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FRACASA MEJOR

Inma Luna, poesía y cotidianeidad

lunes 20 de enero de 2020, 20:12h

Estoy atrapado en la belleza y el talento de Carl Sandburg, lo que hay en mí de escritor se interesa por él. Sandburg me da el mundo de la literatura. Ya en casa me encuentro con dos libros recién enviados por Tito Expósito, editor fuerte, que hojeo con una feroz curiosidad: la archiconocida Stoner de John Williams, novela elogiada por Enrique Vila Matas, entre otros, y Edificio Nautilus, de la poeta de gran detallismo realista, Inma Luna.

Voy imaginando los mundos de Julio Verne al leerlo, experto en mundos que son una tormenta mental. Sorprende su título. Lo excepcional es encontrar el edificio adecuado, hallar una voz propia – esa especie de victoria que siempre crea un reto para cualquier escritor. La cotidianeidad hace que Inma le dé a su imaginación la oportunidad para saltar libremente. No faltan los poemas familiares, los de humedecerse los ojos con el agua fría del mar, los de apoyar la cabeza en el hombro de otra persona y que las lágrimas rueden por las mejillas y sean enormes y pesadas. No hay páginas en este libro que no sondeen el pasado, el futuro se alía para tomar del pasado su aliento y después lo transforma, ocurriendo algo que no le da miedo. La poesía, si es de verdad, está dentro de uno, está en todo aquello contra lo que nos rebelamos. Como toda poeta verdadera, Inma Luna nada, se sienta en los cafés, está escribiendo sobre el tema de la muerte. No oculta sus referentes, de una belleza sin tacha.

No es Inma Luna la primera, ni será la última, afortunadamente, en ofrecernos un libro de poemas traducido al portugués. Me fascina la poesía portuguesa, tan en boga en las últimas décadas. La personalidad de la autora me lleva a disfrutar, revolviéndolos en mi interior, cada verso de Edificio Nautilus (Poesía A Sul), traducido por Fernando Cabrita. De vez en cuando, como ocurre en las primeras páginas, la poesía de Inma oye silbar al trenecillo oriental: “Capitán Nemo / soy cangreja ermitaña / en tu Nautilus” (“Capitão Nemo / sou carangueja eremita / no teu Nautilus”). “Piedra con piedra / en su respiración / tiembla el paisaje” (“Pedra com pedra / na sua respiração / treme a paisagem”)

El eco de la voz de Pessoa se encuentra detrás de los días que rugen vacíos. El mar es otro de los temas recurrentes en este poemario. Excelente me resulta el que habla de la intención de la espuma: “En cada ola / la intención de la espuma / impredecible” (“Em cada onda / a intenção da espuma / imprevisível”). Es heredera de la poesía Clarice Lispector, quien decía: “La lentitud es belleza / copio estas líneas ajenas / respiro / acepto la luz”. Sigo con Inma: “Cuando vivía sin escalas / no había estos embates trastornados / tampoco este fulgor de las prolongaciones”. La autora madrileña ha conseguido en Edificio Nautilus, que sus haikus – estrofa de origen japonés con aire magnánimo, a pesar de su brevedad – se alejen de las naderías y superen la montaña de dificultades para integrarse y unificarse en la madurez. Leves pinceladas pero tan grandes como una máquina parecen, las más de las veces, sus poemas más largos. “Me imaginé a mi padre buscando el mar / pero él nunca lo hizo / En un triángulo de trapo recogió un puñado de tierra / como un horizonte manejable / para marcar el límite de mis expectativas / Encuentro sus palabras escritas y sus rosas / me asomo a la ventana / doy un mordisco al vacío salino / Me imagino a mi padre buscando el mar”.

Nos encontramos ante una poeta autobiográfica que nos lleva a su mundo con ella. En un poema que se titula “Seguiremos bailando” nos dice: “La puerta de la casa está entornada / nos hemos rescostado sobre los cabeceros de papeles / escritos / una palabra / una sola palabra más / para sentirnos para sentirnos”. Fue Eugénio de Andrade quien escribió: “Haz una llave, aunque sea pequeña, / entra en la casa. / Consiente en la dulzura, ten piedad / de la materia de los sueños y de las aves”. La poesía es adivina y sabe cómo, por qué y dónde nos desviamos todos. Es mirar al campo con conocimiento y perspicacia, mirar al campo de exterminio, al campo de fresas prodigiosas o al campo de minas tras los arbustos. “La poesía mira al campo / la poeta / dispara”. Poeta de línea auténtica, Julio Verne con Inma Luna no es un sueño olvidado hace mucho tiempo. Se sienta en su diván y sorbe una bebida fría. Una de sus citas es esta: “Durante el monzón del este, las aves del paraíso pierden las magníficas plumas que rodean su cola. Los falsificadores recogen esas plumas y las adaptan con mucha destreza a una pobre cotorra, previamente mutilada. Luego tiñen las suturas, barnizan al pájaro y lo venden”. (Veinte mil leguas de viaje submarino).

Destaca en Inma Luna la capacidad de traer con entusiasmo cada una de las anécdotas cotidianas. Este poema sin título puede servir de ejemplo: “La surfera abandona la playa; la pescadora / es poderosa y humilde; las olas continúan reventando / de espuma la escollera. / Si Stendhal hubiera sido mi vecino no habría precisado / ir a Florencia para experimentar el jamacuco”.

Quizá la literatura sea eso: no temer los momentos que crean nuestra soledad o lanzan serpentinas de hierro que dibujan círculos. Pequeños poemas inteligentes, pulcros, los de Inma Luna, que hablan de los cimientos de una casa sin murmullo de ira, de paseos junto al mar, de olas que revientan con una amabilidad extrema, un libro de necesidades oscuras y necesidades vitales, con el bello don de la emoción directa.

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