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El talismán y libro oculto de André Breton

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
viernes 13 de diciembre de 2019, 20:07h

El acontecimiento es litúrgico, festivo, radiante. Se publica por primera vez en España el libro más raro y maldito de André Breton, padre o papa del surrealismo: El arte mágico (Atalanta). Hablamos de un libro de culto, sí, durante años objeto de deseo por parte de los bibliófilos franceses, publicado tan solo por Club Francais du Livre (1957) en tirada limitada, siempre rareza superlativa, tesoro no disponible, belleza bajo candando, riqueza extraña. Atalanta ha tirado la casa por la ventana: tapa dura, páginas tamaño folio, iconografía e imágenes en color, papel de buen gramaje, rotunda maravilla. El libro vale más de su precio al portador y es talismán o amuleto del mejor Breton, del didáctico, de quien construyó una historia personal del arte desde los prehistóricos en las cavernas hasta Max Ernst sólo para sí mismo. Doscientas reproducciones visuales de alta calidad y esa escritura de Breton secreta, donde cuenta su surrealismo a través del Bosco, Brueghel, Holbein, Durero, Arcimboldo, De Chirico, Duchamp, Moreau… el más largo y excéntrico etcétera. Una joya.

Surrealismo, sí, a nivel teórico, según el criterio de fuentes y autoridad de Breton, pero también es un segundo libro, una historia de la magia, del pensamiento mágico en el arte, con los mejores resultados. Escribe Nadia Choucha en la contraportada, extracto de su libro Surralism and the Occult: “La magia es vista como una capacidad innata de la humanidad que siempre vuelve a emerger, especialmente tras largos periodos de racionalismo, y que ni la religión, ni la ciencia ni la política conseguirán erradicar jamás”. La magia bretoniana tiene mucho de pasión por lo salvaje, de eterna máscara negra picassiana, donde la potencia del deseo guía entre la espesura, donde la imaginación es sumidero u origen de lo real-maravilloso, lugar y plenitud del hombre para siempre. El regalo a la presente edición no puede ser más excelso: ciento cincuenta páginas sobre arte mágico en la pluma de Magritte, Bataille, Callois, Gracq, Cirlot, Blanchot, Klossowski, Paz o Heidegger. Escribe Pierre Molinier en dichas latitudes: “El artista mago traduce el mensaje, eslabón de una cadena sin principio ni fin, círculo infernal en el que el ser humano se mueve como un prisionero”. Inagotable El arte mágico.

La prisión de Breton es nítida: mirar, siempre, más lejos de lo real. El arte como agente provocador: todo aquello que te obliga a salir de ti mismo para ser otro. La palabra eléctrica siempre como carga de revelación. El arte sería el misterio, el enigma hacia el que tender, y la escritura la fuerza, el vehículo, escritura automática o no hacia dicho destino, velocidad o pausa. El libre ejercicio del pensamiento, en libertad y asociación permanente, encuentra su ensamblaje y doma en el arte. Breton aquí dobla la rodilla: supedita sus teorías a la obra de arte en cuestión, frente a él e inexplicable, la obra de arte anterior a su planteamiento o realidad física, el propio chamanismo del inconsciente al descubierto, el ojo lector de la plástica más excitado que nunca yendo la realidad o fisicidad –el cuadro que tenemos delante- por donde vaya. La magia, sí, es lo irracional y arcaico, la escritura otro diálogo, el hallazgo intelectual, el complot mismo de la conciencia de por qué eso es o no arte, de por qué dicha verdad ha de ser o no crucial para seguir viviendo en ello, sin escape posible.

Todo en Breton es doble lectura, es error óptico, es conciencia salvaje a partir de un soporte fisiológico desde malestar o la búsqueda, que en su caso es lo mismo, lo supremo al alcance del tacto sin titubeo, ruta o sendero que supere toda miseria. Lo nuevo –como en Baudelaire- es siempre lo diferente, lo absoluto. La representación es visión, sí, pero también debe ser alucinación o fantasmagoría. La temperatura de Alfred Jarry es la que hace exquisita la propuesta bretoniana en El arte mágico: “Lógicamente, la búsqueda del extremo lejano, en los mundos exóticos o abolidos, lleva al absoluto”. El universo interior, así contemplado, ha de ser ídolo, y el suelo materia, del que se despega siempre por la imaginación: “No creo ni en lo que veo ni en lo que toco. Solo creo en lo que no veo y en lo que siento”. Cerrar los ojos para ver, sí. Imaginación y pensamiento –justo lo contrario de lo que quiso Giordano Bruno- superan a la naturaleza, haya por el medio o no conciliación de necesidades, y así ninguna realidad futura vive al margen de un espectáculo nuevo.

Es el Breton de la poesía plástica, del vértigo conceptual, de la iniciación onírica y adivinatoria, del destino como tajo en la palma de la mano abierta, del afán de la magia por encima de todo impulso moral, de la amenaza de la razón y de todas las fugas y pactos del espíritu por escapar de ella. Descabellado, ocurrente, culto, su cantar de guerra es existencialista y su ingenio busca justo eso, la anti-realidad, región y religión del oráculo, donde el ojo quema y el cerebro es espectador, goce supremo de la sombra y sábana blanca, vibración y dolo de la mirada, lo más lejos siempre en el interior, lo más sabroso a punto del enternecimiento en la locura suprema de todos los sentidos, allá donde el aprendizaje es esplendor del trigo y cielo cocido bajo su mismo esmalte, deslumbramiento luminoso y medular. Uno puede entrar pero no salir de El arte mágico mineral, inflamable y la mejor trampa para no querer volver nunca más al oxígeno diario.

Diego Medrano

Escritor

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