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Ángel Guache: ganas de pelea, juglaría y cordura

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
viernes 22 de noviembre de 2019, 20:05h

No se me ocurre aventura mayor, desde márgenes y disidencia, que la obra poética de Ángel Guache cuyo últimos diamantes duros están en la calle sin pasar frío (libro y disco): Cantos para ballet bufo (Hiperión) y Ballet volcánico (Guache & Marcelo Pull). Guache es aparición por boca de Metro o bajada de taxi, Guache es barba hasta el ombligo y abrigo con sueño de chalina o levita, Guache es prestidigitación de la luna y juego, humor, convulsión, mántica. Algunos sabios de la tribu no han podido ser más certeros: “Notable postsimbolista, representa la voz del humor de la nueva poesía española” (Bonet), “Poesía arrebatada, funámbula y eléctrica, jocunda y erizada de pasión” (Prieto de Paula), “En el trono de la poesía humorística española de finales del siglo XX se sienta por méritos propios el divertidísimo Ángel Guache” (Luis Alberto de Cuenca). Las coordenadas del campo magnético son claras: postsimbolismo, neopopularismo, humorismo festivo, psicodelia, misticismo urbano, pero también otra línea arde.

Cantos de para ballet bufo es la más completa antología de Ángel Guache (pintor y poeta) hasta la fecha. En su frontispicio ofrece la temperatura exacta de la hoguera: “Los poemas de este libro están escritos para ser leídos como monólogos, en voz alta, o entre el canto y el recitado, de una forma enloquecida, por un actor o cantante tragicómico”. Mi línea es que Guache parte de un surrealismo para sí mismo, en los primeros años con mucho de mester de clerecía o poesía social y, andando el tiempo, puro mester de juglaría, artefacto e intimidad salvaje como otra forma de cordura y honestidad brutal ante un mundo despiadado y consumista. Poemas donde el alma se compra en un bazar de los chinos, pastores de nubes, ranas marinas, alunados y alucinados, bohemios o locos que viven en árboles y coleccionan estrellas por medio de la lengua, espiritistas de la legaña, murciélagos rotos, siempre esperanza y jamás espera en ríos que empiezan con el ahogado en los primeros versos y sin quejarse o pedir dinero: “Morirse es carísimo./ La cantidad de buitres/ que hay alrededor/ de la muerte./ Para qué nombrarlos,/ los conocemos todos”. Autorretratos sin piedad con todos los clavos fuera del ataúd y la sonrisa partida: “Puedo hacerme el muerto,/ vivir desaparecido,/ arder invisible cuál pálida llama./ Bebo alcoholes de lluvia,/ alarido de hilo de bramante,/ almuerzo los furores de mis entrañas”.

Ángel Guache vuelve a la entraña del hombre por el hombre, alejado de tecnología y rapiña, donde el juego es amor, donde el conocimiento es diversión, donde merece la pena darse y no retenerse, donde el amor se declara a una morcilla y la bombilla es otro sol para el trabajo: “Soy el que pone los huevos y no pone pegas./ Soy los claros clarines tocando a retreta./ Soy el que la mete y no tiene meta”. El exceso en Guache es escándalo, picardía, ingenio pero mucho más coger al lector por el cuello en tiempos donde la miseria lleva a prescindir de la letra impresa por otro mundo donde el Dios Capital maneja a sus esclavos entre pantallitas fosforescentes: “Soy el que pita con el pito./ Soy el culo del mundo y estoy iracundo./ Soy la guerra pornoguerra./ Soy la cubana que baila sin son./ Soy una regadera que quiere regar la era./ Soy el que toca el ano con el trombón”. El poeta colecciona imágenes, propaga sustos, canta a la araña o al insecto y siempre escapa de prisión por el lamento de su flauta, melodía para la risa, hora de la tortuga, cogorza de Monalisa.

Cantos para ballet bufo es una invitación al amor loco y al tango del reidor, el amor es máscara o careta, y lo que importa es comenzar a pensar de otra manera, al revés de los tiempos, donde atreverse es todo y la nobleza comienza por mostrarse sin impostura ni dobleces. Quiere para sus letras la dirección exacta de Gastón Bachelard (“La energía es una estética”) junto a la de Quevedo (“También la lengua a razonar aprende”). El bosque de la verborrea esconde los mejores precipicios, siempre hay motivo para la duda y espacio para ser otro entre los demás, oportunidad en el original ajeno a rebaño: “A veces soy un pianista manco. / A veces no comprendo la estatura de mi sombra. / A veces el mundo gira dislocado./ De una pedrada se rompió el escaparate. / Salieron los maniquíes de paseo”. Estamos ante un poeta entero de vanguardia francesa, mamífero parlanchín, pesador de tetas y ubres a domicilio, Popeye en el ejército diezmado por las hambre o las ofertas, héroe del misterio, velocidad y veleta. Subirse al carrusel de Ángel Guache en Cantos para ballet bufo es comenzar a creer en otro mundo posible: su enfermedad de charlestón a la vinagreta cura, mejora, orienta, ilumina el viento con agua y conduce los pasos a la suculencia de la deriva donde el cielo absoluto es darse, regalarse, no venderse. En la guarida del león de sus poemas, en el berrinche del caniche, en los ojos del burro muerto, encontramos el vértigo del alimento diario sin una gota de grasa.

Diego Medrano

Escritor

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