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TRIBUNA

Otra vez la misma danza al borde del abismo (II)

sábado 12 de octubre de 2019, 20:16h

Hacia finales de la década del ’70, cuando colaboré en el libro Las grandes firmas, publicado por la agencia EFE, en un viaje que hice al Ecuador, ante un conflicto social con movilización, que complicaba a la ciudad de Quito, me advirtió un colega: “Mira, aquí hay un racismo muy peligroso. Un día vamos a despertar y nos encontraremos invadidos por la gente humillada; sobre todo por los indígenas que viven en la miseria. Algún día sucederá eso”. Y acaba de suceder. Ante un aumento de los combustibles, con una economía dolarizada, que sigue sumando pobres, la gente ha salido a la calle y la violencia ha dejado ya numerosas víctimas.

La predicción de mi amigo se cumplió con creces. Y hasta puede ser una suerte de paradigma para todo el continente que ha olvidado, entre otras tantas cosas, a sus pueblos originarios. No es todo, el racismo en nuestra América es pavoroso. En otra ocasión, estando en la ciudad de Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia. Unos anfitriones míos celebraron con alborozo la llegada de sus hijos que regresaban de “patear coyas”. Aclaro, los muchachos habían salido en las poderosas 4 por 4 de los padres y la diversión era agredir a los inocentes vendedores ambulantes que pueblan la ciudad, insultándolos y pateándoles los objetos que vendían en la calle. Tengo innumerables de estas espantosas anécdotas de los diversos países de nuestra América que me tocó recorrer, donde la miseria, disfrazada de pobreza, sigue siendo humillante e inhumana para los de abajo.

Si para muestra basta un botón y acaso no es suficiente, prosigo. Esta decadente xenofobia se agrava debido a una clase dirigente definitivamente insensible y mediocre, que está representada en Donald Trump, Jair Bolsonaro, Lenin Moreno, Mauricio Macri y Nicolás Maduro, etcétera, etcétera…Y, además, en las tensiones comerciales de las dos potencias: los Estados Unidos y China, que están devorando la salud de la economía global, haciendo “que se crezca a un ritmo muchísimo más lento en la próxima década”. No lo digo yo, sino que es la advertencia que acaba de hacer la señora Kristalina Georgieva, la nueva jefa del Fondo Monetario Internacional (FMI), a la que Argentina debe la mayor suma prestada en los últimos años.

Pero voy a la palabra “extremismo”, usada en mi artículo anterior, y que ya no constituye un adjetivo exagerado e inoportuno para caracterizar ciertas asechanzas del presente de todo el Continente Hispanoamericano. Sigamos con la Argentina, de frente ante un cambio de gobierno que sucederá en pocos días y con un abismo por delante que, sin exagerar, aterra; sobre todo por lo disparatada y extrema. Lamentablemente, los intelectuales, políticos y buena parte del periodismo hacen muy poco para evitar el conflicto. Un llamado a reivindicar la guerrilla terrorista de los años setenta, colmó la copa del brindis de la discordia. Fue formulado por un sociologo, ex director de la Biblioteca Nacional, y se complementa con el de un ensayista, profesor de filosofía que, muy suelto de cuerpo, pretende reivindicar los funestos años de la dictadura militar; a esto se suma el enfrentamiento para avalar la persecución a periodistas, que apareció de nuevo con un insulto soez proferido por un jefe sindical al Presidente de la República. Pero, como si esto fuera poco se hizo presente la amenaza a un escritor como muestra de la pertinencia de esa palabra, evocadora de aspectos oscuros de nuestra historia. Y en el mismo día, la acusación de un juez por la manipulación del gobierno a la justicia. Términos y actitudes que desafían las reglas de juego de la democracia, fomentando la caza del adversario como si fuera un enemigo feroz o un peligroso delincuente, revalorizando a los que han practicado el odio y la violencia. Con estos antecedentes, hablar de “extremismo” no es exagerado; en especial si advertimos que junto a esa palabra, cargada de resonancias sombrías, hay otra que se le agrega indefectiblemente, y es la palabra “tragedia”. Todo extremismo, no es ninguna novedad, termina en tragedia.

Hay sobrados ejemplos a los que se puede echar mano; pero tal vez no vienen al caso. Sin olvidar, eso sí, que hay una serie de elementos en el momento que nos toca vivir que podrían derivar, si no se los modera, en el desenlace que distingue a este temerario género; me refiero a un final catastrófico, pues los protagonistas enfrentan los conflictos con insensatez y absoluta irresponsabilidad. No les importan los demás, solo consideran sus metas y se dirigen a ellas desechando las consecuencias de sus acciones.

