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TRIBUNA

Astillas de un mismo palo

jueves 31 de octubre de 2019, 20:25h

Decía Voltaire que la idiotez es una enfermedad extraordinaria, en la que no es el enfermo el que sufre por ella, sino los demás. Caso raro el de las dirigencias políticas de nuestra América que parecen registrar poco o nada de lo que sucede con sus pueblos. Cuando les toca gobernar, suelen hacerlo de espaldas a las mayorías, indiferentes a la realidad social como si se viviera en el mejor de los mundos. La revuelta o sublevación de estas mayorías demuestra que las cosas no están bien, sino cada día más complicadas. En el caso puntual de Chile apareció sorpresivamente detrás de un telón donde se representaba una comedia casi sin situación de crisis, que ha culminado en un desenlace dramático, con millones de personas en las calles, estado de sitio, saqueos, represión y muertos.

En lo personal conozco a ambos presidentes (al de la Argentina un poco más que al de Chile; mi intención no es abrir un juicio sobre cada uno). Hace casi dos años, con la presencia de Mario Vargas Llosa, compartí una cena junto a ellos. En esa oportunidad el presidente de la Argentina, con elogios quizá desmesurados, destacó que el país trasandino era una suerte de Suiza o de Miami en el continente, y nuestra referencia a seguir. Piñera, por su parte habló de la generosidad y las bondades de un territorio que lo tiene todo para satisfacer las necesidades de su pueblo, de la tradición educativa y de la calidad de los habitantes de nuestra Argentina.

Hace unos días, por asuntos de trabajo, viajé a Santiago antes de que empezara la revuelta que nadie preveía, en una reunión con amigos, yo elogié las bonanzas del sistema, aunque discutimos amablemente sobre las dificultades de ambos países. Ellos se quejaron, con sobradas razones, por los altos costos de la salud y la educación; a eso se empezaba a sumar el aumento de los servicios, que fue lo que colmó el límite del aguante (no por el 30 por ciento del incremento, como señaló un informado periodista, sino por los 30 años acumulados de injusticia), que llevaron al violento desenlace del que aún no ha salido el país trasandino.

Si comparamos las situaciones, vemos que en Chile la diferencia del descontento con el gobierno y con la crisis económica que ha disparado la protesta social, tiene causas diversas; sin embargo, a diferencia de la Argentina, Chile ha crecido a niveles sorprendentes en los últimos años y muestra una macroeconomía prospera con una pobreza que está en su nivel más bajo desde que se la mide. Pero los chilenos están descontentos; no porque el país avance por un camino definitivamente equivocado o porque la situación empeore respecto al pasado reciente o al pasado más remoto, sino porque la distribución de ese crecimiento no se hace equitativamente y favorece a una elite minoría que apenas pasa del uno por ciento, en tanto que la clase media mayoritaria, vive aún en una situación de desigualdad que ha sido la característica propia de Chile. En la Argentina, la situación se da la inversa, pues los indicadores económicos han descendido (y siguen descendiendo) y los niveles de desocupación y pobreza superan todo lo imaginable. Sin embargo, el caso argentino, por carriles distintos, aunque quizá más extremos por la aguda crisis económica, se encaminó hacia una salida electoral, que ha evitado una revuelta como la de Chile. La Argentina, mal que les pese a muchos, cuenta con el peronismo que sigue siendo una barrera de contención social.

Ahora bien, hay una clara diferencia entre revolución y revuelta (palabra que acabo de usar en el párrafo anterior). Los expertos aún debaten qué puede constituir una revolución y qué no. Empecemos por aclarar que una revolución responde a causas menos psicológicas que ideológicas y que el fin último es el cambio de los usos; en tanto que las revueltas responden a razones emocionales e impulsivas e intentan corregir los abusos, tratándose, por lo general, de movimientos sociales espontáneos de carácter agresivo, siempre opuesto a toda figura de poder. Como forma de lucha social, la revuelta es expresión de algún tipo de conflicto (social, político, económico) y se produce cuando una multitud, o al menos un numeroso grupo de personas se juntan para enfrentar a las dirigencias que ya no toleran, y como una reacción contra la injusticia o injuria, o como un acto de disenso. Lo vimos en Francia con los chalecos amarillos, y agreguemos que las actuales revueltas de nuestros días, curiosamente no cuentan con líderes ni interlocutores válidos, sino que se convocan a través de las modernas redes sociales.

El descontento en Chile ha sido identificado y diagnosticado repetidas veces desde mediados de los 90, pocos años después del retorno de la democracia. Algunos sociólogos advirtieron que el modelo económico chileno producía incertidumbre en la población; pero, equivocadamente, interpretaron esa incertidumbre como algo simple y negativo. Sin embargo, el escepticismo es extensivo hacia aquellos que están en posiciones de comodidad. Para los que menos tienen, la certeza de seguir siendo pobres es una condena, en tanto que la incertidumbre es menos un refugio de la esperanza que una posibilidad de salida.

