, el ama de casa con tendencias suicidas, el convicto de espectro ideológico conservador, la youtuber con sobrepeso o el rapero ultraortodoxo, si tal hubiere, cuyos soretes dialécticos gozan en la actualidad de un grado de difusión de consecuencias imprevisibles a medio plazo, pues no olvidemos que el hediondo Facebook ha cumplido el otro día tan solo quince años de existencia. En este sentido, la distopía de Kurt Vonnegut parece más cercana que nunca, esa de que el infierno consiste en levantarse de la cama una mañana y encontrarse uno con el país gobernado por los antiguos compañeros de instituto.

Pero no hemos venido aquí a hablar de las redes sociales, sino de burocracia. Como venía diciendo, en el ejercicio del derecho de petición podrá usted redactar un escrito con su excéntrica pretensión y dirigirse después a presentarlo en el registro en la Delegación del Gobierno más cercana a su domicilio. Una vez allí, un funcionario leerá someramente la instancia e introducirá sus datos personales en una aplicación informática, en uno de cuyos campos habrá de sintetizar el contenido de la solicitud, que le devolverá después de haberla escaneado, pues, si bien con retraso, las Administraciones van implantando progresivamente la tramitación electrónica, uno de los últimos grandes aciertos legislativos tendente a erradicar el papel de los despachos. En cualquier caso, el trámite continúa manteniendo su esencia, incluso si presenta el escrito en casa desde su ordenador, pues a partir del momento en que ese cuño virtual sustitutivo del sello y el tampón de antaño lo introduzca en el sistema haciendo constar la fecha de entrada perderá usted toda capacidad de disponer sobre el destino del documento; el Poder lo habrá fagocitado y asumido como propio incorporándolo a su inexorable mecanismo, y al texto no se le podrá reubicar ni una sola coma por muchos anacolutos en los que incurra. Se ha producido una suerte de transustanciación digna de la más mística de las ceremonias, un acto de intrínseca naturaleza artística, pues ¿qué pretende el arte sino elevar de categoría a la materia —desde Duchamp, cualquier materia—, convirtiéndola en la representación de una idea?

Por otra parte, este fenómeno se produce de modo continuo en todo el orbe ante nuestra total indiferencia, tanto si se trata de las dependencias de la más sofisticada Administración 2.0 como de un infame chamizo en cualquier país subdesarrollado, del mismo modo que los creyentes pueden escuchar la palabra de sus dioses en la ostentosa Basílica de San Pedro o en un bohío de Tegucigalpa. Y ello sucede gracias a la burocracia, esa labor tan denostada por la sociedad que, sin embargo, nos diferencia de las bestias, a quienes no les importan fueros ni jurisdicciones. Porque la mayor de las convenciones burocráticas se plasma en las fronteras, esas líneas imaginarias que alguien definió como las cicatrices producidas por la historia en la corteza terrestre, las cuales determinan el sometimiento del ser humano a la civilización o a la satrapía solo por el hecho de haber nacido en el lado erróneo. Yo hube de esperar en la frontera de Transnistria —un estado no reconocido desgajado de Moldavia— a que me sellaran un papelote sin validez jurídica para poder entrar allí, pero en aquel momento no existía diferencia alguna entre el formulario de pésima composición ortotipográfica, mil veces fotocopiado, que me dieron para cumplimentar y el más alambicado sistema de visado virtual para acceder a cualquier país soberano, como tampoco la había entre los efectos incompatibles con la vida derivados de la utilización del Kalasnikov por parte del fulano que custodiaba la aduana de pega y el arma de cualquier otro esbirro integrado en un ejército tenido por respetable.

En definitiva, aun conscientes de la vacuidad sobre la que se asientan los valores que condicionan nuestros códigos de conducta, entre ellos el respeto reverencial a ese constructo conocido como Estado de derecho, la burocracia ha de reputarse un mal necesario. En este sentido, resulta contradictoria la comprensible censura del ciudadano a las corruptelas por parte de los cargos públicos con la simultánea aversión al exceso de papeleo —aunque virtual— a que se ve abocado en sus relaciones con la Administración, pues por desgracia el fenómeno de la mano en el cajón solo puede erradicarse a base de incorporar trámites al procedimiento a modo de esclusas garantes de su ortodoxia: de más burocracia, en definitiva. Y no cabe echarle la culpa al sistema de la existencia de funcionarios ridículamente rigurosos incapaces de soslayar ese requisito innecesario por no salirse del guion preestablecido, pues empleados cerriles los hay en todos los ámbitos, no solo en las instancias públicas.

En definitiva, desbroce de cualquier trámite ante la Administración los formalismos que lo dignifican para imbuirle respeto al ciudadano, y descubrirá su esencia de vana impostura, tanto más ostentosa cuanto digno de consideración se pretenda el ministerio: piénsese así en la Justicia y su recua de togados, arcaísmos y otrosíes, aunque ya erradicada de pelucones la Magistratura. Y gracias a este ejercicio de abstracción usted no volverá a aburrirse jamás en la cola de la consejería de turno.

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