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Los borrachos de la Cultura en tiempo de barras

viernes 27 de diciembre de 2019, 19:17h

En más de cuarenta años vividos nadie me ha dado hasta la fecha una respuesta convincente. ¿Qué tienen que ver los borrachos con la Cultura? No lo sé. Lo peor del borracho –supongo- no es que hable sino que no escucha. Una persona aturdida por el alcohol no puede conducir ni escribir tres líneas coherentes ni leer una frase a la que le bailen las letras. Supuestamente, beber es un placer y, al igual que fornicar, por ejemplo, nada tiene que ver con trabajar en literatura o arte (nadie pregunta –fíjense- si escribes o pintas o compones mientras fornicas pero sí lo contrario, aplicado a la escritura). No sé qué tienen que ver Cultura y Hostelería, francamente: desde el Siglo de Oro el matrimonio entre barras y juntaletras siempre fue un fiasco, los poetas no pagan en los bares y, borrachos, roban. Es un misterio, pleno enigma, absoluto dilema o interrogante. Fechas navideñas, los bares llenos, todo el mundo con su copita en alto (qué divertidos los que le levantan el meñique al empujarla gaznate abajo) y miles y miles de borrachos –todo el año- en actos culturales en perpetuo flash de sí mismos, entre pompa y boato, coloradotes como batracios y besugos.

Trabajar –opino- es un fenómeno de la atención: si repites colores o artículos, palabras o notas musicales, precisa estar alerta, al loro, en guardia, al acecho. Divertirse es todo lo contrario: dejarse llevar sin retención alguna. ¿El alcohol es inspiración? Suena demasiado infantil. ¿La búsqueda de un ingenio adormecido? Es de risa. ¿Tal vez drogas para trabajar, en secuencias monótonas donde el tedio vence, y así el albañil que pone un ladrillo tras otro lo hace mejor si se juma medio litro? Menudo horror, si acabar es todo, y el proceso condena y enaltece de algún modo. ¿Abrir o entreabrir las puertas de la percepción, a la manera de Aldous Huxley, gracias a los paraísos artificiales de Baudelaire? Hoy cualquier teléfono sorprende a la percepción hasta extremos de éxtasis con solo mover el dedito. Mi generación bebió lo suyo –Internet comienza a finales de los 90- pero hoy todos los escritores, con su barbita y ordenadores de la manzanita mordida, con sus gimnasios y manzanillas, están muy lejos de los tóxicos sentimentales, los venenos comunes, los vasos fáciles entre el pop y rock y teles que no tenían dos canales pero sí cuatro. Quede claro –no soy un moralista- que me encanta el alcohol pero justo por todo lo anterior: porque es lo contrario del trabajo.

Los grandes workaholics –de Luis María Anson a Pedro J. Ramírez- siempre han visto el alcohol como una pérdida de tiempo: mientras bebes pierdes horas y, si te pasas, la resaca son casi unas vacaciones vegetales, a veces con sonda. Las hojas volanderas –periódicos en papel- sacan sus respectivos suplementos encartados sobre todos los caldos posibles (espumosos, vinos, licores, whisky, brandy, etc) pero todo invita a la diversión, al diálogo, a unas veladas aromáticas en compañía de amigos y familiares. Poca gente entiende la Cultura (leer, escribir, aprender, etc) en semejantes coordenadas. Los escritores españoles siempre pisaron tabernas (de Lope o Cervantes a Claudio Rodríguez o José Agustín Goytisolo) pero, si nos fijamos, casi más por lo sólido que por el líquido, hambre y algo de calor en las viandas para que el estómago no se cerrara. Joaquín Sabina, a este respecto, decía un hallazgo fabuloso: “Siempre he sido un bebedor moderado que, en las entrevistas, intentaba pasar por alcohólico”; “Me encanta el alcohol y la droga pero odio a los borrachos y drogadictos”. Es tiempo de barras, la duda persiste: ¿Escribe, pinta, compone mejor un borracho de siete suelas que un abstemio o bebedor siquiera moderado y modesto o casi ridículo?

Valle-Inclán decía aquello de “póngame un mediocre vaso de vino”, aplicando al factor cuantitativo una cualidad moral, como solo un genio de las letras podía haber hecho, él que era abstemio. Las copitas alegraron los suyo a quienes vivieron la Guerra Civil o un país en blanco y negro, ajeno a diversión y sin posibilidad de escapatoria, era comprensible tal relajación. La sed de un Scott Fitzgerald –“Soy completamente abstemio porque no bebo nada entre copa y copa”- o de un Hemingway –martirizado por el corcho hasta el disparo final en la boca de todos los ardores- hoy suenan completamente devaluados. A Umbral, inolvidado e inolvidable, le preguntaron por lo fino qué era eso de ser alcohólico y, él, siempre en guardia, supo definirlo de primeras (“Alcohólico es todo aquel que bebe más que su médico”) para luego dar una explicación casi ex cathedra: “Alcohólico es un señor que tiene que beber, generalmente, porque no se atreve. No sabe entrar a una señorita o llamar por teléfono a una personalidad, por eso bebe, para envalentonarse”. Es tiempo de barras, seguimos sin Gobierno, el avión Falcon duplica su contenido en alcohol según nos cuentan, y seguimos en la nada, mientras pasan las horas y ERC (Rufián) tiene a Sánchez agarrado por el escroto con ganas de cantar un villancico en español, el de la burra o los peces, envalentonado y todopoderoso, ya ven, sin falta de una gotita de cava catalán brut.

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