La mejor forma de acabar el año, nuevamente, es la de comenzarlo. El próximo día 4 de enero se celebran los cien años del fallecimiento de don Benito Pérez Galdós y Francisco Cánovas Sánchez ha escrito libro insustituible, la mejor forma de poner en limpio y para siempre al inolvidable maestro canario: Benito Pérez Galdós: Vida, obra y compromiso (Alianza Editorial). La biografía, certera, diáfana y sin fisuras, recorre la época de la Restauración , la de los grandes Episodios Nacionales y obras de teatro, la relación de Galdós con la reina Isabel II junto a la crisis de fin de siglo y el regeneracionismo, el Galdós republicano al que marcaría para siempre la sociedad de la Restauración pero el fuego del libro –a mi juicio- está en la primera mitad del mismo, en el escritor que Galdós se propuso ser, en el sustituto inmediato de Cervantes –según María Zambrano y Salvador de Madariaga- en el joven todavía con bozo y chaleco que aterriza como paleto o pasmarote en un Madrid donde hierven las mayores urgencias. El primer ángulo lo ilumina Francisco Cánovas con luz abrasadora, cálida y diagonal: “A diferencia de Gustave Flaubert, Galdós no fue un espectador neutral de la sociedad de su tiempo, sino que se involucró en ella y se comprometió con la libertad, la democracia y la justicia”. Acabo ciego como Homero, pobre como una rata, pero su lucha fue dedicarse con afán y desmesura a la pluma.
Deja Las Palmas en 1862, tras obtener el título en Bachiller en Artes, pronto se encamina a la Universidad Central de Madrid, con objeto de estudiar Derecho, “atolondrado y sin saber qué dirección tomar, desanimado y triste”, como le confesaría a Clarín. El caso es que el genio pone un pie en Madrid, ciudad entonces de trescientos mil habitantes, que llegaría al medio millón con las políticas liberales, y allí ensancha inspiraciones humanitarias, democráticas y de fraternidad universal. Llega a un Madrid que está en pleno crecimiento urbano –Plan de Ensanche de Carlos María de Castro, 1860- donde está haciéndose el desarrollo minucioso del barrio de los Austrias hasta el eje Génova/Sagasta/Alberto Aguilera, donde se perfila el eje Recoletos/Castellana favoreciendo la construcción del barrio de Salamanca, donde se reforma por entero el barrio de Argüelles y la atención permanente son los arrabales del Sur, desde Lavapiés hasta Atocha. El Plan Castro busca amplias avenidas, plazas atractivas, espacios verdes, edificios públicos de buena factura que embellezcan la ciudad. Pronto queda extasiado por su Madrid entre todos los Madriles, el cortesano: Palacio Real, Castellana y barrio de Salamanca, lujosos palacetes y casas señoriales de nobleza de sangre, clases medias y burguesía de negocios en el Madrid de Argüelles y los Austrias; ingenieros, médicos, abogados y profesores en sólidas viviendas cuya distribución reflejaba la diversidad social: piso principal de primera planta, espacioso, techos altos, buena iluminación, recibidor, salón con balcón corrido, comedor, varias habitaciones, despacho, sala de música con piano y varios dormitorios, mientras que los pisos superiores, de menor calidad, acogían familias con menos recursos, a la manera de París y otras.
Galdós llega a la Capital, a la Corte, se aloja en una pensión de la calle Fuentes, junto a la Puerta del Sol y pronto vida y letra son la algarabía bulliciosa del centro: Teatro Real (difusor de la ópera italiana), Ateneo Científico y Literario (foro de debate), Teatro Español (vanguardia europea). Galdós no se mueve de la almendrita: Plaza Mayor, Plaza de Oriente, calle de Toledo, Cava Baja, Lavapiés, calle de Alcalá, San Bernardo. Deja las aulas para sus cuervos y pronto es ya un gorrión de pellas y bares: “Entré en la Universidad donde me distinguí por los frecuentes novillos que hacía. Escapándome de las cátedras, ganduleaba por las calles, plazas y callejuelas, gozando en observar la vida bulliciosa de esta ingente y abigarrada capital”. Los pies se vuelven alas pero, lo más decisivo, es que el oído despierta: atiende al modo de hablar de clases sociales, burguesía, nobleza y pobretería. Admira los solares de antiguos conventos y casonas, la construcción del nuevo Viaducto y de la Plaza de Toros, los accesos libres al Retiro en marcha, el primer tranvía de mulas que comunica la Puerta del Sol con el barrio de Salamanca. Se hace experto en topografía madrileña, es autodidacta en la biblioteca del Ateneo porque no hay demasiados cuartos para textos, y lee a pocos fusilándonos a todos: Quevedo, Cervantes, Larra, Espronceda, Ramón de la Cruz y Mesonero Romanos. Tiene ya brújula. Tiene ya mimbres para hacer su cesto. Pronto comienzan la furia y garra del genio.
Ese Galdós es el que me entusiasma, leído hasta la ceguera, el de la vida madrileña significativa de su etapa estudiantil sin un duro, donde comercios, restaurantes y tabernas brillan por encima de tramas en las estrellas fugaces de personajes tiernos y siempre en “los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa” (Machado, Juan de Mairena). Un Galdós de bar, de barra, de calle, al que la vida le sale por los ojos como una vomitona o borrachera, mucho mejor en esos libros que en todos los históricos de la segunda época: La Fontana de Oro, Fortunata y Jacinta, La desheredada, etc. Galdós de la pensiones de Sol, del Arco de Cuchilleros y la Cava Baja y la de San Miguel, Galdós entre el gremio de cuchilleros y espaderos, el arranque mismo de Fortunata y Juanito en la Cava de San Miguel. Ese Galdós –según Ribbans, Montesinos y Gilman- se propone tan solo geografía urbana, “hacer biografía” como diría Umbral, según cóctel clásico: “Su profunda comprensión de un lugar es parte esencial de su presentación realista de los individuos y de la sociedad”. Maravilloso.
Solo uno de los episodios nacionales –el de Prim- sigue con ese tufo a calle por la Inclusa y Latina, calle Toledo y Rastro, Embajadores y ese trajín delicioso –se come y se bebe y se oye- del ir y venir de gente humilde. En La desheredada rugen la vía de Hortaleza, la Puerta del Sol, el Museo del Prado, el Retiro, la calle Velázquez, vertederos y casuchas en los alrededores del barrio de Salamanca hasta llegar al torrente de nobleza y dinero fresco de la Castellana, por donde desfilan los lujosos carruajes del rey Amadeo I. Galdós es perfume madrileño, fotografía social, mucho mendigo, indigente y marginado, sin oficio ni beneficio, donde el único oro para el canario es la peculiaridad del idioma, y así es casi un don la capacidad imitativa del escritor –según Bravo Villasante- porque ante todo es un hablista, escribir como se habla y reflejar la conversación corriente es el mayor reto, el desafío diario, siempre atento a la menor modificación del lenguaje. El Galdós de miserables tiendas, fachadas mezquinas, desconchados y letreros innobles, rótulos de torcidas letras, faroles de aceite amenazado con caerse al suelo, niños desnudos jugando entre el fango mientras lo amasan para hacer bolas, berrido de pregones ininteligibles, estrépito de machacar sartenes, pisar fatigoso de bestias tirando de carros atascados, susurro de transeúntes en linde con la grosería… se siente ya un hombre. Chabolas, tabernas y corralas son sus mansiones preferidas y en ellas ve la descomposición moral, maldad y miseria de la sociedad de su tiempo. Maravilloso Galdós de los barrios bajos –de Hernán Cortés a las Peñuelas- donde come y pinta todos los bichos.