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Novela

Peter Handke: Ensayo sobre el jukebox

domingo 13 de octubre de 2019, 18:59h
Peter Handke: Ensayo sobre el jukebox

Traducción de Eustaquio Barjau con la colaboración de Susana Yunquera. Alianza. Madrid, 2019. 112 páginas. 9,50 €. Esta breve obra, brillante cruce de novela y ensayo resulta especialmente significativa para la intensa relación del flamante Premio Nobel con España. Por Ángela Pérez

El austriaco Peter Handke (Griffen, Carintia, Austria, 1942), flamante premio Nobel 2019, es un enamorado de España, de su cultura y su literatura clásica -y muy señaladamente Cervantes y su Quijote-, que lee en nuestro idioma. Handke ha visitado en numerosas ocasiones nuestro país, y no son pocas las obras en las que se refiere a España y transitada por regiones españolas. Hasta tal punto que hace un par de años, la escritora, traductora y crítica literaria alemana afincada en España coordinó Handke y España. El libro apareció con motivo de la concesión del doctorado honoris causa de la Universidad de Alcalá de Henares a Handke, momento en el que el autor de La mujer zurda -llevada al cine con guion y dirección del propio Handke-, puso especialmente de manifiesto su relación con España, pronunciando en español su discurso de agradecimiento por la investidura.

Alianza editorial que cuenta en su catálogo con buena parte de la obra de Handke -y acaba de anunciar que en 2020 publicará su novela La ladrona de fruta o Viaje de ida al interior del país-, viene recuperando la serie de cinco “ensayos” , privilegiada muestra de la peculiar y manera en la que Nobel concibe la literatura. Y, precisamente, este mismo 2019 ha aparecido Ensayo sobre el jukebox, obra fundamental en esa relación de Handke con España. Ensayo sobre el jukebox comienza en la estación de autobuses de Burgos, a finales de los años ochenta del pasado siglo, donde su narrador se dispone a tomar un autobús para Soria, una ciudad sobre la que un reportaje leído en una revista despierta su interés: “Soria, se leía, por su emplazamiento, lejos de las vías de comunicación, casi fuera de la historia desde hacía prácticamente un milenio, es el lugar más tranquilo y más callado de toda la península”.

Esa tranquilidad es la que necesita el narrador para escribir su planeado trabajo sobre el jukebox, una máquina para escuchar discos, tras introducir unas monedas, ubicada hace décadas en muchos bares y que hoy, prácticamente desaparecida, es un objeto nostálgico. Este leitmotiv es más que suficiente para que Handke nos ofrezca una obra breve llena de sugerencias y capas, donde ensayo y novela se dan la mano, con elementos de autoficción, pues Handke estuvo en Soria, y el narrador de Ensayo sobre el jukebox tiene mucho de él. Un narrador sin nombre, lo que, evidentemente, le otorga un carácter universal, que con este “ensayo” tenía “el propósito de explicarse a sí mismo el significado que este chisme había tenido en las distintas etapas de su vida –una vida que ahora era larga, él ya no era joven-”.

En Ensayo sobre el jukebox encontramos espléndidas descripciones de un avezado observador que nada pasa por alto, por insignificante que pudiera parecer. Así, por ejemplo, maravillosa la descripción de la estación de autobuses burgalesa. Pero no debemos quedarnos sobre todo en ese plano, que Handke domina muy bien. El narrador de alguna manera busca que el jukebox funcione como la magdalena proustiana, para “prófugos del mundo”, como se ve a sí mismo. Prófugo que siente una especie de vértigo ante el comienzo de la escritura, por lo que buscaba buenos presagios y va posponiendo ese comienzo una y otra vez: “Sólo que, después de todo esto, era demasiado tarde ya para empezar aquel mismo día”. Brillantemente, Handke no escribe un ensayo sobre ese peculiar tocadiscos, sino que inventa un narrador que va a escribirlo proponiéndonos un libro donde se cruza la narración, el recuerdo, la reflexión. Viaje físico (“Soria iba a ser el objeto de la narración, igual que el jukebox”), pero también emocional con una vuelta al pasado, empezando por la adolescencia: “Ya de adolescente, con los padres, en vez de ir al restaurante, o a tomar limonada, iba al ‘Wurlitzer’ (Wurlitzer Is Jukebox), era el eslogan) a oír discos”, y el anhelo de recobrar “un sentimiento de comunidad”: “Del jukebox él, totalmente seguro de lo que hacía, dejaba que salieran trémolos, aullidos, rugidos, tintineo y ronroneo, cosa que a él no solo le gustaba sino que le llenaba de gozo, de calor y de sentimiento de comunidad”.

Y, en una fascinante paradoja, buscará acallar la incomunicación y la soledad del ser humano, asuntos muy handkeneanos, a la caza de esos jukebox en tierras áridas. El propio Hadke confesó en una entrevista al preguntarle por su interés por nuestro país: “Es porque el paisaje es tan vacío. Allí uno se puede imaginar historias. Hay una energía, no sé, erótica. Es un país con espacios enormes donde no hay nada, donde piensas: ‘si alguien viniera por aquí, pasaría algo, estaríamos abiertos el uno al otro’. Tal vez es esto. Luego también es porque soy un lector de Juan de la Cruz y Teresa de Ávila, que he leído palabra por palabra en castellano, y de fray Luis de León, el sucesor de Horacio”.

La concesión del Nobel a Handke no ha dejado de despertar polémica, agitando la cuestión de su apoyo a los serbios en la guerra de Yugoslavia. Entre otros, ha arremetido contra Handke con especial dureza el filósofo izquierdista esloveno Slavoj Zizek, uniendo en la andanada al escritor austriaco, a quien califica de “apologeta de crímenes de guerra”, a la Academia sueca, y a la propia Suecia. De momento, Handke no ha querido entrar en la polémica, señalando solo que la decisión de la Academia había sido valiente. En su día, Handke explicó que lo que quería manifestar es que se cometieron otros crímenes contra la humanidad, y no solo los de los serbios, perpetrados por bosnios, croatas y musulmanes, que parecía querer ocultarse, y pidió que junto a las madres de Srebrenica, se escuchara también a las madres serbias de Kravica.

También algunos han criticado a la Academia por dar el premio a un hombre, blanco y occidental, traicionando su promesa de ser menos “eucéntrica”. Curioso, y ridículo, reproche, que mezcla churras con merinas.

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