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Escribir para vivir

José Manuel Cuenca Toribio
miércoles 13 de agosto de 2008, 21:32h
La gran variedad de sentidos que el último de los verbos de la intitulación posee –conforme, por lo demás, es normal en las lenguas de los pueblos creadores, como el español, de un gran patrimonio cultural-, obliga a establecer de entrada un nutrido elenco de reservas y matices. No se aludirá en estos sincopados renglones a los respetables autores que, pro pane lucrando, han de trabajar, con pluma de galeote, de sol a sol; ni tampoco a los que lo hacen por oficio u obligación burocrática; e igualmente ni siquiera a los lletraferits vocacionados o narcisistas que intentan, a través del cultivo intenso de la prosa o el verso, alcanzar una inmortalidad de longitud variable.

Con acepción quizá más actual e impregnada de una atmósfera social alumbrada por el crepúsculo de ideas y valores de dilatada vigencia, las líneas presentes se refieren a los escritores que hacen un pacto con las musas a fin de que su frecuente visita y el cultivo de su jardín refuercen los tenues hilos que les adunan con la racionalidad y la voluntad de vivir. ¿La escritura, pues, como terapia de raíces y ecos más o menos fuertes freudianos? No, exactamente; pero sí un ejercicio o praxis muy conectados con el espíritu de supervivencia en gentes hastiadas en lo íntimo de representar sus roles sociales, escépticas en la madurez o senectud –el fenómeno también puede aparecer en los hiperestésicos y ultraidealistas en las últimas jornadas de la juventud- de las cosmovisiones que articularon su andadura adolescente y moceril, o, simplemente, temerosas de que la contemplación del final sin asideros les descentre y desventre.

Nada nuevo, quizá, pero que en el mundo actual se acrece y agiganta hasta convertirse en la clave decisiva del comportamiento de los muchos hombres y mujeres que a nuestro alrededor –el planeta literario es hoy, en verdad, ya lo dijo el canadiense Mac Luhan, un villorrio ponen negro sobre blanco, venciendo el terror mallarmiano ante la página alba, letras con algún significado y, si son predilectos de los dioses, cierta belleza. Con superación de stress, decaimientos y hondoneras, los miembros de este linaje pueblan la tierra, hallándoselos en los lugares más diversos. Dada la obsesión de nuestra época por todo lo concerniente al poder político y a lo acaecido en los palacios de los príncipes y gobernantes, un ejemplo de esta inaccesible esfera tal vez sea el más apropiado como ilustración.

Tras acceder en l965 al segundo septenado de su presidencia en segunda vuelta, dado su ballotage en la primera con su despreciado F. Mitterrand, De Gaulle aspiró, sin abandonar sus responsabilidades, íntima y secretamente a retornar lo más pronto posible a su refugio de Colombey Deus-églises, a fin de continuar, hecho ya el viaje de regreso de todo menos del patriotismo y la inteligencia, la redacción de sus Memorias. Su antagonista electoral en la citada fecha, espécimen insuperable de animal político, tallado en todas sus fibras con la avidez y bulimia del poder, aconsejaba en el Elíseo al círculo de sus más estrechos allegados y a los jóvenes diputados objeto de sus preferencias que se entregaran asiduamente al dulce tormento de la escritura como medio infalible de toparse con la paz perdida en las turbulencias de la vida pública y en los torbellinos más recónditos de la privada. De lo alto el consejo…
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