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FÚTBOL AMERICANO

NFL. Una conmoción cerebral, posible causa de la depresión del estelar Antonio Brown

NFL. Una conmoción cerebral, posible causa de la depresión del estelar Antonio Brown
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jueves 16 de enero de 2020, 09:55h
El receptor icónico de la década recién terminada acaba de retransmitir en las redes sociales un enfrentamiento con la madre de sus hijos y la Policía. Está apartado de la liga profesional de fútbol americano. Se sospecha que pudiera sufrir el inicio de la temida encefalopatía traumática crónica avanzada que tantos casos traumáticos ha generado en ex jugadores de este deporte.

Antonio Brown es un deportista de unas condiciones maravillosas, que ha alcanzado y se ha asentado en la cima de la NFL y que tiene 31 años, con lo que está en plenitud biológica. O así debería ser. Pero no tiene equipo desde que el pasado 20 de septiembre los New England Patriots le cortaran. Desde entonces su comportamiento estridente y un tanto errático le ha alejado de ser un atractivo para las franquicias que opten al anillo y también para el resto de equipos. Aunque su currículum es abrumador.

'AB' amontona menciones doradas. Ha sido seleccionado siete veces para el Pro Bowl (el Partido de las Estrellas del fútbol americano) y reconocido cuatro veces en el primer equipo del All Pro (el considerado como mejor equipo de una temporada en concreto). Los analistas de la propia liga le colocaron en lo alto del Top-100 que elaboran anualmente (octavo en 2014, cuarto en 2015, cuarto en 2016 y segundo y mejor receptor en 2017) de forma sistemática. Sus número de yardas conseguidas le colocan, asimismo, entre los elegidos de este siglo.

Mas, como se ha dicho, yace sin equipo y con el horizonte más que nublado de cara a un posible regreso a la NFL. Todo ese potencial se ha ensuciado de actitudes reprobables, batallas quijotescas y declaraciones incendiarias que le han convertido en una figura difícil de contratar. No obstante, en el último año y medio ha enturbiado dos vestuarios y ha sacado de quicio a la franquicia más pomposa, la de Bill Belichick y Tom Brady. Allí llegó para subirse la tren del anillo que se el escapó en 2010 -ante los Packers, en la Super Bowl XLV-, pero duró en Nueva Inglaterra exactamente 13 días. El tiempo que tardó en romper las normas de comportamiento que le pautaron.

Por aquel entonces, Brown ya había dibujado un pelaje cercano al descarrilamiento. En su aterrizaje anhelado a los Patriots -a los que le faltaba un receptor de referencia- arrastraría denuncias por agresión sexual y los jefes del equipo que se ha hecho leyenda en este siglo le ordenaron que calmara sus hábitos volcánicos en redes sociales. No pudo. Le mandó mensajes agresivos a una de las denunciantes y, de inmediato, su contrato quedó cancelado. Degustó, por vez primera en su carrera, la inactividad involuntaria. Un estado del que no se sabe si saldrá.

El problema de esta deriva reside en que 'AB' nunca había sido un jugador problemático, en absoluto. Nunca hasta enero de 2017. Hasta los meses posteriores al tremendo golpe que recibió en la cabeza por parte del linebacker de los Bengals Vontaze Burfict, el 9 de enero de 2016. Ocurrió en el duelo de Wild Card que disputaron sus Steelers y el bloque de Cincinnati. Con el quarterback Ben Roethlisberger apretando para remontar en el último minuto (perdían 15-16), cuando restaban 22 segundos para el final buscó a Brown. No le encontró. Y en la continuación del escorzo, el distinguido receptor fue agredido por Burfict, uno de los jugadores más sucios que jamás hayan competido en esa liga. Le conectó un golpe que le dejó inconsciente antes de llegar al emparrillado. Su cuerpo, descontrolado, se bamboleó como un muñeco antes de caer.

Antonio Brown salió de aquella. De hecho, completó otra temporada de número magníficos y logró su plusmarca de touchdowns anotados. Sin embargo, su impecable hoja de servicio como profesional se iría torciendo poco a poco. Desde aquella conmoción cerebral -guinda de todo un rosario de golpes en la cabeza- su visión del planeta y de sí mismo cambiaron. Y abrió la espita de las imprudencias retransmitiendo en directo por las redes sociales un discurso de su entrenador, reventando un frigorífico en medio de un partido porque el pasador no le buscó o llegando al entrenamiento en helicóptero -más tarde lo haría en globo aerostático-.

