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TRIBUNA

Álvaro Valverde, poesía y permanencia

lunes 28 de octubre de 2019, 20:53h

La literatura no es otra cosa que alcanzar un estado de conocimiento mediante palabras que no se pueden pasar por alto, impasibles. Imagina Claudio Magris que la literatura está marcada por la persecución de la temporalidad, del tiempo cuyo fluir hacia la nada es desilusión, como en La educación sentimental, de Flaubert. Un escritor es un tipo que entra en un cuadrilátero en una conversación importante y a partir de ese momento cada uno de los contrincantes propina golpes diferentes. Si un escritor no se atreve a ser escritor, jamás vagará por los muelles de la escritura. En cada verso, un poeta nítido y brillante empieza a jugársela. ¡Qué riqueza de obras da al mundo entonces! Para Paul Auster un libro, cualquier libro, empieza con una cadencia o un tono que nos remueve hasta el fondo del alma. La felicidad -lo expresó bien Nazim Himket- es la solidaridad humana. Y lo mismo sucede con la poesía.

He leído El cuarto del siroco (Tusquets Editores), de Álvaro Valverde, ya muchas veces. Este autor sabe que la poesía es como el agua, metáforas entre los otros y el yo. Es un libro extenso que levanta la vista hacia el pasado con el cuello torcido. Es una poesía prometedora, tenemos la sensación de que implica mucho más. El título del libro lo extrae de Leonardo Sciascia quien decía que, en algunas casas sicilianas “había una habitación donde las familias nobles se guarecían mientras soplaba el temible siroco”. La poesía de Álvaro Valverde tiene una táctica para su alta calidad, que le protege del viento traidor: sabe que la vida es una calle con conversación palpitante que le lleva hacia sí mismo, está plagada de homenajes que tiene a gala poner frente al lector (“Homenaje a María Zambrano”, “Juanramoniana”, “Homenaje”, “Constatación”, “No humo”, etc) en los que otros autores nos hacen señas con el dedo, dando a entender que tienen algo que enseñarnos. Es el caso de Juan Ramón Jiménez, Vladimir Holan, Andrzej Stasiuk, Joan Vinyoli… Buena parte de los poemas de El cuarto del siroco hablan de viajes imposibles y geografías que miramos y que nos miran mientras flotamos en la superficie, como un loto, y la vida que hay en nosotros se manifiesta en el crecimiento, como en el primer fragmento de “Solo de texto”: “Contemplo en lo que veo / la sed de otra distancia. / Si tres casas o el rojo / de un viaje imposible, / si tres rayos o el sol / que conmina al silencio. / La vasta geografía que miro / y que me mira / descansa sobre el mapa / soñado del geómetra”.

Virginia Woolf publicó un libro titulado Una habitación propia, que creía vivir y morir por ideas. Convirtió la destrucción en creación una y otra vez. Los monstruos que tenía que matar cada día eran las piedras que le impedirían contar más cosas sobre su vida. Recuerdo que, a medida que leía y leía, todo me permitía hablar con un conocimiento directo de ella. La vida pasa y no hay mucho tiempo para meditar en este cuarto que ahora abro. “Se ha muerto Moustaki”, dice Álvaro Valverde en “Final”, “como perece”, continúa, “el amor que nació / con sus canciones”. Evocadora poesía en prosa encontramos también en El cuarto del siroco, a modo de anotación de diario de esplendores no esfumados. “Noche” se titula uno de los ejemplos más claros: “De madrugada, los mirlos comenzaron a trinar. Un gorjeo cada vez más intenso. De más complejidad a ratos, grave. La inspiración daba a ese canto -genuino, ancestral- una mezcla perfecta de habilidad y de misterio”. El ganador del Premio Nacional Meléndez Valdés en 2018, amante de La realidad y el deseo de Luis Cernuda, nos trae aquí una poesía con un estilo propio, se ve empujado por una fuerza que controla aunque no quiere eludir las referencias que tienen la piel muy marcada. Los poemas -algunos de ellos fragmentos- están formados por aforismos, caso de “Mínima”: “El breve son / del pájaro / en la rama: / la escueta, / intensa levedad / del aforismo”; o de “Ventanas”: “Sobre el cristal, / los rastros de las frentes / que al pasar / aquí depositaron su dolor”; otras veces son referencias culturales concretas: “Ventanas clausuradas que conducen a aquella habitación de sombra y humo perdida en la alta noche de La Habana”, véase en “Una elegía”.

En los poemas de Álvaro Valverde asoman grandes árboles, fuentes con agua que no excluyen la emoción, abunda la quietud y la lejanía de quien aprendió a ver las cosas lleno de vitalidad. La poesía que quiere escribir aspira a no desaparecer, su ingenio, su erupción nostálgica le convierten en un poeta lúcido: “Unos discretos golpes en la puerta / le anuncian el final de su retiro. / Es hora de cenar. Apaga, cierra. / La vida espera fuera, la que él lleva, / como cualquier lector, / cuando no vive”, así termina el poema “El lector”. Álvaro Valverde concibe sus poemas como la voz de un recuerdo que parece alojado en su cabeza, o una luz que nos alumbra: “La de los cielos, / ocasos velazqueños, / de joven en Madrid. / La que vi en Grecia, / en Rodas, aquel día sentado / sobre el sol de la historia. / La eterna de Lisboa, / blanca, al Oeste, / hundiéndose en el Tajo”, en “La luz”. Hay muchos poetas a los que el placentino no ha rechazado, son muchos los que ha leído y homenajeado con pensamientos que corren como un reguero de pólvora: Pessoa, José Ángel Valente, Eloy Sánchez Rosillo, Wallace Stevens. Es la suya una poesía reflexiva que apaga el fuego del olvido con el extintor etéreo de la contemplación. Este diario lírico rebosa poemas con acequias (“Postal”), dolor por la ausencia de seres queridos (“Naturaleza pensativa”), arenas que nadie pisa en un tiempo apacible (“Fuera de temporada”), mirlos antes del alba y entre susurros (“El mirlo”), de estas y otras cosas que gorgotean en su interior. Una línea clara en definitiva destacando por sus horas invernales, por el gesto del poeta de dar un vaso de agua a quien tenga sed.

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