El célebre autor de Después de Babel, George Steiner sostenía que “la cifra de lo trágico es una visión inflexible adherida a la vida humana”. No hay duda que es así. Esto es, un sino irracional que no puede remediarse con medios técnicos o sociales y conduce a una conclusión fatal e irreparable. La misma danza al borde del abismo. Lo cual se asemeja a la consabida actitud del dios Dionisos, inspirador de la locura ritual y del éxtasis, cuando condena a Tebas, sin ninguna contemplación, hacia el final de Las Bacantes, en la obra de Eurípides. “La sentencia es demasiado dura -se ataja Steiner al analizar la estremecedora tragedia-. No guarda proporción con la culpa. Dionisos no hace caso. Reitera con petulancia que se lo ha agraviado; y luego afirma que Tebas estaba predestinada a su suerte de destrucción”. De nada vale entonces pedir una explicación racional o piedad. Las cosas son como son y muchas veces, quizá la mayoría, inexorables y absurdas. Los dramas, o las tragedias son, por lo general, antes sociales que políticas. Sucede en las grandes obras literarias tanto como en la vida cotidiana. Representan también la situación de los individuos contemporáneos emulando inconscientemente, o malsanamente, a los héroes clásicos. No son un simple sinónimo de muerte, sino de injusticia, falta de solidaridad y excesos; además de incomunicación y renuncia al sentido común. Albert Camus decía que “las tragedias de nuestro tiempo, son colectivas”. Por supuesto que sí. Tenía toda la razón. Se trata de una adversidad que contiene consecuencias difíciles de eludir y ha sido muy estudiada por Octavio Paz, que unía la desesperación a la revuelta popular.

Si se contempla la Argentina de hoy, quebrada como está en mil pedazos y a la luz del discurso trágico de algunos de sus protagonistas, se tiene una impresión desconcertante. Pues sus principales líderes, que solo se purifican a través del fracaso del oponente, no advierten el peligro o lo desechan casi alegremente. La doctora Kirchner, por ejemplo, de manera inmutable sigue adelante con una actitud característica en ella, la verborragia, ahora destinada a la presentación de su libro Sinceramente, donde habla a sus seguidores con palabras cargadas de parcialidad y autorreferencias; algo que conoce muy bien, ya que transitó sin freno la cartografía de sus odios y amores, y puso en el centro, como muestra de su actual equidistancia, a su candidato, el sensato profesor Alberto Fernández. En cuanto al presidente Mauricio Macri, hombre de pasiones tan espontáneas como vulgares; no menos ostentoso que desaforado, tampoco puede salirse de su rol y de sus elemntales y consabidos argumentos. Casi a los gritos sigue sosteniendo una distinción maniquea entre peronismo y no peronismo, atribuyéndole a uno el pasado equivocado que tiene (acaso “por delante”, como bromeara Borges alguna vez), y un futuro luminoso de sus propios fracasos, que solo han traído desocupación, endeudamiento internacional, más inflación y hambre (sin duda lo más terrible). Alberto Fernández, en tanto, acuciado por la evidencia de su inminente busca de escapar de la intransigencia de su socia y del actual mandatario, pero sin que quede claro cuánto poder conseguirá para sustentar una postura moderada. En fin, todo preocupante, muy preocupante por dónde se lo mire, aunque con algunas esperanzas, que es lo último que se puede perder y la que cada ciudadano tiene derecho.

Digamos que más allá de este oscuro panorama está la restricción de la que ninguno habla; esto es, de “poner un poco de dinero fresco en el bolsillo de los argentinos para alentar el consumo”; asunto nada fácil en el corto plazo (excepto que se les coloquen papeles pintados sin ningún respaldo financiero, que no deja de ser otra posibilidad; eso sí, sin detener la inflación. Y en todo caso aumentándola). Por otro lado, para alcanzar ese objetivo habrá que seguir realizando un ajuste severo si quieren crearse las condiciones para un futuro crecimiento ya que la sobredimensión del Estado no ofrece posibilidades. Todo se presenta como un arduo vía crucis con dos estaciones dolorosas: primero, asegurarles al FMI y a los inversores financieros (porque a los productivos no se los ve ni en fotografía) que se conseguirá el superávit fiscal para poder pagar intereses; segundo, asumir que para lograrlo no habrá recuperación inmediata del salario y el empleo. Esto, a decir verdad, más que decisiones económicas, parecen las condiciones de una capitulación. Es lo que hay. Pero si no se cumplen es muy probable que la fragilísima situación empeore. Lo cual, como se dice en España -y también entre nosotros-, “no es moco e pavo”.

Ahora bien, ¿aceptará la doctora Kirchner esta falta de alternativa que da poco margen para su autopromoción y egocentrismo? Por otro lado, ¿habrá suficiente consenso y legitimidad para contener a los argentinos desesperados, ahora con la peor desesperación, la del hambre? Durísima situación vista desde cualquier contexto. La tragedia latente es que, en estas condiciones, el país estalle y sobrevenga la ingobernabilidad. Para impedirlo, los protagonistas tendrán que abandonar la petulancia de Dionisos de la que se asisten y reemplazar la ceguera por una apertura pragmática de políticas públicas acordadas entre todas las corporaciones y bandos en pugna. No parece que para eso alcance con el multifacético peronismo, que fue votado antes por despecho que por convicción. Si la tragedia es colectiva, como afirmaba Camus, evitarla deberá ser una titánica y desinteresada tarea de todos.

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    Últimos comentarios de los lectores (1)

    10446 | María Alicia Farsetti - 13/10/2019 @ 14:40:30 (GMT+1)
    Real y patética la descripción del panorama político que acecha, y bien expresa Roberto, a la Argentina en esta carrera hacia la elección del nuevo Presidente. Más parecida a una carrera de obstáculos que una civil y democrática visión hacia el futuro.

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