'AB' no era el mismo fuera del campo. En la pretemporada de 2018 llegó cuatro horas tarde a un acto solidario en un hospital infantil sin dar explicación alguna. En ese año concedería una entrevista a la revista GC en la que bromeaba sobre el hecho de haber sido infiel a su novia y madre de sus hijos ("es complicado mantenerla en mis calzoncillos", afirmó); respondió a un tuit que culpa a Roethlisberger de su éxito con un "Vendedme. Veamos qué pasa"; se ausentó al entrenamiento posterior a una derrota alegando que estaba "enfadado porque apestamos"; casi mató a un niño cuando decidió lanzar objetos desde el balcón de un pisto decimocuarto; fue cazado por la autoridades cuando rodaba a 160 kilómetros por hora en un lugar limitado a 85 kilómetros por hora; y tuiteó repetidamente elogios hacia su persona tras una importante derrota de su equipo ante los Saints. Este cauce concluyó con su enésima ausencia a un entrenamiento, en esta oportunidad antes del duelo decisivo ante los Bengals, en el que se jugaban acceder a playoffs. El entrenador Mike Tomlin se hartó y le comunicó que no iba a ser de la partida. Brown acudió al estadio pero se fue en el descanso a su casa.


Esta inercia estallaba en medio año, en un jugador que había resultado ejemplar durante siete años consecutivos hasta enero de 2017. La relación de episodios continuaría con el empujón de su bebé hacia el suelo, el tinte rubio platino de su bigote o la auto-adjudicación del apelativo 'Mr. Big Chest' -riéndose de su compañero y otrora aliado Roethlisberger-. Declaró a la ESPN, cuando forzaba su salida de los Steelers -un equipo candidato al anillo-, lo siguiente: "No necesito este deporte. No tengo que demostrar nada a nadie. Si quieren que juegue, será bajo mis reglas". Y a su llegada a los Raiders, su nueva franquicia, se permitió declara en su presentación esto: "Va a haber un nuevo estándar aquí. Van a haber multas. Yo no puedo hacerlo todo en un día pero las cosas van a cambiar aquí".

En Oakland, durante una pretemporada en la que estuvo más desconcentrado que en las instalaciones de su equipo nuevo, criticó con dureza a JuJu Smith-Schuster, el receptor del que fue mentor en Pittsburgh, llegando a publicar mensajes privados en los que el joven el pedía consejo para mejorar y aprender. Sin motivo alguno, pues el receptor siempre le rindió pleitesía. Y concatenó una red de guerras personales rocambolescas. Contra las indicaciones de todos los que le rodearon, entró en una cámara de criogenización sin protección en los pies y se quemó las plantas. Justo antes de amenazar con retirarse si no le dejaban competir con su casco favorito -la NFL implantó una norma por la que obligaba a todos los jugadores a usar cascos más seguros y avanzados que los antiguos-. Se ganó el despido cuando casi golpeó al general manager -regalando 30 millones de dólares de un sueldo que iba a tener garantizado si guantaba sin meter la pata unos días-.

La última vuelta de página del talentoso receptor ha acontecido esta semana. Brown tuvo la genial idea de retransmitir en directo, a través de las redes sociales, una discusión con la madre de sus hijos, Chelsie Kyriss, con los pequeños presentes. Con el móvil en mano, peleó verbalmente con su ex-novia y cuando llegó la Policía -a la que é mismo había llamado- la acusó de querer robarle un coche que él la había regalado. Su descontrol se agudizó con la presencia de los agentes, a los que insultó, deslizando ser víctima de racismo -en una absurda argumentación- y de un sin fin de injusticias por parte de la Policía de Hollywood. La cima del desprestigio frente a la NFL.

De entre toda esta maraña hay analistas que se empeñan en volver al golpe sufrido en enero de 2016. Aquella conmoción cerebral. Y la conectan con síntomas de la temida encefalopatía traumática crónica avanzada, una dolencia que ha llevado a jugadores de fútbol americano a sufrir problemas mentales hasta llegar al asesinato y el suicidio -como es el caso del prometedor tight end de los Patriots Aaron Hernández-. El llamado 'CET' es un fantasma que aterroriza a cada jugador de este deporte, pues es provocado por el golpeo repetitivo en la cabeza. Es una preocupación reciente por los directores de la liga, que han reformado el reglamento ante la gravedad de las consecuecias de los golpes. Es por ello que en Estados Unidos se preguntan si la metamorfosis personal de Brown le susurra como presa incipiente de este terrible problema. Si hay algo más detrás de la perdición de un treintañero multimillonario -ha sido uno de los mejor pagados de su posición en la historia-.

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