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FRACASA MEJOR

Oh Walt Whitman

Miguel Ángel Gómez
lunes 11 de noviembre de 2019, 20:10h

Oh Walt Whitman, un cosmos, el hijo de Manhattan, me sentiría culpable si me apartara de tu vida, contigo creo que soy fuerte. Me siento como medicina capaz de arar el surco de maíz más recto, sospecho que están hartos de mí. ¡Muy bien en este momento! –contestan. Quiero estar demasiado ocupado en reconstruirme a mí mismo cada día, Walt Whitman, disolviendo mis obsesiones en los Asuntos Espirituales. Me siento como un duende con un guante negro impulsado por el temor de ser interrumpido, de confundirme. El gas lacrimógeno cruza raudo en formación sobre la espalda de Falconetti. La palabra está escrita en pos de lo irreal, de lo maravilloso. ¡Arranco los cerrojos de las puertas! ¡Arranco las puertas mismas de sus quicios! Mis piezas son una Babilonia. Mis ruidos son como un golpeteo sin cortar el papel en la guillotina. Escribir es un trabajo muy duro, Walt Whitman, quiero sacar el material estropeado que pesa en el dulce valle con Madame Aleluya por los campos de heno recio. En la calle Fruela, las vagonetas están llenas de mirlos dispuestos a cantar otra vez y sus energías se convierten en poder espiritual. Mi horóscopo SALUDA CON LA CABEZA me ofrece la inspiración divina, es una corriente que se levanta. –Discúlpeme, me dice. Todos estamos un poco locos. Los enanos quisquillosos están demasiado ocupados convirtiendo todos los días en huelga. En el mar Egeo echo de menos a Alfred Hitchcock hablándome en sueños con un acento maravilloso. La Canción de los Trabajadores puede llegar a ser una verdadera mina de oro rumbo a la gloria. Mi mano considera el mejor idioma del mundo el de los trabajadores. Mi alter ego, oh Walt Whitman, se entrena sin los espejos y sabe lo que es habitualmente cierto.

Tengo un montón de amigos en la mesa del café Rouault y parecen un grupo de chicos bastante majos sin meteduras de pata. Ya no hay barreras. Brotan de ti voces, señor Whitman, voces de interminables generaciones de esclavos que se encuentran de pronto frente a frente, consigo mismos ¡Qué momento! Inhalo una vigorizante fantasía desde que leí Hojas de hierba, maestro Walt, es un reino diferente lleno de escarabajos que arrastran su bola de estiércol. Brotan voces, pegan un puñetazo a Santa Fantasmada. Todo el mundo lo entiende rumiando las cosas. Doris Day y James Stewart sostienen un vaso de roble mientras la fiebre ya no es molesta como el fuego del Apocalipsis. Mi cabeza es un ángel o una paloma. Voces vienen aminorando la marcha. ¿Qué era lo que les hacía venir a esa velocidad? ¡Mi yo interior es feroz! La mecha del siglo veinte causa en mí el efecto de una combustión espontánea. Sólo la música de Marvin Gaye permanece en cualquier patio interior. -¿Dónde se inició? ¿Alguien lo sabe?. El ambiente es claro y palpable. No me cubro la boca con los dedos para no matar lo romántico, oh Whitman. Carrrrrashhhh, el vendedor de conejos, divino por dentro y por fuera, sale cien metros detrás de Estaba Señalando. Las poesías empezadas quieren comer en paz, hojeo las páginas amarillas construidas como muros con sillares de arenisca, tío Walt, sin seriedad superficial ni negarme a afrontar los problemas. Otra vez las cenizas recibiendo tributos de admiración. Otra vez la ortiga maligna en el combate. Otra vez legiones agitando la bandera blanca mientras tocan el ángelus. Allá un espinoso erizo sin ganas de cotillear. Allá me clavo las uñas en la carne al cerrar mis puños. Los gatos españoles no saben mirar con ojos salvajes. Los gritos de un sargento junto con las flores ardiendo. Cadáveres vivientes lo ven todo y lo oyen todo bebiendo vasos de tela de araña, la angustia choca su auto contra mí. Estamos otra vez bajo un techo destruido sin Norman Foster en la calle de los agujeros. La cabeza humana, para poder crear, debe llegar a ser realmente una cabeza humana. El sol se eleva suave como la nieve ante fugaces miradas sagaces.

Venga, oye, Whitman, eres un gran jugador. Corazón de Soldado es mi novia, me encontré con ella todas las tardes después de la tercera campanada y admiré su facilidad verbal extraordinaria. Tengo una postal sujeta con chinchetas de Somo sin metamorfosis donde nos sentamos en los peldaños de madera abanicándonos con periódicos. Las luciérnagas y las polillas repiqueteaban. Meditamos sobre Poeta en Nueva York, Walt Whitman, la disciplina que predica Federico toca los puntos principales. El Concorde en la noche invernal sobrevuela cañones negros, impasibles, paquetes de pólvora, redes de pescadores, profundos silencios, ventanas con vidrios de colores, tierras salvajes, salpicaduras de sangre, muchachos vomitando y gimiendo.

Ah la vida, oh Walt Whitman, mi ángel que adivina lo que soy al decirle ¡Necesito calor! No voy a encontrarme ausente. No voy a estar sitiado por una tormenta de nieve. Voy a hincar mis garras en el vientre hinchado del hombre. Poco a poco conoceré su forma de actuar. No estaba previsto que el telón se alzara para mi obra de teatro, pienso en el hombre o en la mujer, en la risa expectante y desbordante o en la tristeza sensacional, en mí al otro lado del río con mi madre de velo claro, puedo vivir indefinidamente gracias a ella, señalar el lugar donde miro ahora. Al final, como dice Pla, aparecen ante mi vista, envueltos en una ligera neblina, agrupados en un haz gigantesco, como un haz de espárragos, los rascacielos de la ciudad baja de Manhattan, querido Walt Whitman. “Mi literatura es más loca que yo”, que diría Gombrowicz, y es cierto, surgimos de una locura cobijada en un sobre con nuestro propio nombre. No vaciles, oh artículo –me dirás- cumple tu destino, siendo un eco en la altura revelando mi yo. Los relojes traen un mapa de rascaduras y de coágulos de sangre. La luz se disuelve en baldes vacíos. ¡A callar! –gritan. El libro es una delicada estructura de acero. Jamás soñé que el alma esté muerta. El guardarropas tiene carga de profundidad desde que cambiamos. Tu aspecto barbudo, Walt Whitman, me incita a un tiempo completo de escritura. Thoreau y Emerson, quiero apropiarme de las palabras de los profetas. La vieja causa de quedarse inmediatamente, de coger Resumen de la historia, de H. G. Welles. Reposan pájaros a la luz de la luna, en la calle, campanas homéricas nos juzgan por sí mismas. Oyes al anciano canoso del mar. La leyenda de Adán y Eva se alza en una cabaña de troncos de pino sin devastar. Mi oreja está en tu sendero de las Dos Caras.

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