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TRIBUNA

Muertos vivientes

Juan José Vijuesca
miércoles 30 de octubre de 2019, 20:37h

Don Pedro ha ensayado su fiesta de Halloween haciéndolo con un difunto que llevaba 44 años en parada cardiorrespiratoria. No seré yo quien venga a dialogar sobre Franco sí o Franco no. Eso queda para los ideólogos, nostálgicos y demás concubinos de nuestra pasada memoria. Para la ocasión voy a utilizar el comodín del razonamiento dedicándole a don Pedro un epigrama de mí autoría.

Don Pedro juega con muertos/ delicada situación,/ memorias de tumba reabre/ lo hace con el dictador./ Discreción más absoluta/sin alharacas ni destellos,/ así quisieron que fuera/para el cambio de cementerio./ La cosa se fue de madre/ tanto en el exhumar, como en el nuevo entierro/ Entre prensa, radio y televisión,/ apoyos terrestres, aéreos, y otras comitivas/solo faltaron los de Sálvame, para darnos la exclusiva./ En Cataluña, como si nada/ en Cuelgamuros, mejor,/ votos son amores/ que las urnas, urnas son./ Se sube el telón,/ se abren las urnas,/ muertos vivientes en reflexión,/dos diferentes bandos tocando el tambor./ Bailan al son del epílogo/de una guerra que sucedió./ Viejos de este país juegan al dominó,/ochenta años después/la memoria les unió./ Y ahora viene don Pedro/a cantar el alirón/cuando ya no nos queda/ ni el Vicente Calderón./ A mí, ni el rojo ni el azul/ me importan una gónada, un bledo o un cojón./Un consejo, don Pedro/guarde usted del paro a los vivos,/allane camino a los jóvenes,/arregle usted las pensiones/ y deje de levantar muertos/a costa de las votaciones./Se baja el telón/Fin de la representación.

Regreso a lo mío, que no es otra que las ideologías. He aquí lo que se detrae del ser humano cuando tratamos de evocar pasajes de la historia. La humillación histórica nos ha traído en jaque cuando salen a escena los blanqueadores de la memoria. Merced a los diferentes adoctrinamientos los aún transeúntes de este mundo conocemos el alcance de la maldad contra millones de seres, de manera que actuemos con pulcritud a la hora de tratar cuestiones alrededor de las víctimas habidas a lo largo de la historia. Las ideologías, y en particular los ideólogos de masas, han dominado las voluntades de los pueblos cobrándose con ello la vida de cuantos han terciado en las diferentes calamidades. Cuestiones diferenciadoras han servido para la honra de unos y el matarile de otros, así, los inquisidores se apoyaron en el cristianismo; los conquistadores en la mayor gloria de la patria; los colonizadores, en la civilización; los nazis, en la raza; los bolcheviques, en la utopía de la igualdad y el edénico mundo venidero, pero eso sí, dando validez al uso de las armas o métodos violentos para acceder al poder político. Como verán, la historia está llena de muertos gracias a la práctica de la maldad tanto por unos como por los otros; es decir, la derecha, la izquierda, los de arriba y los de abajo. Un asco.

Ahora se cumplen 30 años de la caída del muro de Berlín. Un acontecimiento tan importante como feliz y no sólo por la unificación de las dos Alemanias de entonces, sino por el efecto mariposa que provocó en los regímenes comunistas que con sus dictaduras aún oprimían a millones de personas. La libertad de pensamiento entró en una corriente imparable hasta desembocar en la democracia pacífica, ese bien que algunos tratan con desprecio a pesar de los tiránicos ejemplos que la historia nos brinda.

La demostración apacible, festiva y democrática habida el pasado domingo en Barcelona por los cientos de miles de catalanes constitucionalistas es el mejor ejemplo de la libertad bien entendida. La tolerancia es sinónimo de respeto y a su vez ejemplo de convivencia, pero está visto que con la sinrazón no se obran milagros. Esa es la diferencia entre la maldad y el fiel cumplimiento de la ley cuando ésta es bien aplicada y sus Señorías del poder judicial no tienen un mal día. Cordura de actos por quienes hoy tenemos la condición de personas humanas –los seres humanos hace tiempo que se extinguieron- porque si de esta pretendemos salir el secreto no va a estar en la masa, sino en la educación de los pueblos, en la ponderación de las exaltaciones y, en definitiva, en la no violencia. Qué ya está bien.

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