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TRIBUNA

La última revolución

jueves 16 de enero de 2020, 20:09h

Beatriz Gimeno, nueva directora del Instituto de la Mujer, se erigió hace tiempo en apóstol de la “revolución auténticamente revolucionaria, más allá de la mera política y de la economía, la revolución de los hombres, las mujeres y los niños individuales, cuyos cuerpos debían en adelante pasar a ser propiedad sexual común de todos, y cuyas mentes debían ser lavadas de todo pudor natural, de todas las inhibiciones adquiridas de la civilización tradicional” (A. Huxley). Gimeno ha pronunciado el exorcismo contra toda asimetría en nombre del ano y pide prácticas revolucionarias y emancipatorias como la de penetrar el ano sin etiqueta de los hombres por los dildos amarrados a la cintura, otrora dulce álabe, de las mujeres.

Tiempo atrás conocíamos que investigaciones recientes ofrecían el asombroso resultado de una gestación al margen del útero materno. Hace tiempo que se nos informa de técnicas que permiten la reproducción de las mujeres sin el concurso masculino o de la posibilidad de una gestación extrauterina. Si la sexualidad se desbordó con la extensión de preservativos y anticonceptivos, parece que por fin viviremos en la era de la sexualidad plenamente liberada, la era lúdico-libidinal y festiva de una sexualidad polimorfa y exuberante. Es evidente la relación que hay entre las nuevas posibilidades tecnológicas y el toque a rebato en nombre de la felicidad. Se nos conmina a ser felices y disfrutar de una sexualidad no categorizada, pulsión libre e ilimitada que encontrará satisfacción en los mercados pletóricos del sexo sin atributos. Si las viejas prácticas pornográficas repugnan nuestra conciencia política, un nuevo cine pornográfico de orientación feminista (E. Lust) permitirá a los cuerpos sin marca satisfacer sin reticencias su capacidad de disfrute. Empezaremos por sexualizar el ano, como pretendían algunos clásicos del ultra-feminismo: más allá del feminismo. Habrá que condenar la heterosexualidad que fundó la institución aterradora de la familia tradicional, patriarcal y asimétrica. El viejo Foucault en la estela de Freud bromeaba ante sus alumnos requiriéndoles una redacción sobre la “familia neurótica” para corregirse de inmediato: simplemente “la familia”. La familia es la matriz de la neurosis, el escenario terrible de implantación de la culpa. Abolida la familia y, por extensión, la heterosexualidad misma abriremos paso a una subjetividad sin culpa, absolutamente sana, por obra y gracia de la nueva revolución antropológica y las nuevas formas de familia post-tradicional. Entonces quedará demostrado, por fin, que la salvación viene del hombre o del ser humano. Ni “hombre” (sesgo de género) ni “ser humano” (sesgo sustancialista), perdone el lector sensible mi lenguaje añoso y periclitado, quería decir que, por fin, quedará demostrado que la salvación viene del orden antropológico.

Liberados de semejante lacra pasaremos a disfrutar con una inocencia prístina o paradisíaca de una vida orgiástica, una vida de entrega sin contradicciones a profundos placeres igualitarios. Pero parece que hay cierta contradicción entre el paraíso del goce sin culpa y la conminación a ser felices, entre la era del deleite plástico y libre de dominación y la ola de amargura que parece acompañar a nuestro creciente bienestar (Th. Dalrymple). No deja de preocuparme esa pequeña contradicción escondida en una silenciosa, pero severamente coactiva, imposición de la felicidad, en la exigencia insoslayable de ser felices. Demanda de felicidad que es inseparable de la formación de una conciencia libre de dominación, translúcida y luminosa; sin las manchas lacerantes de un lenguaje violento y dominador, que conserva el sedimento de milenios de tiranía acumulada en el oscuro espesor de las palabras.

Acaso cuando hayamos limpiado íntegramente las palabras de la tribu descubramos que el mundo feliz es el resultado liberador del estado del bienestar, una vez que éste ha alcanzado su plena realización merced a las nuevas tecnologías de información, comunicación y reproducción. La compulsión a la felicidad estará entonces – bajo la vigilancia absoluta de los señores del big data – perfectamente administrada por los expertos capaces de leer nuestras intenciones y apetitos en el momento mismo de ser solicitadas. Beatriz Gimeno, de dantesco nombre, parece dispuesta a conducirnos hacia ese horizonte de emancipación perfecta y racionalidad iluminada, al reino del deleite infinito y el goce sin categorizaciones. La heterosexualidad clandestina parece tener los días contados y se acerca el fin de los largos milenios de reproducción vivípara.

Se equivocaría quien creyera que el Nuevo Estado se limitará a reunir bajo su puño de hierro todas las instituciones políticas y judiciales. Si lo hace será para poder introducirse –microfísico, capilar, disperso – por debajo de nuestra piel y dictarnos desde allí una libertad forzada, para susurrarnos el objeto correcto de nuestros deseos y nuestras ilusiones. Entonces seremos felices y estaremos sinceramente agradecidos a los señores de nuestra libertad.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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