Lunes de política neutra, que no neutral: los candidatísimos reciben sus "notas" de fin de campaña. El presidente del partido es una criatura desvalida, vulnerable, sometida al vaivén caprichoso de la opinión pública. Imaginémonos a cualquiera de nosotros en su lugar: no podemos, porque ellos son de otra raza. Algunos estudiosos dicen que son de goma (elástica, añadiríamos).
Ahora, por mor de la liturgia de la encuesta, resulta que Pedro Sánchez obtendría un 28% de los votos y su partido, entre 118 y 128 escaños. A este resultado habría que añadirle el recuento del Partido Popular, que oscilaría entre 81 y 90 actas de diputados -el 19,6%- y, atención, el tirón ultramontano de VOX, que se haría -parece- con medio centenar de diputados, lo cual nos situaría en uno de esos países en los que el auge de la ultradrecha despierta a un electorado fácil, bruñido en la consigna del trasnoche: del Santiago y cierra España a los cuarenta muros de Ceuta y Melilla que dicen van a levantar.
La ilusión del ciudadano por la vida democrática se va hundiendo en el crepúsculo de la efebocracia: la participación estimada para el 10-N es de un 68%, la más baja desde las primeras elecciones democráticas de 1977. Sin saberlo, los diputados hacen que la imagen grandiosa y dialéctica de los forjadores de la democracia vaya quedando tan solo impresa en los libros de historia. De Suárez a Calvo Sotelo, pasando por Anguita, arde en el fuego impuro de una generación de talento escondido, que afronta el combate con su antagonismo sin ese algo de distanciamento, humor y fina ironía que aquellos próceres esgrimían muy a su sabor.
Vuelven, pues, los dos grandes bloques más una amenaza antañona y temible; caen las naranjas de Albert, en su pochez de trilero mediterráneo, y se desinfla el mensaje de Podemos tras su reconversión en casta. Los nacionalismos y separatismos obtendrán escaños suficientes para negociar (ERC, Junts per Catalunya, CUP y PNV podrían sumar entre todos más de treinta asientos en el Hemiciclo...). Pablo Casado no se abstendrá y la XIV legislatura de nuestra democracia se verá envuelta en el torbellino al que nos hemos/han habituado.
Son las dudas de los lunes, el jolgorio demoscópico, la continuidad de un sistema de elecciones caduco y regido por la ley d'Hont los que desarticulan esta realidad ensalivada de lujuria por el Poder, en la que el servicio al ciudadano se ha convertido en la flor muda de un recuerdo intencional. En las encuestas se concentra un fragmento de nuestra historia, de nuestros problemas, el mal sueño que es el voto dócil de la masa y sus movimientos de vaivén, por mor de la bebida envenenada de la propaganda, no del programa. Pura cojera ética.
El procesismo es la aldeanía que quema a Cataluña en el Raval mientras el Estado enviá a más patrullas. Muy atrás queda la alfarería transicional, incluso la novedad de los partidos jóvenes y sus multicolores banderines. España tiene sus necesidades mingitorias, ha de aliviarse la vejiga política de vez en cuando. Los gabinetes de los partidos necesitan la demoscopia para improvisar sus discursos y mítines, para el boxeo dialéctico sin tregua. Es la sociología, los Tezanos y demás, la que está al servicio de sus señorías y no al revés. Ni más, ni menos.