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Jesús Aller: oído atento a los perdedores

martes 17 de diciembre de 2019, 20:24h

El bochorno actual de la poesía digital, poetas sin métrica ni ritmo, poemas a la manera de la lista de la compra, estafa y ganga, solo puede curarse regresando a la tradición y el oficio verdadero. ¿Son poetas? La mayoría, a poco que fuerces, confiesan no saber escribir un soneto. Jesús Aller (Gijón, 1956) compila más de doscientos sonetos en libro eléctrico, sabroso y ajeno a toda moda o superficialidad contemporánea: Los libros muertos (KRK). Aller es el último anarquista español –a la manera de García Calvo-: tiene coleta de calvo, chubasqueros de quien enciende fuegos sangrados a la intemperie, gasta botas y pana buena, escribe artículos para el digital Rebelión con toda Europa muy metida en la cabeza (la lucha o afán de Milan Kundera siempre fue que no la llamásemos Europa del Este sino Central, para librarla de la hegemonía soviética) y sus poemarios secretos (Asia, alma y laberinto; Recuerda; Subhuti; Los dioses y los hombres) cuentan con un puñado de fieles muy en el huerto horaciano, fieras de la armonía presocrática, enfebrecidos paganos del cuerpo y sus dones, siempre en la canción viva por la naturaleza, enemigos de violencia y capitalismo, mensajeros del compromiso y la creación, vida como acción y sueño, magia siempre y renacimiento.

Aller, jubilado de sus universidades tediosas, ajeno a las corruptelas habituales de estructuras piramidales pringosas, en la paz de sí mismo, poeta siempre, matemático de la angustia, ha escrito su gran libro: Los libros muertos. Cansancio vital y vitalismo irredento, miseria de calle y ese mundo lujoso en sus diálogos interiores, libido y sexo frente a tiranos y poder, conducen a la hoguera donde ha estado siempre: la “higiene mental”, otra forma de pensar lo que ocurre, palabra y razón en llamas frente a los asedios contemporáneos. Su enemigo es la conciencia de la historia, y otro lápiz rojo de la memoria enseña nuevas verdades ajenas a crímenes, imposturas y, lo peor de todo, silencios tolerados. Vive Aller ajeno al rebaño habitual, toda su atención fija en el engaño, las terribles dramaturgias de apariencia y engaño, y así la escritura rompe como liberación mayúscula, sin pasado ni rutinas, conciencia iluminada donde cavar dentro de uno es progreso sin regreso. Ocurre en Aller lo mismo que vemos en los clásicos más poderosos: el camino de la conciencia es el de la esencia, otro sentido de las palabras propicia hondura y muda, el canto joven es siempre combate cuerpo a cuerpo.

Los libros muertos viven sin dios ni amo, anarquismo como mano tendida al inocente o herido, desprecio por nombradía, carrozas o aplausos. Comienza uno de sus sonetos: “Sólo quiero la luz de este milagro/ y olvidar el bullir de mi persona,/ su fantasmagoría que obsesiona/ y las ansias con las que me avinagro”. Aller toma chocolate en caliente, ríe en francés, peina su coleta de calvo, aplaca sus fuegos de pradera verde y, sí, de algún modo mineral, muy primitivo, el cofre de su escritura es siempre reescritura, torrente o venero de palabras antes envasadas, purga y escrutinio de un sinfín de cuadernos y pecios antes de llegar a sus actuales esquelas festivas, enfebrecidas, donde las sombras enlodadas muestran el despojo risueño como el mayor lujo, cisco y alma, noche beoda y Revolución Francesa. Hay siempre alborada tras el naufragio inmediato: su locura es el mejor silencio (poema Sakiamuni) y todo su orientalismo, su carpe diem, su anarquismo, su bayoneta para una vida no alienada, es el intento de construir otra forma de pensamiento y vida desde la justicia social, cartesianismo y música, miedo y estufa.

La conciencia es en Jesús Aller ejército, la necedad el peor mal repetido, la duda otra manera de ser sabio y la opinión -hoy en tantos saldos- eso mismo que sabemos todos, chirigota y risa. Los doscientos sonetos tienen mucho de flores a los que la lluvia abre y piden construir ya otro mundo posible. La poesía vuelve a ser orfebrería, vuelve a desatarse Baudelaire frente a Moloch, quien nos gobierna implacable y absurdo. Viene por la vereda el pescador Aller ajeno a séquito esplendente, feliz en su soledad de buenos trabajos y días, sin industria del entretenimiento, con una bala de Petrogrado entre los dientes donde la cordura del hado no es ninguna droga ni libertad barata cuanto hora eleusina, corazón y círculo cerrado.

Los libros muertos nos trae otra firmeza: poeta no autómata –sin inercia- cuya paz y silencio construyen inmortal balanza. La ciencia aprendida del milagro se torna en los presentes versos simetría, prospectiva, goce y vida fuera de toda conjetura o conspiración. La razón no es reputación: por eso no sugestiona. La burla es chispa: de ahí su travesura y golosina. Aller ha escrito un libro, final de ciclo, sobre el peligro: donde la voz de la metamorfosis diluye todos los ecos en la armonía imprescindible para que su canto siga inquietante. Así perder es ganar, y todos los perdedores escabechinan las trampas donde no podían germinar la razón como respuesta y palabra, y así la conciencia vuelve a su origen crucial, el de la esperanza. Felicidades.

Diego Medrano

Escritor

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