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TRIBUNA

Soledad

miércoles 18 de diciembre de 2019, 19:20h

Una buena parte del estado anímico de la persona radica en sentirse acompañado, bien sea por otros congéneres o bien por un koala o algo similar. La soledad actual es muy distinta a la de hace apenas 50 años al igual que las conciencias o los valores morales de hoy tampoco obran con semejanza a las de entonces; pero eso no debiera ser excusa en una sociedad como la nuestra. No se escapa que uno de los problemas que tiene la sociedad española es el desprecio a las personas mayores. Para quienes les parezca algo fuerte esta mi aseveración, lo dejo en desapego, desafecto o desamor que guardan mejor compostura

Resulta curioso como la soledad de la vejez lo es principalmente a resultas de quienes olvidan que el amor es la única terapia para llenar vacíos existenciales. Algo simple y que además es gratis, cosa extraña hoy en día, por cierto. Por supuesto que no se debe generalizar, sin embargo el actual modelo de vida está fragmentado y a su vez cada porción carece del hilo conductor principal. Ese filamento no es otro que el amor hacia quienes doblegan su vejez a costa de ser querido, acompañado y reconfortado. Nada nuevo.

La vida, que no es otra cosa que un simple invento patentado por cuestiones de cobrar derechos de autor, viene a formar parte de cuantos a diario transitamos por ella hasta que el eterno responsable en pasar lista nos llama por nuestro nombre y apellidos. Es curioso, pero quizás sea ésta una de las pocas ocasiones en que somos nombrados a modo de Registro Civil, porque hoy quien no sea una clave, un número, un código o un PIN secreto no es nada. Las grandes empresas, por poner un ejemplo, utilizan la megafonía para jubilar a sus trabajadores después de 40 o 45 años de servicio continuado: “El número 43215 pase por Recursos Humanos” Y allí te dicen lo bueno que eres, incluso lo casi imprescindible en tu trabajo, pero te invitan a recoger tus cosas y marchar a tu casa para siempre.

Sin apenas darte cuenta te invade la edad cronológica con el indicador de ese estigma asociado a los términos «vejez» o «viejo» que la sociedad controla desde una base de datos alimentada por las diferentes claves a las que antes me referí. Esto lo único que aporta al individuo es una serie de cambios, no tanto morfológicos como existenciales, pues el ecosistema reinante ya tiene creado una serie de eufemismos para la ocasión: “Mayor”, “Adulto mayor”, “Anciano”, “Tercera edad”, “El otoño de la vida”, “El atardecer de la vida”, “La edad de oro”. Y así sucesivamente hasta que la civilización humana va escudriñando el qué hacer con alguien que además de estar solo y ser avanzado en edad, también sabe que nadie llamará a su puerta.

Ya es sabido que la sociedad occidental del siglo XXI gasta muy pocas bromas con este asunto desde el preciso instante en que prevalecen los valores asociados a la belleza externa y a la inmediatez, fenómenos éstos que no dejan lugar para otros modelos de convivencia. Así pues, viejo se ha convertido en sinónimo de inútil, feo, antiguo, estorbo o incapaz. Lejos u olvidados quedan el conocimiento, la experiencia o la serenidad que con tanta generosidad ha atesorado la persona mayor. Por eso resulta curioso como la vejez en la prehistoria era considerada como la esencia de la sabiduría en quienes alcanzaban una edad poco habitual por aquél entonces. Algo parecido sucede con los ancianos japoneses, los ancianos aborígenes de Australia o con los más longevos en la India, que son venerados por los más jóvenes desde hace milenios.

Entonces ustedes se preguntarán –y con mucha razón- hacia dónde nos conduce todo este mi encomio de hoy. ¿Tal vez a justificar lo injustificable? No. ¿A dar lecciones de conducta moral? Tampoco. Y sin pretender que cada uno de nosotros regresemos a los orígenes de la civilización, ni tan siquiera el ir a refugiarnos en la tribu de los Kuringgai de Nueva Gales del Sur para reconfortarnos con su forma de cuidar de sus progenitores, llego a la conclusión de que la clave no es la soledad objetiva (vivir solo), sino sentirse solo. De acuerdo, hay quienes son anacoretas de vocación cuando no solitarios de convicción; pero no me negarán que el mundo “avanzado” es un gran zoco de egolatría aplicada, solo basta un Black Friday, una compulsiva oferta, un viaje en autobús o en metro, un transitar por una de esas grandes avenidas o el estar en una kilométrica retención de tráfico para darnos cuenta de que a pesar de los muchos que somos, en realidad cuan solos estamos. En fin, algún día, en cualquier lugar de la soledad, alguien abrirá la puerta de los olvidos y solo encontrará un amor desperdiciado.

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