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El debate: todas llevaron pantalones y ninguna mochila

viernes 08 de noviembre de 2019, 20:16h

Las cinco llegaron de pantalones y el tono general, el nivel intelectual y espíritu conciliador, en amplio espectro, fue muy superior al de sus compañeros varones. Me gustó el prologuillo de Irene Montero donde se nos contó por lo menudo el nivel de precariedad que sufre el pueblo español similar a Polonia y con un paro general cada vez más próximo a Grecia. Escapar de la charca mefítica solo puede venir de la contratación estable, indefinida, ajena a ninguna temporalidad ficticia, en un modelo laboral cada vez más europeo, sin la chapuza tan española de regar de subvenciones a las empresas para que contraten y después abaratar el despido con la respectiva patada en el culo. Los autónomos con un solo pagador –por fin al descubierto y subrayado- no son autónomos y merecen una nómina. Sin más.

Ana Pastor fue la gran baza del PP, no es una señora de las de Casado cuanto una política de treinta años de ejercicio, sin una mancha en su currículum, con una capacidad de trabajo descomunal: catorce, dieciséis horas, tentempié de sándwich y agua mineral a media mañana como Luis María Anson (aunque éste es más de media tarde y Cacaolat o batido de chocolate) sin despilfarro en pitanzas ni bravatas de barra. La baza del PP fue clara: exhibir gestión, glorias pasadas. Se lo dijo a Monasterio a doble espacio (“ustedes no han gestionado ni una comunidad de vecinos”), y el envite de Pastor fue subrayar la salida a la crisis por parte de Rajoy en la seriedad de los mejores logros festivos y florales del ayer. Ahora bien, Arrimadas supo sortear los pitones veteranos con su capote folclórico (“Nosotros tampoco hemos gobernado ni robado”): ese PP de Pastor y Rajoy, también fue el de Bárcenas, queridos amiguitos, todavía hoy con alfombra roja a la salida y entrada de los juzgados.

Monasterio fue radical: su objetivo es parar a Sánchez, todos los demás son susceptibles de pactos entre sí menos ella. La nueva derecha radical –como tanto repite Pablo Simón- ya no es la fórmula clásica (Xenofobia + Liberalismo) sino otra más europea (Ayudas sociales + Chauvinismo; más Orban y menos Le Pen). María Jesús Monasterio ni se puso colorada con las facturas pagabas en puticlubs por sus dirigentes, y sí hubo un mensaje B en todo momento de puerta abierta, de mano tendida, con posibles pactos de estado (educación, despoblación, etc) entre el dúo único progresista porque no hay más: PSOE y Podemos. Irene Montero –para mí la triunfadora de la noche- volvió a incidir en dónde están los sesenta mil millones de euros que debe la banca al pueblo y en otra economía que incluya la digital, la industrial con el sector del automóvil a la cabeza y el sector alimentario, donde coincide con el PP y no es todo la tríada clásica: Educación, Sanidad y Pensiones. El PP quiere ley sobre el cambio climático, quiere respeto al medio ambiente, quiere energías renovables, quiere plan sobre deforestación, quiere tecnologías limpias y, por fin, en la mente del oyente atento, parece que estamos ante otro mundo ajeno al prehistórico. PP y Podemos, cada uno desde su lado de la orilla, fueron los modernos, evitaban el choque y con el dedito señalaban a la línea temblona del amanecer, donde parecía con mucho esfuerzo comenzar a salir un sol tímido, discreto y acojonado.

El reproche permanente fue Monasterio y el futurible Arrimadas (vacuo, gaseoso, vacío). La primera con absurdos, pensiones de capitalización mixta, cuando el pobre que no pueda pagársela queda ya excluido; la segunda, muy preocupada ahora en la definición, liberal y de centro, muy preocupada en sus pactos con el PP (Andalucía, Castilla-León, Madrid) y muy preocupada en que no se vea la veleta, porque según todos los pronósticos el batacazo será gordo de campeonato. Ni Irene Montero ni Ana Pastor buscaron la confrontación directa, Monasterio daba su mitin eterno solo mirando a cámara y la intención de Arrimadas, velada o explícita, fue que Pastor la mirase para pactar y que el PP es, sí, por supuesto, socio preferente de Gobierno. Claro, claro. Nos hubiese gustado más carne en el asador sobre transición digital, más cambio climático, más soluciones a eso de solo un nueve por ciento de contratos indefinidos para los cerca de veinte millones que se hacen en este país, más acuerdos de ideas sin sillones de peluche rojo ni nombres concretos para los mismos. Ideas, sin nombradía, qué hacer y no quién.

Pastor está con las autonomías y Monasterio dijo que traer a la niña del cambio climático a Madrid (Greta) cuesta 150 millones. Montero (Podemos) dispara a las multinacionales y fondos buitre. La otra Montero (PSOE) acerca la baza de la Coalición si todo se pone feo, muy chungo (¿Es la línea Ábalos y no Carmen Calvo/Pedro? También Pastor frenó a los “sorayos”, no olvidemos). Todas llevaron pantalones y ninguna mochila: pareció otro debate donde la verdadera clase media española estuvo en dos oradoras cordiales, rotundas y brillantes (Irene Montero, Ana Pastor). Al PSOE de Pedro Sánchez solo le queda la opción de pactar en Coalición (siempre mayúsculas) con Podemos. Las tres derechas (Ciudadanos, PP, VOX) pueden pactar contra el enemigo socialista. Gente muy cabreada de la derecha civilizada (PP, Ciudadanos) sabemos por lo menudo que se está volviendo extremista (VOX). La clase media española levantó este país en todas las épocas de sus gobiernos y precisa un modelo laboral europeo si no quiere desparecer o volver al feudalismo. Una economía fuerte exige temporalidad indefinida para sus obreros, menos chapuza de adelantar el IVA para cobrar la factura de marras.

Pastor se equivoca en eso de que una tasa Google, por ejemplo, es la culpable de los aranceles al aceite español en nuestras fronteras. Hay que crujir todo lo posible y lo imposible a quien evada capital y tribute fuera: Amazon, por ejemplo, culpable del hundimiento de nuestro comercio de proximidad, y de que treinta mil autónomos hayan bajado la persiana en los últimos tres meses (800 al día durante este julio pasado). España votará el domingo, quedarse en casa es perder el tren, otro mundo digital y climático está aquí, pero la forma de dar batalla es tener ya un Gobierno firme. No somos ni Polonia ni Grecia y entre todos (solo por medio de pactos dado el abanico actual de partidos) hay que arrimar el hombro y empujar el carro cuesta arriba. La moderación es el mejor antídoto frente a los altavoces de la fruta en la feria. No hay más tiempo para reyertas.

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