La conocida como sentencia del procés deja sensaciones encontradas. Por un lado, parece evidente que nadie puede librarse de asumir la responsabilidad que conlleva intentar subvertir el orden constitucional de un Estado y los que “la hicieron” tendrán que pagar. Pero, por otra parte, deja un sabor amargo comprobar lo barato que sale declarar la independencia de una parte de España, porque eso es lo que sucedió, se proclamó la República Catalana y unos cuantos pudieron soñar con que duraría, pero toda España vio, bien despierta, que así fue.
No estamos ahora para discutir filosóficamente sobre la duda metódica y esa imposibilidad de distinguir la vigila del sueño: ¿Eran conscientes o soñaban? Estamos cansados de oír que un juez tiene que valorar y ponderar hechos, demostrables, probados, no suposiciones, y por eso sorprende que en una de las sentencias más importantes de la historia de este país se hable de que no hay más de esa responsabilidad exigible porque lo que se perseguía, lo que se buscaba con esa declaración de independencia era una “ensoñación”.
Al final, resulta que las sentencias no han sido tan abultadas como una mayoría podía esperar porque el Tribunal Supremo considera que todos los condenados por el procés eran conscientes de la inviabilidad del proyecto independentista. Viene a decir que engañaron a los “ilusionados ciudadanos” con el “señuelo” de un supuesto “derecho a decidir” con el único y claro objetivo de presionar al Estado. Si es así, he de decir que me engañaron a mí también, que no soy independentista, porque de verdad pensaba que todos los que participaron en la organización del referéndum ilegal querían realmente la independencia de Cataluña.
El Alto Tribunal asevera que no hubo rebelión en el procés, que bastó el BOE para abortar la “conjura”. Creo que si hubieran conseguido la independencia les habría importado bastante poco lo que diga el Boletín Oficial del Estado Español. En definitiva, no cree el Supremo que hubiera una amenaza real de independencia, sino una “mera ensoñación”. Insisto, no soy lego en la materia, pero sí puedo opinar, como una mayoría, que no parece esta una razón suficiente para reducir penas, porque una cosa es lo que se piense o se imagine o se sueñe y otra, muy distinta es lo que se haga.
Y, en cualquier caso, si alguien pensaba que esto del procés se acaba con la sentencia, que se vaya haciendo a la idea de que solo se ha acabado la 1ª temporada de este serial, o la 4ª, porque uno ya no sabe por cuál van, y todavía quedan unas cuantas más. Además, el primer capítulo de la siguiente lo garantiza la resolución del Tribunal Supremo cuando deja en manos de los dirigentes independentistas de la Generalitat que los condenados por el procés puedan acceder al tercer grado penitenciario sin necesidad de haber cumplido la mitad de la pena.
Y digo yo: si los responsables en esto de declarar la independencia de Cataluña sabían, según la sentencia, que no iban a conseguirlo, ¿por qué siguen diciendo que lo volverán a hacer, que lo volverán a intentar? ¿Por qué siguen diciéndolo todos los días?
Quizá por ello el propio presidente del Gobierno en funciones se guarda las espaldas y llama a los líderes de la oposición (para esto sí) ante un escenario en Cataluña con el 155 o cualquier otra medida excepcional. No deja de sorprender que Pedro Sánchez, tan dado al abuso de los decretos-ley, a aprobar en el Consejo de Ministros medidas de calado nacional, leyes que afectan a todos los españoles, necesite, sin embargo, a Pablo Casado, Albert Rivera y Pablo Iglesias para mantener el orden en una parte de España.
Aunque si quieren que les diga lo que se me pasa por la cabeza, las llamadas del jefe del Ejecutivo se me antojan menos amigables con Podemos y con un atisbo de entendimiento, sin embargo, más sospechosamente amable con PP y Cs. ¿Será esto preludio de algo -con unas elecciones al vuelta de la esquina- o solo me lo parece a mí? ¿Busca Sánchez el apoyo de Casado y Rivera para formar Gobierno o es solo una “mera ensoñación”?