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TRIBUNA

Anatomía de una exageración

lunes 02 de diciembre de 2019, 20:32h

No abandono nunca mi llaga de silencio y peso, los gatos menores y cursis, una gata centáurica y rara que pasea por caminos de escarpadura y lagartos y lo mira todo con ojos de niña lista por encima del mogollón de replicantes. Me alejo de los males precisos, ineludibles, necesarios. El polaco Adam Zagajewski (Lvov, actualmente Ucrania) sigue demasiado vivo y escribe en prosa cargada de una libertad emocional que todos esperamos. En su último libro capta el sentido a muchos universos de distancia de otros escritores. Me refiero a Una leve exageración (Acantilado). Su voz, cuando llega la nieve y el hielo, nos lleva a hacer una excursión “sin contarlo todo” como nos advierte en la primera página: “De todos modos, no lo voy a contar todo. Porque, bien mirado, no ha pasado gran cosa. Y, además, soy un representante de la vieja escuela de la discreción de la Europa del Este: aquella que no habla nunca de divorcios ni reconoce que uno está deprimido”. Nos habla de sus lecturas: “Leo un artículo sobre Gottfried Benn en la revista Poetry. Al mismo tiempo, el boletín varsoviano Literatura del mundo”; “Leo la voluminosa biografía de Robert Musil, obra de Karl Corino”; “Leo los esbozos de Gershom Scholem, sus polémicas y sus retratos de intelectuales”; “Leo los Poemas tardíos de Czeslaw Milosz”. Es un genio. La democracia para él no tiene que estar destrozada como un vagabundo.

Adam Zagajewski es un maestro de atender al catálogo de lo minúsculo, afirma que es de los últimos autores que utiliza el concepto de “vida espiritual”. Para él la poesía puede llevar a una transformación sólida, fomenta la neurosis hasta llevarnos a la locura, es un canto de pájaro que carece de forma. No escribe novelas porque no es novelista pero habla de la Cracovia que vivió en los albores del siglo XXI. Son memorias de la anécdota: “Un momento gracioso en Lvov, durante la primera cena, acusé de buenas a primeras a mis compañeros de viaje de no entender nada de aquella ciudad”. El Premio Princesa de Asturias de las letras nacido en Leópolis y miembro de la Generación del 68 en su país, trata aquí el tema de la muerte. La muerte trata de sondearnos y muerde por igual en el costado a pobres y ricos. Una leve exageración es una autobiografía que crea, construye, da esperanza y compasión incluso cuando ya nada importa nada. Se muestra crítico de los viajeros que no son de fiar porque su entusiasmo es efímero y caprichoso. Pienso que a lo largo de la historia de Lvov hubo un período de amnesia, una época de la nada. Nos trae instrumentos de cuerda y percusión, arpas, coros, teatros de ópera. La música trae vestidos persas de algodón.

Los bancos rajan el espíritu del hombre. El disco roto lamenta el espíritu de violencia. A la ópera no la aniquilan de la noche a la mañana pues la creación es un juego y el juego es divino. El maestro que le otorga un don total, sin limitaciones a Adam Zagajewski, es Franz Kafka: “Cuando leemos a Kafka: un mundo que nos resulta ajeno. Y en algunas novelas más recientes: un mundo domesticado. Recuerdo, sin embargo, que, en las novelas muy antiguas, me gustaban los resúmenes de los capítulos donde el autor anunciaba lo que le iba a ocurrir al protagonista a lo largo de las treinta páginas siguientes. Podíamos dormir tranquilos, alguien velaba con nosotros. El Ángel de la Guarda y el viejo buen novelista con los dedos manchados de tinta hacían turnos junto a la cama de un niño para ahuyentar con pericia los demonios y los temores”. El coro de demonios, como si dijésemos, arma alboroto en la azotea y el poeta muestra amor por la creación y por el arte, mientras nos protege sin un feo carácter.

No escasean las entradas sublimes en Una leve exageración: “No soy un desterrado, pero desde que comprendí que el mío es un árbol genealógico de desterrados, me di cuenta de que la semilla de irrealidad que a menudo descubro en mi camino no tiene su origen en los periplos, en la inseguridad del mañana y en las maletas de grandes de bocas ávidamente abiertas”. Al subir por las escaleras sin alfombrar del nuevo libro de Adam Zagajewski se oye todo a través de las delgadas paredes de su prosa. Cuando lo leo tengo la sensación de estar jugando al ajedrez como en la burlona El séptimo sello de Ingmar Bergman. La experiencia de tanto tiempo le ha servido para ser un nuevo Adam, o mejor, el Adam que hay detrás del descrito por él. El interés del libro de Adam Zagajewski son sus lecturas, los momentos en que espía lo que en la vida puede verse, lo anota.

Es un virtuoso al hablar de ciudades en las que hacer “algo distinto”. No tiene Adam Zagajewski vocación de escritor menor. Hecho un vistazo a sus anécdotas. Cuenta que hubo años en que escuchó la música de Mahler con gran atención. Es un autor portentoso. “La música que escuché contigo / era más que música, y la sangre / fluyendo por nuestras arterias / era mucho más que sangre”, nos dice vivaz e inteligente.

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