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TRIBUNA

Terror en el Bataclán de Barcelona

domingo 08 de diciembre de 2019, 19:37h

Los años rojos es un testimonio maestro de memoria histórica. Un documento trepidante donde el creador de los Premios Ondas que otorga la Cadena Ser desde 1954, el gran periodista catalán Manuel Tarín-Iglesias (1919-2007), recuerda su adolescencia como falangista en la Quinta Columna de Barcelona durante la Guerra Civil. Duro es pensar este libro magnífico, publicado en 1985 por la Editorial Planeta, colección Espejo de España, en este centenario del nacimiento de su autor. Pero sobran, tristemente, motivos para hacerlo.

Formado tras la guerra en rotativos como El Correo Catalán, El Nacional, Solidaridad Nacional y La Prensa, Manuel Tarín fue sobre todo un intuitivo director de medios. En su efímera, pero selecta revista Crítica, firmaron González Ruano, Cela, Mihura, Díaz Plaja, Del Arco, Cirlot o Soler Serrano. Y al frente de la revista Ondas logró tiradas inéditas y promovió el Primer Premio Nacional de Guiones (1953), lanzando al año siguiente los célebres Premios Ondas. Director también del semanario Cataluña Express, en 1961, pasó luego diez a los mandos de Radio Barcelona (1963-73), haciendo de esta la primera emisora privada española en establecer servicios informativos cada sesenta minutos, y la primera en radiar en catalán y nova canço durante el franquismo. Después volvió a la prensa para llevar a su mejor etapa al vespertino El Noticiero Universal (1973-77), que durante su gestión logró un promedio de ventas de cien mil ejemplares diarios. Méritos, en resumen, por los que Tarín recibió dos veces el Premio Nacional de Periodismo, amén de otros muchos galardones nacionales y extranjeros.

Como autor, aparte de algunos dramas estrenados e inéditos, Manuel Tarín-Iglesias solo publicó tres libros. Un comprometido reportaje sobre el dirigente del régimen de Vichy que Franco devolvió a los franceses: Pierre Laval, ¿Traidor? ¿Patriota? (Alejo Climent, circa 1946), la novela Pena de vida (Marte Año, 1968) y la ya mentada crónica de su adolescencia como quintacolumnista de Falange en la Barcelona revolucionaria. Tenía, Tarín, al estallar la guerra, dieciséis años. Aunque su adolescencia había terminado el 9 de diciembre de 1933, cuando el día de su 14 cumpleaños los anarquistas asesinaron a su padre, funcionario municipal y republicano convencido.

Pero vayamos directamente al hecho que motivó su movilización. El 26 de julio de 1936, Manuel pasea con su amigo Joaquín por esa Andalucía del norte que es el Paralelo de Barcelona, avenida cabaretera cuya faz, dice Tarín, había cambiado: “El Bataclán, viejo refugio del género más ligero y atrevido, se había convertido en cárcel de la FAI, y después de agosto sería sede las patrullas de control de la zona, contándose entre las más terroríficas”. Al pasar por la puerta del Bataclán, a la altura del número 85, ambos amigos son forzados a entrar en el cabaret-prisión a punta de pistola. Dentro, el ambiente de la sala también había cambiado. Ni canciones ni bailarinas. En la penumbra del patio de butacas, narra Tarín, estaban los detenidos, vigilados desde el escenario por varios pistoleros sentados en sillas con sus fusiles:

“Era una visión alucinante: aquellos seres del patio de butacas, encarados a un escenario sin espectáculo, cubrían las que habrían de ser las últimas horas de su vida, quizá rezando, en espera de la muerte. Aquellos mismos hombres, sin preguntarles ya más por su nombre, ni por su profesión ni por su familia, a media noche o de madrugada serían introducidos en coches y camiones para ser asesinados, poco después, al final de la calle del Conde del Asalto, en el Camp d’en Bufa, en la calle de Aníbal… Y a su regreso los milicianos recorrerían las casas del barrio para llevar nuevos clientes a las butacas del Bataclán y de nuevo, otra madrugada, acabar con ellos mediante el tiro en la nuca. Un día, otro día, otro día, otro día… El señor Companys lo había autorizado: ‘Sois los dueños de la ciudad y de toda Cataluña’. Los nuevos dueños, con aval de la Generalidad, ejercían su función”.

Pero Tarín está de suerte. Uno de los verdugos le reconoce y abronca a su captor: “Echa a la calle a este mocoso de mierda. Lo conozco bien. Y tú no me des más trabajo”. Era un viejo amigo de su padre, que tras llevarles de nuevo a la puerta del cabaré, dio a Manuel “un cariñoso coscorrón y regresó a la casa del crimen”. Una vez a salvo, alejados ya del Bataclán, su amigo Joaquín le dijo: “Manolico, acabamos de nacer, aunque cualquier día vamos a morir. Es hermoso que así sea”. Y así resultó para él, que en 1938 acabó fusilado en el castillo de Montjuich junto a sesenta y tres compañeros, tras un juicio en el que Manuel Tarín volvió a salvar la vida merced a las penosas gestiones de su hermano mayor, el reputado escritor y periodista José Tarín-Iglesias (1915-1996), y gracias de nuevo a viejos contactos de su padre.

Copio este episodio, porque me parece tan representativo del vivaz estilo literario de Tarín, como revelador del brutal contenido de Los años rojos. Y también para recordar a los cronistas barceloneses, que en el famoso cabaré Bataclán de su Andalucía del norte también cundió una vez el terror. Que así es, además, como se titula ese capítulo en las memorias de guerra de Tarín: “Comienza el terror”. Un terror que explica por qué tantos catalanes, de modesta familia y de habla catalana, combatieron por el Movimiento Nacional para alcanzar la victoria que lograron. Y sobre todo una historia que seguirá escrita en cementerios, cunetas y archivos de España, por mucho que la froten algunos herederos de sus siglas, claramente identificadas por Tarín. Pues como acusa la contracubierta de Los años rojos:

“Finalmente el autor presenta al PSOE como principal motor en las instalaciones y funcionamiento de las checas soviéticas en Barcelona y Madrid. En este caso, los del Partido Comunista fueron compañeros de viaje, pero los directores de las temibles checas soviéticas en España eran indudablemente dirigentes del PSOE”.

Fuerte carta de presentación, y seguramente matizable, que encuadramos aquí bajo el signo de la colección Espejo de España de la gran Editorial Planeta –fundada en Barcelona por un sevillano que llegó a la Condal en 1939 como caballero legionario–, destilado así por su director Rafael Borràs Betriu: “Y si en algunas ocasiones la estampa que Espejo de España nos ofrezca hiere nuestra sensibilidad o conturba nuestra visión convencional, unamos nuestra voluntad de reforma a la voluntad de testimonio antes aludida y recordemos la vigencia de lo dicho por Quevedo: Arrojar la cara importa, que el espejo no hay por qué”.

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