www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

MENÚ DE POBRE

El piso del vampiro: Calle Ibiza, 35

martes 24 de diciembre de 2019, 20:13h

El Cid ganaba batallas después de muerto, los poetas malditos igual. FreijoGallery acoge la exposición Sobre las ruinas de la locura en la que se presenta el archivo inédito de Leopoldo María Panero, a quien mucho traté y con el que me une el libro de correspondencia –igual de maldito-: Los héroes inútiles (sabíamos, con Baudelaire, que el oficio de héroe sigue hoy vacante y que nada suele producir tanto espanto a un esteta como una persona útil, perdida en el consumo, ansiando enriquecerse, en el medro y la riqueza, porque “no hay riqueza inocente”, tal y como dijo Chirbes poco antes de morirse). Se reconstruyeron los estudios de Giacometti y Bacon –célebres cuchitriles- y sería magnífico hacer lo propio con Ibiza 35, casa madrileña y familiar de los Panero, el piso glorioso del vampiro, cuyo legado son doce carpetas repletas y manchadas de lamparones, con mil cien documentos en su interior, comisariadas por TúaBlesa y donde dos libros viejos y nuevos destacan por encima del conjunto: No, no somos ni Romeo ni Julieta y Yolanda (1980). Sin título, e igual de violentos, cuentos y poemas sobre Arthur Machen y otro libro, por entero, dedicado a El Jaro, célebre delincuente juvenil de las películas de Eloy de la Iglesia. Leopoldo, después de muerto, bosteza, mueve la boca y las orejas, domestica a la Luna con sus silbidos, canta y baila.

Ayer se hacía público el dato por parte de Europa Press: el ochenta por ciento de los escritores españoles perciben menos de mil euros anuales, lo que vienen a ser dos euros al día, por lo que muchos abandonan el potro de tortura, lo dejan, buscan solucionar la vida y no el arte, entran en Telepizza y todo solucionado (desde el otro lado del burladero, sí, con seiscientos u ochocientos euros ya no hay para libros ni discos ni películas ni nada). Leopoldo no dejó de trabajar un instante, no dejó de publicar entre tres y cinco libros anuales, no creyó en otra vida que la literaria, y su vocación era y fue más violenta que ninguna (lo que Umbral le dijo en una ocasión a Pedro Jota cuando dejaba el periódico por otro periódico y él decía que por los libros: “Mi vocación es igual de violenta que la tuya”). El misterioso legado del vampiro aparece por la vía de su hermano, Michi Panero, cedido a su vez por éste a Javier Mendoza, hijo de su segunda mujer Sisita García-Durán, albacea literaria de los actuales papeles, que ya tuvieron una primera respiración fuera de los fondos abisales con respecto a Michi Panero (Funerales vikingos/El desconcierto, 2017) y a Leopoldo María Panero (Los papeles de Ibiza, 35, 2018). Lo que más cansa a un escritor es no escribir, según regla clásica, y Leopoldo era el alquimista de otra escritura, donde supervivencia, bohemia, desvarío, locura, jamás entorpecían el conjunto, el fin, el destino y no la meta, tantos folios a la semana.

Pensamos que hay un camino para la paz y, tanto Gandhi como la Madre Teresa, lo dijeron a doble espacio y todo seguido, la paz es el camino. Pensamos que hay un camino para la escritura y no es otro que no dejar de escribir. El único electrodoméstico que precisa un escritor es la papelera. Escribir, escribir, escribir y no tener el menor miedo o concepto de lo sagrado, a la hora de romper o tirar. Ese fue el sistema de Leopoldo María Panero muchos años, con una primera escritura siempre oral, cuando se afeitaba o sometido a la fotosíntesis en un banco cualquiera de la rúa, fijando el texto mecanoscrito ya muy masticado, del tirón. Se lo dijo Raymond Queneau a una joven Marguerite Duras y ella se lo repitió a Vila-Matas con la mejor sonrisa disponible, aquella que era casi rodaja entera de sandía: “Escriba usted y no haga nada más”. No existe vida fuera de la literaria –quisieron Umbral y Leopoldo María Panero- y escribir fue para ellos verbo transitivo, siempre acción, acto y no potencia aristotélica, con pocos cuentos o altavoces, sí, y mucha orfebrería de taller mecánico.

El piso de Ibiza 35, según contaron muchos, Luis Antonio de Villena entre tantos, junto al de Eduardo Haro, hijo de Haro Tecglen, fueron feudos de la droga, de los chulos y chaperos, de las lumis, de los pinchotas y modernos, del alcohol barato y todo lo liable posible.Al célebre periodista no le molestó un día encontrar a un negrón en bolas durmiendo en mitad del pasillo pero sí cuando un gracioso le puso un calcetín en el carrete de su máquina de escribir. El oficio, la profesión, también para Haro Padre, lo eran todo y no cabían mofas con respecto a ello. Volvamos, gracias a FreijoGallery, que no sé dónde está pero puede buscarse en Google Maps, al piso del vampiro, donde el arte de juntar palabras que jamás hubieran estado juntas fue casi una religión, otra alquimia, la mejor manera de no estar solo. Leopoldo María Panero vive después de muerto y su escritura de relámpagos y sustos, troneras y hogueras suculentas, abre cualquier apetito enmascarado por este mundo tonto de consumo sin cerebro y, en general vida fácil, pobre, barata y sin emociones fuertes. Maravilloso.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (2)    No(2)


Normas de uso

Esta es la opinión de los internautas, no de El Imparcial

No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.

La dirección de email solicitada en ningún caso será utilizada con fines comerciales.

Tu dirección de email no será publicada.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.