Decía Abraham Lincoln que uno puede engañar a todo el mundo durante algún tiempo, y que también se puede engañar a algunos quizá todo el tiempo; pero que es imposible engañar a todo el mundo todo el tiempo. Reflexión que se puede hacer extensiva a ambos presidentes que no provienen de la clase política sino de la empresaria. En ambos casos estos mandatarios han sido decididamente erróneos en sus apreciaciones (por no usar la palabra mentirosos sin eufemismos) y han prometido cambios que nunca estuvieron a su alcance realizar; aunque sí poner en ejecución. En el caso de la Argentina, el castigo ha pasado recientemente por las urnas y en caso de Chile por la revuelta.

Sigamos midiendo con la vara económica ambos casos. La movilidad social ascendente que se ha producido en Chile desde el retorno de la democracia es sorprendente. Comprensiblemente, los gobiernos anteriores debieron poner énfasis en programas sociales que combatieran la pobreza. Lo hicieron discretamente bien, pero no fue suficiente. El incuestionable éxito de Chile en combatir la situación de desigualdad llevó al país a crear indicadores más sofisticados, que revelaban que a comienzos de 1990 cuatro de cada diez chilenos vivían en situación de pobreza; esta pobreza actual es inferior al 10 por ciento. Es decir que en el curso de tres décadas, Chile se ha convertido en una nación en que la clase media en ascenso es mayoritaria; a diferencia de la Argentina donde es descendente.

Cierto, el crecimiento de la clase media chilena tiene demandas y expectativas diferentes a la de aquellos que menos tienen. Hay un sector, el más amplio de la población, que vislumbra una suerte de tierra prometida y el propósito es entrar. Esto ha hecho que la elite se sienta amenazada; ya que, si bien estaba comprometida con el combate a la pobreza, no está dispuesta a compartir el edén del privilegio y las oportunidades con la creciente nueva clase media. Después de todo el capitalismo moderno no ha podido evitar que para que haya movilidad social ascendente, debe haber también movilidad social descendiente. Por cada persona que entra al grupo de mayores ingresos, otra, probablemente, de manera injusta, deba salir. La elite puede aceptar combatir la pobreza, pero no quiere compartir sus privilegios con la clase media ascendente. Una cosa es ayudar a los pobres a que dejen de serlo; otra, muy distinta, es permitir que los hijos de esos pobres ahora compitan por las oportunidades y por los trabajos con los hijos de la elite. Creo que esa es la clave del descontento que ha llevado a Chile a la revuelta.

Ha ocurrido entonces que el mal manejo y la indiferencia del gobierno de Sebastián Piñera empeoró las cosas que el gobierno anterior supo contener. Incapaz de asegurar el control del orden público, el presidente decretó medidas extremas y sacó a la calle a los militares para impedir desmanes; pero, aunque los militares salieron a la calle los saqueos a supermercados y la destrucción de las estaciones del metro fueron incontenibles. El gran problema del gobierno tal vez no estuvo en su reacción a las protestas sino en la forma en que contribuyó al descontento bajo una de represión que el pueblo chileno ya sufrió y repudia. Aunque algo lejana, nadie olvida la brutal dictadura de Pinochet.

Algo más. Desde su llegada al poder, Piñera promovió una reforma tributaria que bajaba los impuestos a los más ricos, argumentando que eso ayudaría a reactivar la economía, la mayoría de los chilenos se convenció de que Piñera estaba más preocupado en los que más tenían que en los más pobres y en la mayoritaria clase media. Sin embargo, el descontento observado refleja que menos que una molestia con el gobierno, lo que se da es un rechazo a esa elite incapaz de aceptar que la clase media chilena se quiere sentar a la mesa de la toma de decisiones. Es más, en definitiva lo que pretende es ignorarla.

La mala noticia es que cuando la olla levanta presión puede estallar. Y esto ha llevado a la destrucción y a la violencia y, lo más grave, a un desenlace con varias muertes que le pesan al presidente. Las medidas tomadas parecen no ser suficientes; dar de golpe atora o empacha y no resuelve las causas. Una buena noticia es que puede haber una solución factible y razonable. Esto puede ser porque Chile no está en una crisis económica como la Argentina. Las cuentas fiscales se muestran saludables y el país está en condiciones de encontrar una salida que mejore la distribución del ingreso y abra las puertas de la clase media a esa tierra prometida que, hasta ahora, ha sido habitada solo por la elite chilena.

El caso de la Argentina se ha definido en las urnas. Mauricio Macri, con un sistema económico de exclusión social ha llevado el país a la ruina y ha sido castigado en las urnas. No es fácil predecir qué sucederá en un futuro cercano con ambos países hermanos.

Ambos presidentes, astillas de un mismo palo, que provienen de idénticos estratos sociales no han entendido la realidad de sus pueblos. Cordillera de por medio ambos han sido castigados. Uno por la revuelta social, el otro por el voto que mayoritariamente le ha arrebatado un segundo mandato de gobierno.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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