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DISTURBIOS EN CATALUÑA

El terrorismo callejero se apodera de Barcelona ante la pasividad del Gobierno

Radicales separatistas este viernes.
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Radicales separatistas este viernes. (Foto: EFE)
sábado 19 de octubre de 2019, 00:24h
Mientras la escalada de violencia continúa en la Ciudad Condal, Moncloa insiste en la "moderación".

La "revolución de las sonrisas" es historia: 283 agentes heridos, 170 detenidos, 800 contenedores quemados, 264 vehículos de policía dañados, más de dos millones de euros en desperfectos... Son algunas de las cifras que nos ha dejado esta primera semana de protestas contra la sentencia del procés. En apenas cinco días, las tímidas esperanzas de futuro del independentismo catalán se han convertido en humo, literalmente.

El terrorismo callejero se ha apoderado de Barcelona. Los radicales, muchos de ellos de una juventud imberbe, campan a sus anchas por el paisaje urbano de la Ciudad Condal, haciéndose 'selfies' con las llamas de fondo y exteriorizando violentamente su propia revolución hormonal. Mientras, los agentes de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado tratan de contenerlos como pueden, lastrados por la "moderada y proporcional" actitud del Gobierno de Pedro Sánchez. Les lanzan piedras, cohetes y hasta cócteles molotov; saquean bancos y tiendas; incendian todo tipo de mobiliario urbano; protagonizan agresiones, -incluso a los periodistas-, pero el Ejecutivo sigue mirando los toros desde la barrera: "Estoy convencido de que se restablecerá la tranquilidad y la convivencia”, recitaba este jueves con su habitual solemnidad el presidente en funciones.

Los malos augurios se cumplieron desde el primer momento. El lunes, minutos después de que el Supremo hiciese público su fallo, la plataforma secesionista Tsunami Democrático -que la Audiencia Nacional ya investiga por terrorismo- pidió a los suyos que colapsasen El Prat. Y a fe que cumplieron. Miles de separatistas acudieron a la llamada, bloquearon todos los accesos al aeropuerto, obligando a miles de viajeros a quedarse en tierra y a otros tantos a caminar para llegar a su destino -110 vuelos cancelados-. Algo que, por cierto, acabaría provocando que un ciudadano francés de 62 años, achacado de problemas cardíacos, falleciese de un infarto.

Durante los días siguientes la violencia, "organizada y coordinada", como la califica el propio ministerio del Interior, iría in crescendo. El martes, se producirían los primeros incidentes propios de la kale borroka. Al cobijo de la noche, ataviados en esteladas y cubiertos con capuchas, los radicales trataron de llegar a la delegación de Gobierno en Barcelona. Ante la imposibilidad de acceder a las instalaciones y al grito de "a por ellos" o "los Mossos también son fuerzas de ocupación", los separatistas lanzaron todo lo que tenían a mano contra los agentes: palos, botellas, bengalas, piedras, huevos, petardos... Tras varias advertencias, los antidisturbios cargaron contra los manifestantes, deteniendo a tres de ellos y provocando que el resto se dispersase por las calles aledañas. Por primera vez en mucho tiempo, el Eixample barcelonés sería escenario de una verdadera batalla campal, aunque, por el momento solo utilizaron piedras...

El miércoles, los aprendices de terroristas darían un salto cualitativo en su afán por convertirse en verdaderos guerrilleros urbanos. Defraudados porque Miquel Buch defendiese el papel de los Mossos, los CDR de Torra -los del "apreteu"- tratarían de rodear la consejería de Interior de la Generalidad, encontrándose de nuevo con los antidisturbios. Esa noche los radicales usarían ácido, cócteles molotov y hasta lanzarían pirotecnia al helicóptero de los Mossos, que sobrevolaba las algaradas. Esta sería la primera ocasión en que el president Torra se dejaría ver para condenar cínicamente la violencia, protagonizada por "grupos de infiltrados".

Un día más tarde, Torra, con el incendiario espíritu que lo caracteriza, lo retomaría donde lo dejó por la noche: prometiendo un nuevo referéndum. Esta vez, tras el ocaso, la 'nota de color' la pondrían los neonazis, que se 'dejaron caer' por la plaza Artós. Levantando ostensiblemente los brazos, los fascistas trataron de enfrentarse con los independentistas, consiguiendo, pese al cordón policial, llegar a propinar una brutal paliza a uno de ellos; y recibiendo otra a cambio. No obstante, los protagonistas del cruento late night terminarían siendo de nuevo los CDR, que tomaron una vez más el centro de Barcelona. En esta ocasión, los Mossos tardarían más en aparecer, pero los altercados serían aún más violentos, con intentos de saqueo a un banco y a una tienda de ropa. Y, por supuesto, las impenitentes llamas.

Y este viernes, día de 'vaga general', en el que las cinco 'marchas por la libertad' han confluido en Barcelona, el separatismo radical ha mostrado su cara más virulenta, enfrentándose abiertamente a la policía, sitiando su jefatura durante horas, hiriendo a varios agentes, 'desalicatando' la plaza de Urquinaona, e, incluso, obligando a los Mossos a estrenar su vetusta tanqueta de agua, adquirida en 1994. Solo hoy se ha detenido a 58 personas y otras 89 han resultado heridas, 18 de ellas Mossos.

La tibia reacción del Gobierno

A pesar de la extrema gravedad de los incidentes relatados, el Gobierno de Pedro Sánchez sigue reacio a adoptar medidas. La inminencia de las elecciones generales parece atenazar la voluntad de los socialistas. Este mismo viernes, tanto el jefe del Ejecutivo como el ministro del Interior se han pronunciado en análogos términos: "Moderación para calmar los ánimos". La pasividad del Moncloa ante la realidad terrorista que comienza a asomar su garra ensangrentada por las esquinas del Eixample ha llegado a un ridículo grotesco. Hoy Marlaska ha afirmado, tan campante, que "Cataluña puede visitarse con total normalidad".

Tanto PP como Cs han convidado en numerosas ocasiones al Gobierno a aplicar la ley de Seguridad Ciudadana o el artículo 155 de la Constitución, algo a lo que Sánchez -siempre en clave electoral- se ha negado desde el primer momento, aludiendo a la ya tan manida "proporcionalidad". No obstante, de seguir así las cosas parece que al jefe de Gobierno no le quedaran más "bemoles" -como diría Gabriel Rufián- que actuar de forma contundente.

Cuesta creer que Sánchez no se decida, máxime cuando la propia cúpula policial de los Mossos se siente "abandonada" a su suerte por el Govern -tremendamente crítico con sus actuaciones desde el primer minuto- y por los partidos separatistas que exigen cabezas. Pero así es.

Ahora, todas las miradas se centran en Quim Torra. Marginado incluso por sus consejeros y compañeros de partido, el president títere solo tiene ojos y oídos para su oráculo en Waterloo. Podría parecer que su dimisión -o cese- es cuestión de días. Sin embargo, los que le conocen afirman que se necesitará más que un calzador para despegarlo de su sillón en el Palau. Consciente de su virtual inhabilitación por desobediencia, Torra circula cuesta abajo y sin frenos, y ese es el mayor peligro al que se enfrenta, en estas flamígeras noches, la democracia española. Los muertos no lloran.

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