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Berlusconi en Nápoles

Andrea Donofrio
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adonofriohotmailcom/9/9/17
domingo 10 de agosto de 2008, 21:55h
Nápoles es una de las ciudades más peculiares del mundo, emblemática para el patrimonio cultural y artístico europeo: su belleza, su historia y su sabiduría la posicionan en el Olimpo de la cultura. Pero, al mismo tiempo, sus problemas, la Camorra y la añosa cuestión de la basura le retroceden de grado y manchan su esplendor. Años de dificultades, de “arrangiarsi”, sacar pecho frente a los problemas y adelante. Décadas de abandono institucional y desinterés gubernamental le han llevado a una espiral autodestructiva. Un pueblo acostumbrado a vivir con poco y reírse con nada muestra las primeras señales de cansancio.

La crisis de la basura, las imágenes de sus calles con toneladas de detritus acumulados han dado la vuelta al mundo, dañando su imagen y su espíritu. A su nombre se le asociaba la pizza, el Vesuvio, los espaguetis y la bandurria. Su cultura fascinaba al Mundo: el Teatro San Carlo, los Castillos, Pompeya, el golfo, su escuela pictórica, la música clásica napolitana, el teatro de Totó, Eduardo, el cinema de De Sica, el presepio y el folklore de su gente. Los menos preparados asociaban su nombre a Maradona o al extraño record mundial de un equipo de fútbol que en tercera división podía contar con el apoyo de 64 mil espectadores. Sin embargo, ahora cuando se habla de Nápoles es casi exclusivamente por asuntos de crónica negra, cúmulos de inmundicia por las calles o por la capacidad de sus ciudadanos para vivir en la degradación y acostumbrarse a su miseria.

Sin embargo, Nápoles siempre ha representando una ciudad viva y pobre al mismo tiempo, capaz de sobrevivir en virtud de su sabiduría popular o de su capacidad para “apañarse”: cada uno como puede llega milagrosamente a final de mes, sin saber cómo ha podido. La desconfianza popular y su ingenio le han permitido perpetuarse y convivir con un patológico rechazo hacia cualquier estructura de poder. Engañar antes de que te engañen, prever los movimientos de tu adversario, nunca mostrarte vulnerable. El napolitano tiene que ser pícaro y despabilado en una sociedad hambrienta. Una ciudad que busca la manera para burlar las reglas y encontrar una alternativa extra-legal.

Contraria a las instituciones por inclinación, Nápoles se ha caracterizado por ser monárquica, Borbónica, garibaldina, y ahora Berlusconiana. Una extraña atracción por el mundo real, fabuloso y ficticio, formado por reyes, vice-reyes o bufones. La inseguridad de sus calles y la miseria económica han arremetido contra sus ciudadanos, que buscan un caudillo, un guía, alguien que muestre interés por sus desgracias. No importa si la toma en serio. Al contrario, casi mejor desdramatizar, reírse y huir de los problemas cotidianos. Y Berlusconi acepta el desafío, se siente investido de esa misión de divertir a los napolitanos y ayudarles a superar de forma radiante la crisis de la basura: por eso, en primer lugar, para enfrentarse a la emergencia ha decidido enviar a Nápoles 300 psicólogos, llamados por él mismo “psicólogos de basura” para que intenten analizar el rechazo napolitano respecto al reciclaje.

Como otra medida para solventar la crisis ha decidido movilizar voluntarios del Norte para que colaboren con el ejército, las fuerzas armadas de defensa del Estado encargadas de vigilar y, al mismo tiempo, recoger la basura. No es suficiente: Nápoles no consigue reírse. Pero Berlusconi es un tipo tenaz y sus recursos cómicos están lejos de ser agotados. Así, vuelve a Nápoles y, con una mímica teatral envidiable, vuelve a actuar de “payaso didáctico”: camina por las calles de la ciudad y mientras la gente le grita “Silvio eres nuestro Presidente”, proporcionándole el justo tributo a su gran esfuerzo por la ciudad, él se agacha, recoge un papel del suelo y mirando a cámara
dice: “queridos napolitanos, eso no…eso no se hace”. Y se espera que el napolitano aprenda la clase.

No importa que no estemos entrando de lleno en el problema de la basura, ni que la longa manus de la Camorra siga operando en la gestión de la misma. Berlusconi gana consensos: pobre Nápoles, mofada con tan poco estilo, mientras su cultura milenaria, ofendida y vejada, se queda arrinconada. Pobres napolitanos, obligados a emigrar o a acostumbrarse a vivir en una realidad tan surrealista.

Andrea Donofrio

Politólogo

Andrea Donofrio es politólogo, experto en Relaciones Internacionales e investigador del Instituto Ortega y Gasset

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