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Rabia, pasión y angustia de Julio Valdeón

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
martes 26 de noviembre de 2019, 20:09h

Sigo a Julio Valdeón desde su novela Palomas eléctricas, subyugado por aquella prosa nerviosa similar al templar de los metales en ebullición superlativa y coruscante. Muy bien lo pasamos este verano asturiano en una cena de sidra y risas. Fui yo quien le animó a recopilar el actual serial del Procés, que vio la luz en las páginas luminosas de La Razón, la editorial Carena lo quiso publicar, hubo hasta boceto contractual, pero en el último momento se echaron para atrás y en palabras de su editor, José Membrive: “Si lo saco a la calle me queman el chiringuito”. Editorial Deusto se adelantó, dio el paso firme y el libro, en libertad, está hoy con sus lectores: Separatistas ante los ropones. El título se lo dio Raúl del Pozo y el subtítulo no puede ser más esclarecedor: De cómo la justicia garantiza la supervivencia del estado de Derecho frente a los políticos insurrectos.

Cada vez el Procés me recuerda en mayor medida a García Calvo y el amor: todos quieren para el amado o amada posesión, eres mío, eres mía, y García Calvo argumentaba que ni mía “ni tuya siquiera”. La crónica de Valdeón, remozada y perfeccionada en libro, arde al cabo de la calle, su bisturí es el lirismo, entre el reporterismo y la crónica, el atestado y el análisis, rock de las palabras de un espléndido poeta licenciado en Historia que desde Nueva York, a golpe de streaming, no se movió de la pantalla con tal de no ver a su país troceado como un quesito gruyere. El libro arranca el 12 de febrero de 2019 cuando doce políticos catalanes toman asiento ante los jueces de la Sala Segunda del Tribunal Supremo, acusados de organizar y sacar adelante el referéndum y la declaración de independencia. Pronto se añaden otros siete cargos políticos, incluido el expresidente Carles Puigdemont, fugados, prófugos y ajenos a toda ley.

Valdeón se bate el cobre frente a siete jueces, cuatro fiscales, una abogada del Estado, la acusación popular y los abogados de la defensa. Entiende el proceso como la culminación de cuarenta años de traiciones a lo común, el proceso independentista catalán como la más importante afrenta a la democracia española desde el 23-F de 1982. Valdeón levanta su prosa dentro de la ley, como garante de la libertad para todos, frente a la tiranía de los poderosos. Arcadi Espada premia en el texto que se convirtiera en “juez y parte”. Cayetana Álvarez de Toledo resume su heroísmo de modo telegráfico: “Este libro es pura pedagogía. De la ley y de Valdeón”. Giménez Barbat es más explícita: “Julio Valdeón es un ciudadano planetario que ayuda a construir el mundo denunciando nuestras charadas locales”. José María Albert de Paco añade: “Narra el juicio como cabría esperar de un periodista de su tiempo: preguntándose a cada testimonio cómo la sinrazón llegó tan lejos”. Valor, entrega, lucha.

El reto de Valdeón es material –contar lo que la pantalla dicta- pero mucho más espiritual: desvelar la inmundicia intelectual, el tinglado, todos los malabares de las élites implicadas para pasar por encima de las leyes. Añaden los editores que el texto es fronterizo entre Hemingway y Orwell, siempre con la xenofobia al fondo, el desprecio a los demás que protege únicamente delitos de sedición y malversación, junto al robo a manos llenas. Valdeón se enfrenta a unas instituciones que a toda costa quisieron borrar del mapa los símbolos comunes en lucro propio, desacato y desprecio a la Constitución, cargos políticos a órdenes de delincuentes fugados, chiquillos presionados en los colegios por hablar español, medios de comunicación en su negocio particular de agitación y propaganda, la honra a los terroristas y el desprecio a las víctimas sin pudor alguno.

La grandeza de Separatistas ante los ropones es mucha: recoge el agua siempre perdida, la fase oral del juicio, la altura moral e intelectual de los implicados en su palabra primera y precipitada, sus balbuceos y excusas adolescentes, su falta de coraje y sensibilidad democrática, los razonamientos escacharrados y el miedo sudoroso al superior. La grandeza de Valdeón es buscar el bozal ideológico para escabecharlo, negar las imposiciones del nacionalismo catalán que parecen obligatorias y naturales. Épica, pura épica frente a los forajidos y ninguna medalla: “Los héroes de esta historia son los docentes puteados por unos centros miserables y abandonados por unos sindicatos que insultan la memoria del sindicalismo español antifranquista”. Valdeón está con los resistentes, en Cataluña, contra los chiringuitos; el ideal ciudadano e ilustrado frente a la fe nacionalista y el interés colectivo de su demencia contagiosa. La mejor respuesta para el actual debate sobre si los conflictos políticos deben o no judicializarse. Una obra de arte absoluta del coraje ciudadano donde triunfan y brillan por igual razón y libertad plenas.

Diego Medrano

Escritor

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