En La balada de Genesis y Lady Jaye (Marie Losier, 2011) asistimos a una de las más conmovedoras historias jamás contadas, la del amor que exhibe retrospectivamente hacia su difunta esposa el protagonista del documental, quien nos detalla el homenaje mutuo que ambos perpetraron utilizando sus cuerpos como bastidor para llevar a cabo la materialización de un nuevo modelo de relación conyugal.
No obstante, primero hemos de repasar los antecedentes del personaje, quien no les resultará ajeno a aquellos cuyas ingles ya luzcan canas, pues protagonizó un escándalo mayúsculo allá por los años ochenta al emitirse en el programa musical La Edad de Oro unos vídeos de su grupo de entonces, Psychic TV. Las imágenes se tildaron de irreverentes y blasfemas por parte de toda la prensa nacional, y la polémica llegó incluso al Congreso de los Diputados, lo cual determinó a la postre la clausura del espacio televisivo. Sin embargo, lo interesante del debate radicó en el hecho de que comenzaban a plantearse en el seno de la incipiente democracia española cuestiones de alcance universal tales como los límites de la libertad de expresión respecto a la salvaguarda de los sentimientos religiosos. En este sentido, poco parece haber evolucionado la sociedad, pues no solo continúa vigente la sobreprotección jurídica de que gozan ciertas instituciones, sino que el ámbito de la crítica desprejuiciada parece estrecharse cada vez más ante la irrupción de nuevos tabúes sociales a rebufo de la asfixiante corrección política de nuestros días y la sacralización mojigata de cualquier memez, lo cual ha terminado por trasladarse al ordenamiento jurídico punitivo, o lo hará más pronto o más tarde. Pero no pretendo ocuparme en este artículo de la irrupción del inquietante pensamiento único en nuestra sociedad, pues allá cada cual con su tolerancia al escándalo y sus existencias de papel de fumar, sino de la figura del señor Genesis P-Orridge (Neil Andrew Megson, n. 1950), quien ya se erigió como un revulsivo de conciencias desde los inicios de su carrera artística a finales de la década de los sesenta. De hecho, algunas de las performances del colectivo COUM, en el que se integró, suscitaron gran controversia en el Reino Unido por su fuerte contenido escatológico atentatorio contra el buen gusto de una sociedad adocenada, con mociones en la Cámara de los Comunes incluidas a causa de la financiación pública de tales manifestaciones artísticas. Como vemos, se trata de algo parecido a lo que ocurriría en España años más tarde debido al carácter público de la televisión estatal, si bien uno tiende a pensar que este argumento no constituye sino un subterfugio para ejercer una censura soterrada.
A mediados de los ochenta, Genesis P-Orridge fundo la banda Throbbing Gristle –algo así como “cartílago palpitante”, lo cual, efectivamente, hace referencia a eso en lo que están pensando—, considerada por muchos la pionera de lo que ha dado en llamarse música industrial, si bien este tipo de títulos tan maximalistas suelen contar con muchas candidaturas. Sea como fuere, el grupo se caracterizó desde un principio por el ejercicio de una transgresión tanto formal como conceptual, valiéndose de la aberración sonora para poner en práctica sus postulados teóricos y de una meticulosa estrategia mercadotécnica con la que Mr. Genesis iba encauzando su carrera merced a escandalosas apariciones en los medios y sus coqueteos con la estética fascista, más chocantes si cabe si tenemos en cuenta sus inicios en el seno de la contracultura y del anarquismo libertario.
Una década después conoce a la que se convertiría en su esposa Lady Jaye, una artista contracultural que se ganaba la vida como dominatriz, cuya potente imagen, desgarbada y enigmática, subyugó a P-Orridge, quien la convirtió a partir de entonces en su principal fuente de inspiración. Ella amplió su elenco de intereses hacia otras disciplinas creativas, como la literatura, y entre ambos pergeñaron una nueva filosofía, la pandroginia, culmen del amor que se profesaban. En efecto, los cónyuges renunciaron a tener hijos en común, y sustituyeron la amalgama genética inherente a la procreación utilizando sus propios cuerpos mediante un intercambio de sus respectivas apariencias sin necesidad de implicar a terceras personas y sin que a ello obstara la diferencia de edad. Se sometieron, así, a una serie de operaciones de cirugía estética para asemejarse el uno al otro —si bien los resultados parecen más manifiestos en el caso de P-Orridge—, en lo que veían como una reminiscencia quirúrgica de la técnica del cut-up, puesta en boga por el escritor William Burroughs, consistente juntar fragmentos de texto recortados al albur para conformar el mensaje. Asimismo, se copiaron recíprocamente sus numerosos tatuajes, ella se hizo la mastectomía y él se implantó un par de mamas bien lustrosas, lo cual sus hijas, por cierto, aceptaron con bastante renuencia y porque se trataba de un hecho consumado, aunque se las supone habituadas a las excentricidades de su padre.
La muerte de Lady Jade, en 2006, dio al traste con la culminación del proyecto pandrógino. Sin embargo, P-Orridge, en lugar de revertir su aspecto lo ha mantenido y continúa luciendo orgulloso su nuevo palmito, lo cual supone un reconocimiento póstumo por parte del viudo amantísimo hacia quien fue su verdadera musa, en uno de los más sentidos homenajes que quepa imaginar. Quizá la visión cotidiana de sus propios senos le evoque la presencia de la diosa y haya contribuido a que lo amargura no lo hiciera zozobrar.