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TRIBUNA

Malditismo mainstream y navideño

viernes 20 de diciembre de 2019, 19:59h

Vuelvo a Twitter por Navidad y doy con el poemario de Alfred, triunfito gangoso, que se nos ha vuelto socrático y ha comprendido que el inicio en el arduo camino del saber es la admisión de la propia ignorancia.

- ¿Sabes qué?

- ¿Qué?

- No sé.

Ecos quevedianos. Aparte de eso, también llama mi atención la cantidad de mensajes autoindulgentes y flagelantes de quienes, como Alfred, necesitan urgentemente una mili -o, por lo menos, un par de lecturas-. Veo que hay quien ya se pregunta cuál será su primera mala decisión del 2020, quien vaticina su enésimo desamor en los prolegómenos de esta nueva década o quien directamente hace alarde de lo mucho que beberá en Año Nuevo para olvidarse de lo puta y desdichada que es su vida.

Detrás de estos mensajes hay perfiles de lo más variados: una drama queen, un tuitero medio sin más pasión que el fútbol o un pseudoescritor que intenta hacer de sí mismo un personaje triste y apático con fines literarios o incluso más prosaicos -que comparte con los aliades-. Todos ellos, eso sí, muy malditos y torturados por esa pérdida permanente que es la vida.

La cuestión es que un servidor ha caído en la cuenta de hasta qué punto el malditismo ha sido asimilado por el sistema pese a que es, como dice tajantemente David Gistau -brillante columnista al que deseo una pronta recuperación-, “una puta mierda”.

El malditismo es el cobijo de la dipsomanía literaria o de la pseudo-intelectualidad nihilista que se ha vuelto más mainstream que el feminismo inane de Leticia Dolera. También es el subterfugio de quienes hacen apología de su pobre y difuso mundo espiritual con bufonerías autodestructivas. Y, sin embargo, algo debe tener de atractivo que hasta un servidor se vio tonteando con él durante una crisis de identidad efímera y quizá espuria. Hay algo en toda supuesta contramarcha cultural que nos embelesa y nos hace creernos interesantes y dignos. Hay, como digo, algo hechizante en eso de impostar ser un ídolo de rock, un maldito bohemio y romántico que pasea su nocturnidad cubata en mano con la intención de escribir sobre las minifaldas que desfilaron por la plaza a las tres de la mañana. Detrás de eso, sin embargo, no hay nada lúcido ni verdadero, mucho menos subversivo. Hay pose, vacuidad intelectual y vidas rotas.

Chesterton decía que la ortodoxia es la única forma de heterodoxia que la sociedad no admite. El príncipe de las paradojas advirtió también que lo fácil es ser un loco o un hereje, dejarse arrastrar por la corriente de la época; mientras que lo difícil es no perder el rumbo, ser un hombre lúcido y ponderado. Si por malditismo entendemos, como afirma la RAE, la “condición de aquel que va en contra de lo establecido”, entonces convendremos en que es más maldito un asceta que un poeta, un cristiano que un nihilista, un célibe que un golfo.

Ante esto, y porque somos enanos a hombros de gigantes, considero imposible explicarlo de una manera más elocuente que Juan Manuel de Prada: “Maldito no es hoy el autor que se complace en invocar a los demonios, sino el que se atreve a rezar a los santos; maldito no es el activista del desenfreno, sino el apóstol de la templanza; maldito no es el rapsoda chillón de la libertad, sino el juglar discreto de la tradición. Maldito (...) es el artista que se atreve a llevar la subversión hasta donde el sistema empieza a echar espumarajos”.

En realidad, todo esto me lo plantea Nahum García mientras tomamos café y reflexionamos sobre la sociedad hodierna: “¿Quién es más subversivo hoy en día, el que se va de putas y se emborracha todos los días al salir del trabajo o el que se levanta todas las noches a cambiar el pañal de alguno de sus cuatro hijos?” Pues eso.

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