No todo el mundo lee, ni siquiera lo considera necesario. Los más ingenuos pensaban que el libro electrónico sucedería al libro de papel, pero la realidad nos está demostrando que al libro histórico no le está sustituyendo ningún tipo de libro, de forma que el lector tradicional habrá de ser sustituido por una generación sin lectoescritura. Sólo los nostálgicos añoraremos el pasado, pero la historia no tarda mucho en sobrepasar al pasado.
La posmodernidad, tan amiga de Emilio, el discípulo de Rousseau, repite con éste: “La lectura es la plaga de la infancia. Odio los libros; sólo enseñan a hablar de lo que se sabe… No quiero que sea músico, ni comediante, ni que escriba libros. He cerrado todos los libros”[1]. Este analfabetismo (an-alfa-beta: sin dos palabras seguidas que unir) siempre ha tenido predicamento, y hasta un influencer como Roland Barthes escribe contra la escritura: “El lenguaje es una legislación. Toda lengua es una clasificación, y toda clasificación es opresiva… La lengua es simplemente fascista”[2]. O sea, el típico maestro universitario francés. Muchos han trabajado durante mucho tiempo en la cultura del mal para más aún malearla. Hacen falta otros muchos más para ofrecer una cultura del bien, si bien pocos han trabajado en ella durante mucho tiempo.
Pero los profesores e ideólogos de Francia, versión mayo del 68, escriben todavía en 2013, una vez que se han convertido en grandes burócratas -puros chalecos amarillos, pero amarillos del amarillismo- cosas tan revolucionarias como la que sigue: “Hoy el combate importante es en primer lugar, y ante todo, el que hay que dirigir contra la obsesión ortográfica”[3]. En primer lugar, y ante todo. O sea[4].
De las dos acepciones de la palabra latina liber, a saber, libro y libre, hay que amputar lo de libro para potenciar lo de libre: “Hemos decretado que la lengua era fascista, la literatura sexista, la historia chovinista, la geografía etnocentrista y las ciencias dogmáticas, pero no comprendemos por qué nuestros alumnos son imbéciles. Así las cosas, ¿quién les dice a estos imbéciles que siempre tenemos nuevas razones para amar el idioma griego?, cómo explicar a estos pobres diablos que, en tiempos de indefinición imprecisos es cuando más necesario se hace conocer el tiempo aoristo griego, porque “el aoristo tiene en sí algo espectacular y conmovedor: la certeza de haberlo perdido para siempre y un borroso pesar por esa manera de estar, la rareza de la nostalgia de las cosas que no se han vivido y que no se vivirán nunca?”[5].
Pensar (denken) es agradecer (danken). Cuando amar, estimar, apreciar, admirar y similares son inevitablemente reemplazadas por “molar”, ese diente desgarrador, me encanta leer que “el remedio a la pobreza inherente a toda cultura es la cultura misma, y no su huida”[6]. Va, pensiero, sull’ali dorate, va, ti posi sui clivi, sui colli… Ve, pensamiento, sobre alas doradas; ¡ve, pósate en las praderas, en las colinas! Va más allá, transmite, no todo está en la web.
Hacen falta maestros: recuerden a los estudiantes en todos los reglamentos y documentos que quieran (incluso libros), que el sexismo está mal; reúnan a los universitarios para hacerles reflexionar sobre el respeto al otro; todo eso no servirá para nada. En cambio, háganles estudiar la vida de Jua de Arco, su historia, su proceso; denles a leer a Madame de La Fayette; háganles aprender todo lo que Marie Curie ha dado a la ciencia; ¿cómo podría ni un solo alumno afirmar después que la mujer es inferior al hombre? A través de cada una de esas figuras particulares, en la singularidad del universo cultural en el que han nacido y en el que han marcado con su huella, somos conducidos a una enseñanza cuyo alcance es universal[7].
[1] Rousseau: El Emilio. Libro III, 16.
[2] Barthes, R: El placer del texto y Lección. Ed. Siglo XXI, p. 53.
[3][3] Cohn-Bendir, G: Pour une autre école. Repenser l’éducation vite! Autrement, Paris, 2013, p. 97.
[4] “Su única lógica es la de una violencia máxima, pensada de manera muy primaria al modo de una ley del talión reducida a la más absurda aproximación. Y precisamente esto es lo más aterrador de este terrorismo: no puede parar porque no quiere obtener nada; ¿qué va a satisfacerlo? Para detener una guerra hace falta que uno de los beligerantes venza. Pero ¿cuál es el objetivo de la guerra que espera conseguir un kamikaze? ¿Qué espera, si no es destrucción? Nuestro enemigo no piensa en la paz. Por tanto, nosotros podemos perder mucho, pero él no puede ganar” (Bellamy, F-X: Los desheredados. Por qué es urgente transmitir la cultura. Ed. Encuentro, Madrid, 2018, pp. 168-169).
[5] Marcolongo, A: La lengua de los dioses. Nueve razones para amar el griego. Ed. Taurus, Madrid, 2017, p. 44.
[6] Bellamy, F-X: Los desheredados cit, p. 112.
[7] Bellamy, F-X: Loc. cit, p. 150.